martes, 22 de noviembre de 2016

Sucedió al amanecer...


Desde un banco situado a escasos metros del lugar por el que ella pasaba, un hombre fumaba un cigarrillo, mientras pensaba en  lo guapa que estaba esa mañana. El repiqueteo de sus tacones retumbaba en las paredes de la estrecha callejuela que cada mañana recorría de camino al trabajo, mientras pensaba en sus cosas. Ella siempre bromeaba diciendo que tenía un mundo interior muy extenso y entretenido y algo le indicaba que, posiblemente, era cierto. Sabía que no había ni un solo momento del día en el que no tuviera algo rondándole por la cabeza. Aún no la conocía del todo, pero estaba seguro de que dentro de ese cuerpo había aún muchas cosas por descubrir, la mayoría de ellas, muy del gusto de él. Por lo que de ella sabía, era capaz de estar totalmente concentrada en lo que hacía, al tiempo que una idea tras otra, un pensamiento tras otro, se iban sucediendo en esa cabeza que no paraba.

La mujer caminaba con la tranquilidad que le daba el no saberse observada. Su paso, tranquilo, dejaba ver que se encontraba bien, relajada; incluso la cadencia de sus caderas al balancearse hacía pensar que era feliz. La sonrisa que vio asomar a sus labios le hizo imaginar que estaba pensando en él, en la última vez que hablaron, hacía ya un par de días. Aquel día, ambos habían decidido dar rienda suelta a sus pensamientos sobre el otro y, ambos, habían revelado al otro su deseo.

La calle, oscura y solitaria a esas horas, invitaba a un encuentro casual, sin palabras. Se puso en pie, apagó el cigarro con la punta de su zapato, metió las manos en los bolsillos del desgastado tejano que llevaba esa mañana y, despacio, se encaminó tras ella. Aceleró el paso. El sonido de las pisadas de ambos empezaba a fundirse en uno solo, cuando ella giró levemente la cabeza con la intención de mirar a su espalda. Pero no le dio tiempo. Él se abalanzó sobre ella desde atrás y la empujó contra la pared al tiempo que le susurraba al oído un “buenos días” que provocó que mil caballos corrieran desbocados desde su estómago hasta su corazón. Era él. Había venido a por ella. Intentó girarse para encararlo, pero él no la dejó. Con una violencia casi insoportable de deseo contenido, comenzó a besarle el cuello mientras sus manos, ávidas, recorrían cada centímetro de su suave piel y una pasión arrolladora invadía todo su ser hasta llevarlo al mayor de los éxtasis. Ella, atrapada, se dejaba hacer al tiempo que sentía cómo un temblor tras otro se apoderaba de su cuerpo, llevándola al mayor de los placeres que jamás hubiera sentido.

Al cabo de unos minutos, él la dejó girarse y la miró a los ojos. Fue entonces cuando la besó, con ternura, despacio, dejando que ella supiera que él estaba allí por ella, para ella. Ella recibió sus labios con anhelo, había soñado tantas veces con ese momento que temía no ser capaz de disfrutarlo, de saborearlo, pero él se encargó de que eso no fuera así. Fue un beso largo, un beso que envolvía sus cuerpos con la certeza de que nunca, estuvieran donde estuvieran, olvidarían aquel día, aquel momento, aquel rapto de locura, aquel beso.

Ella rozó suavemente la mejilla de él con sus labios y apoyó la cabeza sobre su pecho. Él la abrazó con ternura, asegurándole en silencio que siempre la recordaría bajo la naciente luz de cada amanecer.
Bss.
 

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