lunes, 21 de marzo de 2016

Una pareja perfecta (completo).

Nunca miraba al cielo, le daba vértigo. Cuando caminaba por las estrechas calles del barrio en el que vivía iba siempre con la vista fija en el suelo, lo que hacía que se perdiera las escasas cosas bonitas que ofrecía esa parte de la ciudad y que no viera nunca las caras de los vecinos con los que se iba encontrando y a los que iba esquivando según veía avanzar sus pies hacia él. Porque tampoco le gustaba que nadie le tocara, lo que se estaba convirtiendo en un serio problema que sabía que tenía que solucionar de algún modo. Sacudió la cabeza enfadado, intentando alejar de su mente los pensamientos que se cruzaban por ella cada día de los últimos tres meses cuando pasaba por la puerta del café, de su café, del lugar que fue testigo de aquel único momento cercano a la intimidad que había vivido junto a ella.

Siguió caminando cabizbajo, con menos prisa ahora; como si aminorando el paso fuese a conseguir que el pasado le atrapase. ¡Le gustaría tanto volver a esos días de normalidad, a esos días de sosiego en los que lo único importante era llegar al trabajo a tiempo de charlar con ella en el ascensor! Compartir sus ratos de descanso en la oficina se había vuelto una maravillosa costumbre que ambos esperaban ansiosos, porque también ella, de eso siempre había estado seguro, albergaba hacia él un sentimiento más fuerte que la mera amistad. Hacía mucho tiempo que Sergio aspiraba a compartir con ella algo más que esos ratos de descanso, pero eso ya sería imposible, las cosas nunca volverían a ser así de simples; su vida había cambiado y la de Marta, también. La estaba alejando de él y no era capaz de evitarlo, lo que le producía una tremenda tristeza y un sentimiento de rabia que lo empeoraba todo aún más.

La aparición de lo que sería el acontecimiento que marcaría su vida tuvo lugar un martes por la mañana en la cafetería que había junto a su casa y donde solía tomar el café matinal (ese café de sus recuerdos) acompañado de unas ricas y crujientes tostadas de mermelada de melocotón, su preferida. Casualidades de la vida o no, ese fatídico día, camino del pequeño café, se encontró con Marta y el destino quiso que el detonante del infierno que le tocaría vivir fuese, precisamente, el anhelante roce de su piel.

- Buenos días Marta, ¿quieres venir a tomar un café conmigo? Te garantizo que vas a tomar el mejor desayuno que puedas imaginar.

- ¡Qué difícil decir que no! - rio-. Venga, te acompaño. Quería llegar pronto a la oficina, ayer dejé trabajo pendiente, pero bueno, me quedaré sin comer, ¡otra vez!

Entraron en el pequeño local y se sentaron en la mesa que Sergio siempre ocupaba, junto a la ventana, vista directa a todo el que por allí pasaba. Le gustaba disfrutar cada día de ese momento en el que el mundo empezaba a ponerse en marcha poco a poco. Las caras de los que se daban el gran madrugón para ir al trabajo eran, a veces, dignas de ver, y a Sergio le divertía ver el sueño reflejado en el rostro de sus semejantes; parecía que así, tapaba un poco el suyo.

Pidieron café, tostadas y zumo natural, y aderezaron el desayuno con una buena conversación: trabajo, amigos, preocupaciones propias de la época que se vivía, … De todo se podía hablar con ella; era como si se conocieran de toda la vida; era como si hubieran nacido para encontrarse, ineludiblemente, en algún momento de sus vidas.

Sergio miraba atento los ojos de Marta, esos bonitos ojos azules que hacía que su rostro resplandeciera cada vez que sonreía, cosa que sucedía muchas veces, afortunadamente. Esa mañana llevaba un traje de chaqueta azul marino y una sencilla camisa blanca; estaba preciosa. No podía dejar de pensar, mientras la escuchaba hablar sin parar, lo bonito que sería despertarse cada día junto a esa maravillosa mujer; quería ver su rostro al despertar cada día, ese precioso rostro que lo volvía loco con sólo mirarlo. Casi se le escapó un suspiro emocionado que consiguió disimular con un mal contenido bostezo.

