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Mi amiga la alcaldesa.

Y por fin el trabajo duro, el tesón, el esfuerzo y los sinsabores tuvieron su recompensa...

Este sería el final ideal de cualquier historia. Pero para ella no es el final, sino el principio de una nueva vida. Ayer, los aguileños le dimos lo que tanto merece. Le dimos cuatro años para llevar a cabo su proyecto, para desarrollar su Contrato por Águilas. Por fin.

No hay nada que yo pueda hoy escribir que no se haya dicho aún. No vamos hoy a descubrir cómo es, hasta dónde llega su capacidad de trabajo, su entrega absoluta... Hoy no vamos a descubrir nada de eso; eso ya lo sabemos. Por eso es nuestra nueva alcaldesa, la primera que tenemos en toda la historia de nuestro pueblo, y va a ser irrepetible.

Hoy sí que empieza para ella un nuevo reto, lleno, seguramente, de obstáculos que tendrá que salvar. Empieza una nueva etapa en su vida que la llevará, sin duda, hacia momentos buenos y malos. Y para todos esos momentos aquí estaremos, a su lado, como siempre.

Porque yo no estoy orgullosa de ser amiga de la alcaldesa de Águilas, la flamante MariCarmen Moreno Pérez; estoy orgullosa de ser amiga de mi Mamen, incansable, luchadora, digna merecedora del éxito que se avecina. Orgullosa de ella y orgullosa con ella.

Adelante Mamen, a por todas.

Bss.

Comentarios

  1. Q bonitas palabras,eso es amistad de la buena....

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    1. Muchas gracias. Sí que lo es, por los siglos de los siglos... Siempre.

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Mi Payaya.

Artículo publicado en el "Libro de Verano de Águilas 2018".
Dedicado a mi abuela.



La pequeña tienda que regentaba estaba situada a escasos pasos de la Playa de Poniente, junto a La Posada, frente a la Plaza de Abastos del bonito y modesto pueblo de Águilas. Su especialidad, cariño y pasión en lo que hacía y, su plato fuerte de cada día, trabajo y más trabajo. En la puerta del establecimiento no había ningún cartel que anunciara su nombre o lo que se vendía, pero todo el mundo en Águilas sabía que allí se podía comprar comida y que la que había detrás de aquel mostrador metálico que brillaba cada mañana al reflejar el intenso sol que reinaba en el cielo de aquel rincón del Mediterráneo, era Apolonia, la mujer de Juan Pérez Sánchez, el mecánico que tenía su taller unas calles más abajo, en la Plaza Granero.
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Sin título (I).

No sabía qué hacer… Si escribirle le parecía del todo inapropiado dado el resultado del último encuentro, llamarla por teléfono o hacerle una visita, le parecía aún peor. Aunque su corazón latía a mil por hora solo con pensar en ella, sabía que la última vez algo había levantado un muro entre ambos que ninguno de ellos iba a conseguir saltar a la primera. Se había complicado todo del modo más absurdo… Lentamente, las palabras que cruzaron aquel día bailaron ante sus ojos sin comprender cómo había sido capaz de decir tantas cosas de ese modo tan indolente. Entendía el enfado de ella, entendía que no quisiera volver a hablar con él y menos aún verle… Y tenía que admitir que el que había pronunciado las palabras que más dolieron, fue él.
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“¡Tonto, tonto, más que tonto!”, se decía sin saber cómo arreglarlo. Llevaba algo así como un par de semanas esperando que ella diera el primer …

Sucedió al amanecer...

Desde un banco situado a escasos metros del lugar por el que ella pasaba, un hombre fumaba un cigarrillo, mientras pensaba enlo guapa que estaba esa mañana. El repiqueteo de sus tacones retumbaba en las paredes de la estrecha callejuela que cada mañana recorría de camino al trabajo, mientras pensaba en sus cosas. Ella siempre bromeaba diciendo que tenía un mundo interior muy extenso y entretenido y algo le indicaba que, posiblemente, era cierto. Sabía que no había ni un solo momento del día en el que no tuviera algo rondándole por la cabeza. Aún no la conocía del todo, pero estaba seguro de que dentro de ese cuerpo había aún muchas cosas por descubrir, la mayoría de ellas, muy del gusto de él. Por lo que de ella sabía, era capaz de estar totalmente concentrada en lo que hacía, al tiempo que una idea tras otra, un pensamiento tras otro, se iban sucediendo en esa cabeza que no paraba.
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