martes, 15 de diciembre de 2015

Carmen.

Hacía unos meses que había enviudado.

Su esposa, Carmen, había muerto una noche de tormenta mientras dormía plácidamente, cosa que agradecía cada día a Dios, aunque maldecía sin cesar la pena que le producía su falta.
Mientras se vestía para salir, sonrió con nostalgia al recordar cómo cada madrugada la abrazaba, susurrándole al oído tiernas palabras de amor y cómo acariciaba su espalda, intentando despertarla para vivir un pequeño momento de amor. Ella, entonces, le sonreía adormilada, abandonándose al placer de sus besos.

Miró el reloj. Era la hora de salir y de dejar los recuerdos guardados junto a su corazón para sacarlos más tarde, durante la noche, cuando la ausencia de Carmen se hacía insoportable; cuando su aliento no calentaba su cuello, ni sus manos recorrían su piel; cuando nadie escuchaba sus “te quiero”, ni sus besos consolaban su dolor; cuando su cuerpo no vestía su cama, ni el gozo llenaba de música la casa.

Despacio, paso a paso, mientras las lágrimas recorrían su rostro, fue hacia la puerta de entrada a un mundo sin Carmen.

Bss.


 

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