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Fragmento de "Las putas viejas".

Había pasado la mayor parte del día sentada en aquel portal sucio y maloliente. Tenía las piernas entumecidas, la cabeza le dolía horrores y lo peor de todo era que no podía irse a casa. "¡Ja, a casa!", pensó, "¿a qué casa voy a ir?" Ni siquiera podía consolarse con la idea de volver a casa. Lo único que le esperaba era un jergón tirado en medio de una habitación. Un gran consuelo.

Miró a su derecha para comprobar que la vieja Lola seguía también allí; misma postura, misma mirada perdida, misma desesperación. Compartían la vida desde hacía casi cincuenta años; la vida y sus trampas. Al igual que ella, Lola tampoco tenía un hogar al que volver, ni una familia que visitar. Ambas vivían juntas, y ambas deseaban, cada día, que ése fuese el último día que vivir.

Lola la miraba también desde su puesto dos portales más allá. Era increíble cómo se conocían; con sólo una mirada sabían de sobra lo que le rondaba a la otra por la mente. "Charo está hoy peor que ayer, se le nota en la mirada".

Y así era.

Cada nuevo día con su nueva noche era un infierno que vivían juntas, aunque ambas pensaban que ya era demasiado tarde para cambiar de vida. No sabrían por dónde empezar, a quién acudir. Tendrían que cambiar de barrio, o peor aún, de ciudad. Y a su edad... Ninguna de las dos iba a soplar las cincuenta velas de la tarta, más bien iban a tener que ir cambiando el cinco por el seis. Ninguna de las dos tenía nada por lo que luchar, ni nada por lo que vivir; bien mirado, tampoco tenían nada que perder, pero ya no tenían la valentía que les hacía falta para intentar una vida mejor; una vida, al menos, digna. Entraban ya en el momento de la vida que muchos pasan años deseando vivir; los años en los que, con un poco de suerte, puedes hacer realidad alguno de los sueños que has ido atesorando. Siempre, Dios mediante. Pero ellas... ¿Jubilarse ellas? ¿Y de qué iban a comer? Claro que tampoco ahora comían demasiado. Eran putas viejas, las viejas putas de un barrio venido a menos en una ciudad en la que sólo valía lo nuevo, lo bonito, lo brillante. Ellas ya no brillaban; nadie, o casi nadie, se fijaba ya en ellas, ajadas como estaban. En otros tiempos, años atrás, cuando regentaban juntas el Club Locha, no había quien les hiciera sombra. Ahora, pasaban el día bajo los soportales de una vieja casa de dos plantas, junto a una calle de un barrio que, al igual que ellas, había conocido tiempos mejores. Una junto a la otra dejaban pasar las horas, los días, la vida..., esperando que por allí pasara algún caminante extraviado necesitado del cariño que ellas podían darle a cambio de unas monedas que les diera de comer ese día.

Y así, sentadas en esos viejos portales azules, la una vestida de verde, la otra de negro, las encontró la luna que anunciaba el fin de otro día. Otro día vacío de ilusión y desierto de esperanza.

Bss.

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