sábado, 4 de julio de 2015

27.06.2015. Noche de reencuentros.

Me preparo esta noche para acudir a la cita del año que más emoción me provoca hasta la fecha. Acabo de llegar de un largo viaje para iniciar mis ansiadas vacaciones en mi pueblo. Pero, lo que también me depara el fin de este viaje es el reencuentro con mucha gente a la que hace años que no veo.

Me doy un baño para quitarme el polvo del camino, mil largos kilómetros que han dejado en mí un cansancio que se evapora al pensar lo que me espera en unas horas. Me miro en el espejo pensando qué voy a ponerme, si será mejor zapato alto o bajo, vestido o falda y camisa, collar o no... Me miro en el espejo y, de repente, no veo a una mujer de treinta y nueve años, sino a una colegiala de catorce. Y mi cuerpo se estremece. Han pasado 25 años.

Sé que esta noche va estar plagada de emociones, abrazos, besos, saludos que saldrán del corazón, preguntas que contestar, gestos a los que responder; alguna lágrima se escapará al pensar en las que, desgraciadamente, ya no están. Y habrá, sobre todo, risas entremezcladas con la ternura del reencuentro con las antiguas maestras, que nos hicieron soñar, volar, amar, querernos como nos queremos. Ellas son las que nos hicieron guardar el recuerdo de tantas horas de estudio, tantas horas de travesuras escondidas tras los pupitres, tantas horas de... Tantas horas de todo.

Hace 25 años que colgamos el uniforme en una percha y salimos al mundo real, un mundo desconocido para nosotras, un mundo ansiado, pero temido. Hace 25 años soñamos con el futuro, que es el hoy que hemos ido construyendo y que nos hemos reunido a celebrar. Sacamos las reliquias que manteníamos aún guardadas en ese pupitre de la tercera fila de la clase de octavo del Colegio María Inmaculada y, junto con los posters de los ídolos del momento, salen recuerdos, historias varias sobre lo buenas alumnas que fuimos, lo malas que éramos a veces, lo que nos gustaba, lo que mejor o peor hacíamos... Vamos recopilando todas las anécdotas que, por turnos, contamos mientras que la noche se llena, poco a poco, de chicas de uniforme que dejan de ser mujeres por un rato para convertirse en colegialas llenas de ilusión y deseos. Para algunas la vida ha ido bien, para otras tampoco ha ido mal, todas coincidimos en lo mismo: estamos vivas, sentimos, deseamos, anhelamos, recordamos, amamos... La noche se llena de imágenes de un pasado entrañable mil veces recordado que nunca dejaremos de revivir acompañado de la música que meció nuestra niñez y sembró nuestra adolescencia.


Y en medio de todo eso, ellas, las profes, nuestras guías. Intachables en su vida, insuperables en su labor, magníficas formadoras de una generación que marcó un antes y un después en la vida de las que lo vivimos. Ellas, las artífices de lo que hoy somos, creadoras, en realidad, de esta noche. Nos formaron con esmero, con mucho tacto, como si fuésemos pequeñas piezas de porcelana que pudieran romperse al menor contratiempo. Ellas, soñadoras extraordinarias que forjaron un futuro para nosotras paso a paso, letra a letra. Ellas, sin las que hoy no seríamos lo que somos; 25 años después, Ellas siguen siendo nuestras señoritas, y nosotras, la generación del 76, seguimos siendo niñas en uniforme y baby, que, sentadas alrededor de un inmenso pupitre común, reímos a carcajadas mientras celebramos una magnífica noche de reencuentros.

Bss.

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