sábado, 16 de enero de 2016

Relato Ganador del XXIII Concurso Literario Carnaval de Águilas 2016.

Magia en Carnaval.

Con mucho cuidado, se asomó a la estrecha calle que daba justo a su habitación. Estaba dormido cuando le sorprendió el rumor que a lo lejos se oía y que cada vez parecía estar más cerca. Ya en la calle, miró al cielo; buscaba a la Luna para preguntarle qué era aquello que le traía a la memoria algún que otro fugaz recuerdo que no conseguía que su mente lograra identificar. La Luna, sonriente al ver la sorprendida cara del diminuto Lándacron, le indicó, con un gesto casi imperceptible, que debía asomarse a la larga calle que cruzaba por encima de sus cabezas, hacia el centro. Él, pequeño como era, siempre temía que alguien le pisara, pero le pudo la curiosidad. Se encaminó hacia la plaza en la que, majestuosa, reinaba la Pava de la Balsa, engalanada para la ocasión. Todo el pueblo estaba allí; los muchachos saltaban y se lucían ante las mozas, dando locas piruetas al son de un embrujo que, sin cesar, anunciaba alegre “¡Carnaval, Carnaval!”, y Lándacron notaba cómo sus piernecitas, cortas y finas cual alambres, querían llevarle hacia el gentío, dando pequeños saltitos que le empujaban a bailar, bajo el hechizo de la música.

Como no veía bien debido a su escasa estatura, decidió subirse a uno de los cuatro enormes ficus que se alzaban en las cuatro esquinas de la plaza, dándole un aire misterioso a lo que sucedía más allá de sus fronteras. Fue entonces cuando los vio, magníficos, orgullosos, blancos como la nieve. Como sacados de un cuento de hadas, se acercaban al trote dos hermosos corceles, cual reyes de ese reino que era Águilas esa noche; danzaban sin descanso a ritmo de samba en dirección al Ayuntamiento de estilo neomozárabe que presidía la ciudad y que, esa noche, también se veía vestido de luz y color para recibir a tan ilustres personajes.

Lándacron se preguntaba quién vendría en la carroza de la que tiraban los caballos. Parecía un carro sacado de la misma Grecia Antigua y, sobre él, lo más bello y hermoso que había visto en su vida: el deleite y el deseo unidos en un rostro de mujer, cuya mirada arrancaba destellos a los astros; una Musa vestida con las más ricas prendas que nadie pueda imaginar. En su cabello, finos y delicados hilos de oro se enroscaban en una larga trenza; en sus ojos, filigranas de cristal; y, en sus labios, una sonrisa que abriría las puertas del mismísimo paraíso. No había nadie en este mundo ni en el otro que pudiera resistirse ante tan bella dama. El símbolo de la ciudad, un águila dorada con las alas extendidas al firmamento de esa maravillosa noche, acompañaba a la Musa en un cetro de oro, que ella asía con fuerza, mientras saludaba, alegre, a todos los que aplaudían a su paso y le lanzaban vítores alabando su hermosura.

Los corceles llevaron tan preciada carga hasta su destino acompañados de una corte que vestía ricas telas de lentejuelas, piedras preciosas y laboriosos tocados que refulgían al reflejar las estrellas que se asomaban al cielo infinito para disfrutar del espectáculo.
Lándacron se sorprendió al descubrirse llorando; el ver tanta alegría, tanta vida, le había hecho darse cuenta de que él sólo era un pequeño duende sin nadie más en el mundo que su Luna: únicamente ella podía verlo. Triste, la miró. 

"Luna, ¡ay mi Luna! ¿Qué es esto que me has obligado a ver y que ahora me causa este desgarro, esta asfixia? ¡Cómo desearía salir a bailar, a cantar, a gozar! ¡Cómo me gustaría poder ir allí con ella, con mi Musa, y gritar a los cuatro vientos que la vida no es nada sin Carnaval! Porque, ¿es eso verdad? ¡Es Carnaval! Shhh, espera, no digas nada… Ahora me acuerdo, aunque los recuerdos me vienen poco a poco. ¡Tanto ruido de carracas y tambores nublan mi mente! ¡Oh, Luna! ¡Dime, por favor, qué me pasa! ¿Soy acaso un pobre infeliz que no merece siquiera descubrir la emoción de ser un hombre y poder bailar con ella? ¡Con mi Musa hermosa que, curiosa, se asoma al balcón, a ese balcón que todos llaman el de los Sueños! ¡Mira cómo se divierten, cantan, saltan y recantan! ¡Cómo la vitorean mientras ella recita su bienvenida! ¿Se puede ser más bonita, Luna?".

Mientras el pequeño duende permanecía en la copa de aquel hermoso ficus que parecía dividir la realidad del mundo de fantasía que allí se había creado, la Luna, tierna como era, le dijo en un susurro: "Escucha pequeño, escucha cómo la multitud llama enfebrecida  a otro de los personajes de este Carnaval, escucha".