- ¿Te aburro?

- No, qué va. Es que esta noche he dormido mal. No sé qué me pasa; últimamente me noto algo raro, Marta, sólo eso. No me aburres, nunca lo haces.

Marta le miró emocionada; ese “nunca lo haces” le había gustado mucho y se preguntaba cuándo decidiría Sergio dar el siguiente paso. Hacía mucho que jugaban al juego de la seducción; al yo te miro, tú me miras; yo te rozo y tú, si puedes, también me rozas. Pero eso, algún día, acabaría, y no le gustaría que acabara mal, sino todo lo contrario. Le encantaba estar con él y, más aún, saber que a él le gustaba estar con ella. Sin embargo, veía muy lejano el siguiente nivel. Sergio era una persona muy prudente, atento, inteligente y capaz, y era, precisamente, lo de ser atento con todos y para todo, lo que más le disgustaba. Más de una vez se había preguntado si no serían imaginaciones suyas eso que a ella le parecía intuir y que no acababa de materializarse. Pero la intensidad de su mirada le decía que sí, que él la amaba, que algún día vendría lo demás. Y sí, quería pasar con él el resto de su vida.

Recordó divertida el día que lo conoció. Ambos eran economistas, trabajaban en una empresa de comunicaciones de alto nivel en el departamento financiero. Ella llevaba un par de años trabajando allí cuando llegó Sergio, “el nuevo de turno a darnos dolores de cabeza. ¡A ver si me libro y lo forma otro!”. Pero no, le tocó a ella, y ése fue el comienzo de una bonita amistad que deseaba que se convirtiera en algo más algún día. El nuevo era guapo, “¡ufff, sí, muy guapo!”, pero no se le había subido a la cabeza, cosa rara. Acababa de cumplir los 26 cuando se conocieron, dos menos que Marta, lo que no les importaba a ningún de los dos, no se notaba la diferencia; “en cualquier caso, las mujeres siempre maduran antes (eso dicen al menos)”, pensaba Marta con frecuencia, con lo que ese aspecto estaba solventado. Ella era más madura y él era un hombre casi recién encontrado a sí mismo, que se dejaba guiar y enseñar, en el terreno profesional, al menos, por ella, en la que confiaba ciegamente, sin reparos, sin fisuras.


Eran, o mejor dicho serían, una pareja perfecta. Algún día.
***

Llevaba tantas noches sin dormir que ya ni se acordaba de la última vez que oyó el ruidoso despertador. Las terribles ojeras que rodeaban sus bonitos y azulados ojos eran cada día más grandes, más negras, más odiosas...

Marta se miraba en el espejo y sentía sólo odio, dolor y amargura. No sabía cuál era el sentimiento que predominaba sobre el otro en esa lista de tres. Primero apareció el dolor, luego llegó la amargura y, por último, recientemente, hizo su aparición el odio al mirarse una mañana en el espejo, la misma mañana en la que Sergio se había alejado de ella por décima vez desde aquel día, desde el día en que su vida, la vida de los dos, cambió para siempre. Un único momento de algo parecido a la intimidad bastó para que el futuro de ambos se viniera abajo.

Se arrastró fuera de la cama; casi se lanzó al vacío de su habitación, porque ya se estaba quedando sin fuerzas. Y, ¿cómo cambiar las cosas? ¿Cómo hacer que la situación que se estaba llevando a Sergio por delante cambiara? ¿Cómo conseguir volver a tener una vida feliz? Se había hecho esas preguntas mil veces en estos últimos tres meses; las había planteado, pensado, meditado...; había hecho incluso una lista con las posibles respuestas, y el resultado había sido demoledor: no había respuesta. Al menos, ella no la tenía, lo que la dejaba en una situación muy complicada con respecto a la nueva vida de Sergio. No podía ayudarle, ella no tenía la solución. No tenía nada. Nada.

Ahogó un sollozo que se abría paso hacia sus ojos en forma de llanto. Se dejó caer pesadamente sobre uno de los taburetes de la cocina americana de su pequeño apartamento esperando a que ese malestar pasara. Una vez más.

