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Una pareja perfecta, capítulo I.

Una pareja perfecta.
Capítulo I.

Nunca miraba al cielo, le daba vértigo. Cuando caminaba por las estrechas calles del barrio en el que vivía iba siempre con la vista fija en el suelo, lo que hacía que se perdiera las escasas cosas bonitas que ofrecía esa parte de la ciudad y que no viera nunca las caras de los vecinos con los que se iba encontrando y a los que iba esquivando según veía avanzar sus pies hacia él. Porque tampoco le gustaba que nadie le tocara, lo que se estaba convirtiendo en un serio problema que sabía que tenía que solucionar de algún modo. Sacudió la cabeza enfadado, intentando alejar de su mente los pensamientos que se cruzaban por ella cada día de los últimos tres meses cuando pasaba por la puerta del café, de su café, del lugar que fue testigo de aquel único momento cercano a la intimidad que había vivido junto a ella.

Siguió caminando cabizbajo, con menos prisa ahora; como si aminorando el paso fuese a conseguir que el pasado le atrapase. ¡Le gustaría tanto volver a esos días de normalidad, a esos días de sosiego en los que lo único importante era llegar al trabajo a tiempo de charlar con ella en el ascensor! Compartir sus ratos de descanso en la oficina se había vuelto una maravillosa costumbre que ambos esperaban ansiosos, porque también ella, de eso siempre había estado seguro, albergaba hacia él un sentimiento más fuerte que la mera amistad. Hacía mucho tiempo que Sergio aspiraba a compartir con ella algo más que esos ratos de descanso, pero eso ya sería imposible, las cosas nunca volverían a ser así de simples; su vida había cambiado y la de Marta, también. La estaba alejando de él y no era capaz de evitarlo, lo que le producía una tremenda tristeza y un sentimiento de rabia que lo empeoraba todo aún más.

La aparición de lo que sería el acontecimiento que marcaría su vida tuvo lugar un martes por la mañana en la cafetería que había junto a su casa y donde solía tomar el café matinal (ese café de sus recuerdos) acompañado de unas ricas y crujientes tostadas de mermelada de melocotón, su preferida. Casualidades de la vida o no, ese fatídico día, camino del pequeño café, se encontró con Marta y el destino quiso que el detonante del infierno que le tocaría vivir fuese, precisamente, el anhelante roce de su piel.

-Buenos días Marta, ¿quieres  venir a tomar un café conmigo? Te garantizo que vas a tomar el mejor desayuno que puedas imaginar.
-¡Qué difícil decir que no!- rio-. Venga, te acompaño. Quería llegar pronto a la oficina, ayer dejé trabajo pendiente, pero bueno, me quedaré sin comer, ¡otra vez!

Entraron en el pequeño local y se sentaron en la mesa que Sergio siempre ocupaba, junto a la ventana, vista directa a todo el que por allí pasaba. Le gustaba disfrutar cada día de ese momento en el que el mundo empezaba a ponerse en marcha poco a poco. Las caras de los que se daban el gran madrugón para ir al trabajo eran, a veces, dignas de ver y, a Sergio, le divertía ver el sueño reflejado en el rostro de sus semejantes; parecía que así, tapaba un poco el suyo.

Pidieron café, tostadas y zumo natural, y aderezaron el desayuno con una buena conversación: trabajo, amigos, preocupaciones propias de la época que se vivía,… De todo se podía hablar con ella; era como si se conocieran de toda la vida; era como si hubieran nacido para encontrarse, ineludiblemente, en algún momento de sus vidas.

Sergio miraba atento los ojos de Marta, esos bonitos ojos azules que hacía que su rostro resplandeciera cada vez que sonreía, cosa que sucedía muchas veces, afortunadamente. Esa mañana llevaba un traje de chaqueta azul marino y una sencilla camisa blanca; estaba preciosa. No podía dejar de pensar, mientras la escuchaba hablar sin parar, lo bonito que sería despertarse cada día junto a esa maravillosa mujer; quería ver su rostro al despertar, ese precioso rostro que lo volvía loco con sólo mirarlo; conocía cada milímetro a la perfección: el hoyuelo de su mejilla izquierda, que aparecía en cada mueca, el arco perfecto de sus cejas que enmarcaban esos ojos que eran la luz de su vida; sus labios, rojos y jugosos, apetitosos a todas horas, que parecían gritar "bésame" cada vez que los miraba... Dios, era su alma gemela, su vida, su amor por y para siempre. Casi se le escapó un suspiro emocionado que consiguió disimular con un mal contenido bostezo.

-¿Te aburro?
-No, qué va. Es que esta noche he dormido mal. No sé qué me pasa; últimamente me noto algo raro, Marta, sólo eso.  No me aburres, nunca lo haces.

Marta le miró emocionada;  ese  “nunca lo haces”  le había gustado mucho y se preguntaba cuándo decidiría Sergio dar el siguiente paso. Hacía mucho que jugaban al juego de la seducción; al "yo te miro, tú me miras"; "yo te rozo y tú, si puedes, también me rozas". Pero eso, algún día, acabaría, y no le gustaría que acabara mal, sino todo lo contrario. Le encantaba estar con él y, más aún, saber que a él le gustaba estar con ella. Sin embargo, veía muy lejano el siguiente nivel.  Sergio era una persona muy prudente, atento, inteligente y capaz, y era, precisamente, lo de ser atento con todos y para todo, lo que más le disgustaba. Más de una vez se había preguntado si no serían imaginaciones suyas eso que a ella le parecía intuir y que no acababa de materializarse. Pero la intensidad de su mirada le decía que sí, que él la amaba, que algún día vendría lo demás. Y sí, quería pasar con él el resto de su vida.

Recordó divertida el día que lo conoció. Ambos eran economistas, trabajaban en el departamento financiero de una empresa de comunicaciones de alto nivel. Ella llevaba un par de años trabajando allí cuando llegó Sergio, “el nuevo de turno a darnos dolores de cabeza. ¡A ver si me libro y lo forma otro!”. Pero no, le tocó a ella y ése fue el comienzo de una bonita amistad que deseaba que se convirtiera en algo más algún día. El nuevo era guapo, “¡ufff sí, muy guapo!”, pero no se le había subido a la cabeza, cosa rara. Acababa de cumplir los 26 cuando se conocieron, dos menos que Marta, lo que no les importaba a ningún de los dos, no se notaba la diferencia; ”en cualquier caso, las mujeres siempre maduran antes (eso dicen al menos)”, pensaba Marta con frecuencia, con lo que ese aspecto estaba solventado. Ella era más madura y él era un hombre casi recién encontrado a sí mismo, que se dejaba guiar y enseñar, en el terreno profesional al menos; confiaban ciegamente el uno en el otro, sin reparos, sin fisuras.

Eran, o mejor dicho serían, una pareja perfecta. Algún día.











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