Miles de voces gritaban al unísono llamando a alguien que aún no se había presentado en la concurrida plaza y que debía ser, a juzgar por los cánticos acompasados de la gente, alguien imprescindible en esta historia. "¡Don Carnal, don Carnal!", se oía sin cesar. Incluso la extraordinaria Venus que se hacía pasar por ninfa erigía el cetro dorado de Águilas animando a los allí congregados a cantar ese nombre. "¡Don Carnal, don Carnal!".

Lándacron volvió a mirar a su confidente sin comprender qué estaba pasando, por qué ese tal Don Carnal no aparecía. Desde luego, si fuese él el llamado a bailar con la mágica diosa del Carnaval ya estaría allí sosteniendo su linda mano adornada con lentejuelas.
"¿Dónde está aquel al que llaman, bella Luna? ¿Quién es ese tal Don Carnal?". "Cierra los ojos, pequeño. Escucha esas voces y deja que tu mente se abra al mundo que allí duerme desde hace tiempo. Deja que ellos, los que aquí proclaman el reinado de Don Carnal, devuelvan a la vida a lo mejor del Carnaval".

Y así lo hizo. Cerró sus ojos azules como el mar y se dejó mecer por la aterciopelada voz de su amiga. 

"Cada año, en este bonito lugar al que llamamos Águilas, se repite, desde hace siglos, y siempre antes de que se inicie la Cuaresma, la fiesta por excelencia del descontrol y la permisividad, de la música y el gozo. El Carnaval es un canto a la vida, a las ganas de disfrutar; son los días en los que todos los aguileños, niños y no tan niños, salen a la calle con el deseo irrefrenable de saltar, bailar, ¡reír sin parar! Rellenan de papelillos los cascarones que han ido guardando durante el resto del año para venir, hoy, a la Glorieta, a lanzarlos hacia las nubes; salen con sus disfraces, el confetti, la cuerva…, para animar sin parar a los personajes que representan esta fiesta. Ahí, en ese Balcón engalanado de sueños, tienes a la que es hermosura y belleza, la Musa, la reina. Luego está la Cuaresma, que ansiosa espera el final de las fiestas para comenzar ella su gobierno de cuarenta días; no olvidemos a la Mussona, la dualidad formada por lo humano y lo animal, que representa, desde la antigüedad, la unión entre lo salvaje y lo civilizado. Por último, tenemos al ansiado Don Carnal, el rey entre los reyes, dueño y señor de la risa, la juerga y el gozo que se viven durante estos días a la orilla del Mediterráneo. Don Carnal..., ¿recuerdas, duendecillo?". 

Ante sus ojos, como si de un embrujo se tratase, Lándacron vio cómo su nombre se desdibujaba y las letras empezaban a danzar colocándose, de repente, de manera desordenada: D O N C A R N A L. ¡No podía ser! ¿Su nombre, su bonito nombre de duendecillo que las hadas, laboriosas, habían tejido en la colcha que calentaba su cama, no era otro que Don Carnal? ¿La gente lo llamaba a él? ¿Todos ellos le esperaban? 

"No puede ser Luna, ¡es imposible! No soy más que un pequeño ser, ¡no podría jamás hacerme ver! Ellos son como gigantes a mis ojos; es imposible que deseen ser gobernados por algo tan insignificante como yo". "Déjate mecer, querido amigo, déjate llevar hasta la muchedumbre que, ansiosa, espera tu llegada, antes de que, rápido, llegue el Miércoles de Ceniza y, con él, la soberanía de la Cuaresma, condenándote de nuevo, un año más, al olvido de estos días en los que prevalece el júbilo, el alborozo y la música; antes de que, una vez más, tu memoria se desvanezca en un mar de oscuridad hasta que llegue el próximo año y, con él, su Carnaval. ¡Ve raudo hacia él!".

El cuerpecillo de Lándacron fue cayendo despacio hasta tocar el suelo. La multitud, asombrada ante tan impactante entrada en escena, permanecía muda mientras se abría un hueco en el centro, justo a las puertas del Ayuntamiento, bajo el balcón donde una Musa ansiosa esperaba la llegada de aquel al que acompañaría durante esos días. Al abrir los ojos, un sorprendido Don Carnal se reflejó en los espejos multicolores que decoraban el carruaje de la tan deseada Musa; ya no era un duendecillo de ojos azules, con piernas de alambre, sino que se había convertido en un hombre. Era un Carnal bello, hermoso; sus ropas eran de un azul que asemejaba el cielo nocturno; su pecho iba protegido con una hermosa armadura del color de la Luna y en su cabeza, victoriosa, una corona a juego con la de su diosa. Sus ojos, más brillantes que nunca, bailaban felices al son de "¡Don Carnal, don Carnal!" que, de nuevo, comenzaba a sonar. 

"¡Soy Don Carnal, y aquí vengo a festejar que por fin llegó, un año más, nuestro increíble Carnaval!", gritó.

Y levantando la vista hacia la preciosa balconada, danzó  al son de la canción que, un día, encumbró al Carnaval Aguileño a lo más alto, convirtiéndolo, por fin, en un evento internacional.
 

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