Con una sonrisa, que más parecía una mueca de terrible cansancio, recordó la mañana del día en la que, felices y ajenos a lo que se les venía encima, sus manos se rozaron al entrar en el café del barrio de Sergio. Había repasado esa secuencia una y mil veces, intentando hallar el momento justo en el que la bomba había empezado su cuenta atrás; el momento en el que, piel contra piel, se produjo en Sergio el efecto contrario, el efecto que había hecho que se odiara a sí misma como nadie podía imaginar.
***

Las calles se habían cubierto con un fino manto de nieve, por fin llegaba el invierno. Pasaban los meses y todo seguía igual; nada parecía mejorar, nada cambiaba salvo el color de la ciudad. Sergio iba con paso rápido y decidido hacia su futuro, aunque no estaba seguro de si por fin sería capaz de conseguir que ese ansiado cambio se produjera, si por fin podría asumir su nueva situación y conseguir que Marta la compartiera con él. No sabía si sería capaz de acercarse a ella, si sería a o no capaz de mirarla a los ojos, cogerla de las manos y decirle todo lo que llevaba meses, años, deseando decirle. Cada vez que pensaba en su futuro se veía junto a ella sentado en el porche de cualquier casita blanca, junto al mar, mientras ambos se medían las arrugas con la mirada.

Hacía meses que no le dirigía la palabra, “ese café no fue buena idea después de todo”, pensaba. Quizá, lo mejor hubiera sido dejar que esa relación platónica, que ese amor anhelante que ambos sentían hubiera seguido siendo eso, sólo puro deseo, porque ahora la vida de ambos estaba pendiente de un hilo. Ninguno había podido superar aquella crisis que les atacó sin avisar; ninguno supo cómo afrontar la explosión de esa bomba imaginaria cuya cuenta atrás empezó en el mismo instante en el que ambos se miraron a los ojos por primera vez unos cuantos años atrás.

Aquel día, en el café, cuando Marta alargó su mano para acariciar suavemente el rostro sonriente de Sergio, algo se desató en su interior. De los minutos siguientes nada recordaba hasta que se despertó en la fría sala de urgencias del Hospital Central de la ciudad, sólo, rodeado de enfermeras, de camillas, de máquinas que emitían molestos pitidos... Pero de ella no había ni rastro. Marta no estaba, se había ido.

La doctora Sánchez le había dicho que había sufrido un ataque de ansiedad provocado por una situación de estrés. "Imposible", le había respondido él, "eso es absurdo. ¡Sólo estaba tomando un café con una amiga!"

"¿Una amiga o algo más?"

Su mente se quedó completamente bloqueada ante la pregunta que le acababa de hacer aquella desconocida que, de repente, había irrumpido en su vida como un ciclón y parecía saber más de sus sentimientos que él mismo.

"¿Sólo una amiga, señor Silva?", insistió ella. 

"¿Me está diciendo que he sufrido un ataque de ansiedad que me ha dejado sin sentido porque la amo? ¿Me está diciendo que ha sido el roce de su piel el que me ha dejado fuera de juego como si fuera un maldito peluche? ¿Me está diciendo que, después de más de dos años esperando un gesto, una señal, no he sido capaz de soportarlo?"

Las lágrimas que recorrían el rostro de Sergio caían desordenadas buscando un lugar en el que guarecerse de las palabras que estaba escuchando y que herían su ser en lo más profundo. Un sentimiento de rabia y dolor subió por su estómago sintiendo que, de nuevo, le faltaba el aire y todo se oscurecía a su alrededor mientras volvía a perder el sentido.

***

Marta se apresuró a abrir la puerta; alguien llamaba con mucha insistencia, cosa muy extraña para ser una mañana de sábado y a una hora tan temprana.

- Hay pocas cosas en mi vida que haya tenido claras, Marta, pero la que más clara he tenido desde el día que entré por primera vez en esa oficina y te vi, fue que quería pasar el resto de mi vida a tu lado. No sé cuántas veces he imaginado nuestra vida juntos; lo único que sé es que mi vida sin ti, no es una vida que yo quiera vivir.

