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Los amados y odiados bancos, artículo publicado en La Actualidad de Águilas el 26.02.2016

Los amados y odiados bancos.

Me veo obligada, finalmente, a polemizar un poco sobre un tema que, dada mi profesión, me persigue: los bancos, esas entidades amadas y odiadas a partes iguales por unos y otros, dependiendo de la necesidad que se tenga de ellos y del resultado que obtengamos con la consulta realizada. Antes de empezar, quiero dejar claro que no pretendo con este artículo crear un debate ni molestar a nadie; simplemente, es mi opinión acerca de un tema que conozco y sufro a diario.

Este negocio (sí, negocio, como cualquier otro) se ha basado desde tiempos inmemoriales en el intercambio de necesidades, entendiendo estas como necesidades económicas del consumidor, persiguiendo el banco, lógicamente, un beneficio pecuniario al igual que el panadero, el lechero o el carnicero. Cada cosa en su nivel, claro está, y sin ánimo de molestar a nadie, faltaría más.

Los que nos sentamos tras las mesas de las oficinas bancarias tenemos que seguir unas pautas, unas reglas, una normativa, cuyo incumplimiento consciente o desobediencia inconsciente puede causarnos muchos problemas. Al igual que todos los empleados de cualquiera de los trabajos existentes en el mundo, defendemos nuestro trabajo con ímpetu y responsabilidad, no siendo de nuestro gusto algunas de las cosas que forman parte de nuestra labor, pero que tenemos que hacer porque es lo que nuestros jefes nos ordenan. No estamos aquí sentados para discutir lo que se nos dice que hay que hacer (no en mi nivel, desde luego), estamos aquí para trabajar según las normas de cada entidad, nos guste más o menos. Porque, por ejemplo, una cosa es mandar a todo el mundo a actualizar la libreta al cajero (tema muy polémico y de gran actualidad), porque es lo que nos mandan hacer, y otra cosa muy diferente es estar de acuerdo en determinados casos con esa medida. Pero hacerlo, hay que hacerlo. Sí o sí. Lo mismo sucede con un montón de cosas más que hoy en día han cambiado mucho y que, nos gusten más o menos, tenemos que hacer.

Al hilo de esto, quiero romper una lanza a favor del empleado de una entidad competencia de la mía que hace unas semanas fue el causante de una gran polémica. Parece ser que alguien, un señor creo que fue, no cliente de este banco en concreto, fue a realizar un ingreso por ventanilla en una cuenta de un tercero, y cual fue su sorpresa cuando este colega le dijo que ese ingreso tenía una comisión de diez euros. Esto, si es verdad, que no sé yo, porque diez euros son muchos euros, debió dejar al señor no cliente con la boca abierta; es cierto, es un abuso. Pero, ¿alguien se ha parado a pensar en el pobre chaval que tuvo que tragarse lo que pensaba de esta medida y soltar así, de golpe y sin anestesia, semejante barbaridad? Pues yo sí que me he puesto en su lugar, quizá porque me imagino a mí diciendo aquello a mis clientes o a mis no clientes y siento con total exactitud lo que sintió el pobre empleado de ese banco. Vergüenza es poco.

Luego está la parte, nada desdeñable, en la que el cliente / consumidor nos pide cosas imposibles o que no podemos hacer. Por ejemplo, hace unos años, en la zona en la que yo trabajaba, era costumbre de los grandes hombres de negocios acabar las interminables sobremesas con las que agasajaban a sus clientes en un lupanar que por allí había, de gran éxito por cierto entre este colectivo. Sucedió entonces que uno de esos grandes hombres de negocios pagó la cuenta a altas horas de la madrugada con su tarjeta de crédito, llegando el cobro a su cuenta al mes siguiente. La esposa del susodicho, cliente también del banco y titular con su esposo de la cuenta en la que se había cobrado el recibo descomunal de la noche de negocios en cuestión, se personó muy enfadada una mañana en la oficina del banco de la que eran clientes y pidió el extracto de la tarjeta de la que sólo era titular el marido. El compañero al que le tocó lidiar con semejante marrón, no se atrevió a contradecir a la señora e indicarle que las tarjetas son personales y que sólo el titular puede acceder a esa información o venir a pedirla al banco en persona, sino que, intimidado por el disgusto de la esposa, le facilitó el movimiento donde quedaba claramente reflejado el desliz del negociante y su generosidad. Podéis imaginaros la que se armó, tanto en casa del susodicho como en la oficina bancaria, cuando el titular de la tarjeta se presentó allí para pedir responsabilidades por haber facilitado información personal y privada. Está claro que el señor marido metió la pata pagando con la tarjeta de crédito la fiesta en el burdel, pero fue realmente mi compañero el que cometió un tremendo error; error que casi le costó el puesto por no querer quedar mal con la esposa. Nunca llueve a gusto de todos, está claro. Todas estas equivocaciones las van curando los años y la experiencia, aunque siempre se te quedan clavadas esas ocasiones en las que has hecho todo lo posible por ayudar a tu cliente, pero no ha sido suficiente. Eso es algo que no cura el tiempo, aunque haya quien piense que sí.

Os cuento esto, no para que os riais (aunque sé que tiene su gracia), sino para que os deis cuenta de que hay cosas que al usuario le parecen una tontería de nada, pero que pueden costarnos el puesto a cualquiera. Si decimos “no puedo facilitar esa información” o “eso no puedo hacerlo”, es, ni más ni menos, la realidad. No lo hacemos por fastidiar, ni porque ocultemos nada, lo hacemos sencillamente porque es lo que nos dicen las normas que hay que hacer; es, porque lo primordial en este trabajo es la protección de datos de carácter personal e incumplir esa ley puede causarnos el despido.

No existe el banco perfecto, ni el empleado perfecto, al igual que no existe el colegio perfecto, ni la peluquería perfecta, ni el médico perfecto. Todos somos PERSONAS, todos cometemos equivocaciones y todos nos vemos obligados en algún momento a hacer en nuestro trabajo algo que no es de nuestro agrado. Claro, lo hacemos porque TODOS defendemos el pan de nuestros hijos.


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