Ir al contenido principal

Amigos (im)perfectos. Los mejores.

Cuando uno habla de sus amigos siempre oímos lo mismo, esos tópicos típicos que todo el mundo suelta y que no se para nunca a analizar. Por ejemplo, "mis amigos siempre están cuando los necesito", "son los mejores", "están para lo bueno y para lo malo", "no podría tener ninguno mejor",... y todos esos apelativos que nos encanta oír... y decir.

Pero, ¿realmente es así? ¿Tú te consideras un buen amigo? ¿Crees que has estado siempre para lo bueno y para lo malo? ¿No te ha pasado que te han necesitado y no querías o no podías? Por pereza, por comodidad, por desgana, por no apetecerte simplemente cambiar tus planes... Sinceramente, ¿tus amigos te han tenido siempre de manera incondicional? No cuando te han llamado para pedirte ayuda, sino cuando tenían necesidad de ti, que es muy diferente. Pensadlo.

Obviamente, nadie está el cien por cien de las veces al cien por cien de su capacidad de amigo, eso por descontado, pero seguro que a todos nos ha quedado alguna vez esa sensación de "joder, tenía que haber ido, tenía que haber hecho más, tenía que haberla llamado, tenía que haberme quedado, debería apoyarle más, debería decirle más a menudo que estoy a su lado, que no me olvido de él o ella". Y es que nadie es perfecto, claro, y ninguno somos ni tenemos amigos perfectos. Ahí radica lo hermoso de la amistad, en que cuando sabes que la has cagado y no has hecho todo lo que debías, tiendes a esforzarte más en el futuro e intentas mejorar esa faceta. O al menos así debería ser.

Hoy empecé el día dando los buenos días a mis amigas, las de casa, las de toda mi vida a las que adoro y añoro. Y lo acabo pidiéndoles perdón por las veces que me han necesitado y no me han encontrado.

Os quiero chicas.

Bss.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Mi Payaya.

Artículo publicado en el "Libro de Verano de Águilas 2018".
Dedicado a mi abuela.



La pequeña tienda que regentaba estaba situada a escasos pasos de la Playa de Poniente, junto a La Posada, frente a la Plaza de Abastos del bonito y modesto pueblo de Águilas. Su especialidad, cariño y pasión en lo que hacía y, su plato fuerte de cada día, trabajo y más trabajo. En la puerta del establecimiento no había ningún cartel que anunciara su nombre o lo que se vendía, pero todo el mundo en Águilas sabía que allí se podía comprar comida y que la que había detrás de aquel mostrador metálico que brillaba cada mañana al reflejar el intenso sol que reinaba en el cielo de aquel rincón del Mediterráneo, era Apolonia, la mujer de Juan Pérez Sánchez, el mecánico que tenía su taller unas calles más abajo, en la Plaza Granero.
Ella, la tendera, era pequeña, como una muñeca de porcelana. Su cuerpo era delgado, su sonrisa, eterna y sincera, y su mirada, limpia y amable, te devolvía un reflejo grisáce…

Sin título (I).

No sabía qué hacer… Si escribirle le parecía del todo inapropiado dado el resultado del último encuentro, llamarla por teléfono o hacerle una visita, le parecía aún peor. Aunque su corazón latía a mil por hora solo con pensar en ella, sabía que la última vez algo había levantado un muro entre ambos que ninguno de ellos iba a conseguir saltar a la primera. Se había complicado todo del modo más absurdo… Lentamente, las palabras que cruzaron aquel día bailaron ante sus ojos sin comprender cómo había sido capaz de decir tantas cosas de ese modo tan indolente. Entendía el enfado de ella, entendía que no quisiera volver a hablar con él y menos aún verle… Y tenía que admitir que el que había pronunciado las palabras que más dolieron, fue él.
“No vamos a volver a vernos, así evitaremos que pase nada. Esa es mi decisión y tienes que respetarla”. Punto.
“¡Tonto, tonto, más que tonto!”, se decía sin saber cómo arreglarlo. Llevaba algo así como un par de semanas esperando que ella diera el primer …

Sucedió al amanecer...

Desde un banco situado a escasos metros del lugar por el que ella pasaba, un hombre fumaba un cigarrillo, mientras pensaba enlo guapa que estaba esa mañana. El repiqueteo de sus tacones retumbaba en las paredes de la estrecha callejuela que cada mañana recorría de camino al trabajo, mientras pensaba en sus cosas. Ella siempre bromeaba diciendo que tenía un mundo interior muy extenso y entretenido y algo le indicaba que, posiblemente, era cierto. Sabía que no había ni un solo momento del día en el que no tuviera algo rondándole por la cabeza. Aún no la conocía del todo, pero estaba seguro de que dentro de ese cuerpo había aún muchas cosas por descubrir, la mayoría de ellas, muy del gusto de él. Por lo que de ella sabía, era capaz de estar totalmente concentrada en lo que hacía, al tiempo que una idea tras otra, un pensamiento tras otro, se iban sucediendo en esa cabeza que no paraba.
La mujer caminaba con la tranquilidad que le daba el no saberse observada. Su paso, tranquilo, dejaba v…