Era Sergio. Estaba plantado en el umbral de su puerta, como un clavo, sin moverse, sólo atento a los ojos de Marta y en espera de una palabra que le ayudara a seguir soltando el largo discurso que había preparado. Pero ella no había dicho aún nada; sólo lo miraba sin creerse aún que él estuviera allí diciéndole esas bonitas palabras. No podía creerlo.

- Marta, dime algo, por favor. No sé los días que llevo planeando esto; he escrito mil veces un discurso de dos páginas para asegurarme de hacerlo bien, pero soy incapaz de recordarlo. Te miro y siento cómo me tiemblan las piernas; desearía tanto, en este momento, aquí, ahora, besarte… Marta, por favor, dime algo… Yo... Te amo.

Marta no dijo nada, no podía. Sentía cómo unas tremendas ganas de llorar le subían desde el estómago, ahogando cualquier palabra que tuviese intención de decir. Nunca supo el tiempo que había tardado en echarse en los brazos de Sergio y abrazarlo, besarlo… Nunca supo cuánto tiempo habían estado allí, en silencio, escuchando los acelerados latidos del corazón del otro.

- Entendí que tenía que hacer algo hace unos días, cuando me di cuenta de que era incapaz de soportar que nadie me rozara al ir caminando por la calle. Me di cuenta de que ya no miraba al cielo, no miraba a las personas con las que me cruzaba cada día… Me estaba volviendo una persona odiosa, alguien insoportable e insufrible a quien nadie se atreve a dar los buenos días por temor al tremendo gruñido que pueda soltar. Ese día, cuando llegué a casa, me senté en mi estudio, cogí un viejo cuaderno de notas, y empecé a escribir. Pasé horas escribiendo, no podía parar; las palabras salían solas, mis sentimientos empezaron fluir de un modo alucinante. Cuando la mano empezó a dolerme tanto que tuve que soltar el bolígrafo, leí lo que había escrito. Era una carta para ti… Era mi declaración de amor; era lo que llevaba años queriendo contarte, queriendo decirte; era lo que durante gran parte de mi vida he deseado decirle a la persona que ocupa mi corazón. Me bastó un minuto para entender que serías toda mi vida el día que te conocí. Sólo un minuto… El mismo que casi bastó para alejarte de mí aquel día en el café, cuando todo se vino abajo. Pero estoy dispuesto a intentar llevar una vida normal. Lo que pasó ese día puede repetirse, no quiero engañarte. Posiblemente, necesite medicarme, necesite ir a terapia, pero estoy seguro de que todo lo que me ocurra, de que todo lo que en mi vida sea importante, lo será sólo si tú estás en ella. No quiero una vida sin ti, Marta. Mi vida eres tú. He necesitado alejarme de ti para atreverme a entrar de lleno en tu futuro, pero aquí estoy. Seré lo que quieras que sea a partir de hoy, un amigo, un amante, un compañero de viaje… Lo que tú quieras.

Marta lloraba sin cesar. No había podido dejar de llorar desde que abriera la puerta que la condujo a los brazos de Sergio. Escuchó en silencio sus palabras, esas bonitas palabras de amor que él le dedicaba con la intensidad que le dictaba su corazón. Le amaba, sí, mucho, con una fuerza que hacía que su deseo de abrazarle toda la vida se intensificara.

-Sólo quiero que me abraces Sergio, abrázame fuerte. No me sueltes nunca. Seré tu amiga, tu amante, tu compañera. Seré lo que quieras que sea el resto de mi vida. Te quiero tanto que estos meses han sido para mí como estar muerta y tener que volver una y otra vez a un calvario diario en el que tú eras mi verdugo. Pero, eso se acabó, ¿verdad? Ya no habrá más miradas doloridas, ni huidas para no vernos; ya no habrá más sentimientos de pérdida, ni lágrimas furtivas. Desde hoy seremos Sergio y Marta, los amigos, los amantes, los compañeros. Desde hoy seremos Marta y Sergio, una pareja perfecta.



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