Ir al contenido principal

El Libro de los Lunes.16: Federico García Lorca


Allá por el año 1993, aún en el instituto, donde ya era incondicionalmente de letras, mi profesora de Teatro, doña Concha Jiménez, madre de una de mis mejores amigas y excelente docente (ya sabéis, de esas que eran duras, te llevaban a tope con todo, pero al final te dabas cuenta de lo mucho que habías aprendido gracias a ella, aunque pasabas el curso renegando sin parar por todo lo que tenías que estudiar), me concedió el honor de ser la Rosita del tercer acto en la obra de fin de curso Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores; aún recuerdo el traje que llevaba, uno de chaqueta rosa de mi madre. Y allí, subida en el escenario, con el corazón destrozado por la pobre Rosita, ya consciente de que su amor no iba a volver nunca, recité con lágrimas en los ojos aquéllo de: "Me he acostumbrado a vivir muchos años fuera de mí, pensando en cosas que estaban muy lejos, y ahora que esas cosas ya no existen, sigo dando vueltas y más vueltas por un sitio frío, buscando una salida que no he de encontrar nunca". Mientras las lágrimas surcaban mis mejillas, las de mi abuelo Juan, sentado orgulloso en primera fila del salón de actos del Aula de Cultura Fco. Rabal de mi pueblo, parecían una catarata interminable. Eso tiene, en general, la obra de García Lorca: te encoge el corazón al mostrar de un modo tan intenso y realista la vida y sus desgracias; la vida y sus dramas.

Años después, un amigo de la universidad me regaló una edición de bolsillo de los Sonetos del amor oscuro. Yo, que, aunque amante de las letras, el teatro y lectora empedernida de todo lo que en mi mano cayera, jamás había leído esa parte de la obra de Lorca, empecé entonces a interesarme seriamente por uno de los más grandes poetas, dramaturgos y autor teatral de todos los tiempos, muerto muy prematuramente hace ahora 79 años, a causa de la ignorancia de unos cuantos. Pero ése es un tema del que no vamos a hablar aquí; al menos, no hoy.

Federico García Lorca, uno de los más importantes miembros de la llamada Generación del 27, nació en Fuente Vaqueros (Granada) en el seno de una familia acomodada, lo que le permitió tener una juventud intensa y una formación muy completa, primero en la Universidad de Granada y después en la Residencia de Estudiantes en Madrid. En Nueva York, donde se trasladó en 1929, pasó una de las etapas más completas de su vida, según sus propias palabras. Fundador de La Barraca, grupo universitario de teatro que recorrió pueblos y ciudades de España representando obras de nuestro Siglo de Oro hasta el estallido de la Guerra Civil, disfrutó de la amistad y la compañía de grandes artistas como Salvador Dalí, Luis Buñuel, Alberti, Machado,... 

Sobre la obra de Lorca, qué os voy a decir. Cualquiera es buena y todas son inolvidables e irrepetibles, desde Impresiones y paisajes, hasta La casa de Bernarda Alba, pasando por su Romancero Gitano, Poeta en Nueva York, Diván del Tamarit, Bodas de Sangre, y un largo etcétera de poesía, teatro, artículos de opinión y conferencias.

Sobre su personalidad, os dejo sus propias palabras, pronunciadas días antes de morir:
"Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el sólo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política".
Hay quien, hoy en día, estará o no de acuerdo con sus palabras, su obra, su manera de sentir y de vivir. Pero nadie podrá jamás poner en duda su inmortalidad.

Bss.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Mi Payaya.

Artículo publicado en el "Libro de Verano de Águilas 2018".
Dedicado a mi abuela.



La pequeña tienda que regentaba estaba situada a escasos pasos de la Playa de Poniente, junto a La Posada, frente a la Plaza de Abastos del bonito y modesto pueblo de Águilas. Su especialidad, cariño y pasión en lo que hacía y, su plato fuerte de cada día, trabajo y más trabajo. En la puerta del establecimiento no había ningún cartel que anunciara su nombre o lo que se vendía, pero todo el mundo en Águilas sabía que allí se podía comprar comida y que la que había detrás de aquel mostrador metálico que brillaba cada mañana al reflejar el intenso sol que reinaba en el cielo de aquel rincón del Mediterráneo, era Apolonia, la mujer de Juan Pérez Sánchez, el mecánico que tenía su taller unas calles más abajo, en la Plaza Granero.
Ella, la tendera, era pequeña, como una muñeca de porcelana. Su cuerpo era delgado, su sonrisa, eterna y sincera, y su mirada, limpia y amable, te devolvía un reflejo grisáce…

Sin título (I).

No sabía qué hacer… Si escribirle le parecía del todo inapropiado dado el resultado del último encuentro, llamarla por teléfono o hacerle una visita, le parecía aún peor. Aunque su corazón latía a mil por hora solo con pensar en ella, sabía que la última vez algo había levantado un muro entre ambos que ninguno de ellos iba a conseguir saltar a la primera. Se había complicado todo del modo más absurdo… Lentamente, las palabras que cruzaron aquel día bailaron ante sus ojos sin comprender cómo había sido capaz de decir tantas cosas de ese modo tan indolente. Entendía el enfado de ella, entendía que no quisiera volver a hablar con él y menos aún verle… Y tenía que admitir que el que había pronunciado las palabras que más dolieron, fue él.
“No vamos a volver a vernos, así evitaremos que pase nada. Esa es mi decisión y tienes que respetarla”. Punto.
“¡Tonto, tonto, más que tonto!”, se decía sin saber cómo arreglarlo. Llevaba algo así como un par de semanas esperando que ella diera el primer …

Sucedió al amanecer...

Desde un banco situado a escasos metros del lugar por el que ella pasaba, un hombre fumaba un cigarrillo, mientras pensaba enlo guapa que estaba esa mañana. El repiqueteo de sus tacones retumbaba en las paredes de la estrecha callejuela que cada mañana recorría de camino al trabajo, mientras pensaba en sus cosas. Ella siempre bromeaba diciendo que tenía un mundo interior muy extenso y entretenido y algo le indicaba que, posiblemente, era cierto. Sabía que no había ni un solo momento del día en el que no tuviera algo rondándole por la cabeza. Aún no la conocía del todo, pero estaba seguro de que dentro de ese cuerpo había aún muchas cosas por descubrir, la mayoría de ellas, muy del gusto de él. Por lo que de ella sabía, era capaz de estar totalmente concentrada en lo que hacía, al tiempo que una idea tras otra, un pensamiento tras otro, se iban sucediendo en esa cabeza que no paraba.
La mujer caminaba con la tranquilidad que le daba el no saberse observada. Su paso, tranquilo, dejaba v…