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Canción para Pablo.


Dedicado a un aguileño que soñó con navegar toda la eternidad en las cálidas aguas que bañan tus costas, dedicado a un aguileño que soñó con volver…

Te abracé fuerte, como cada noche.
Mi aliento calentaba tu cuello,
mis besos, tiernos,
se deslizaban suavemente desde mis labios a tu piel.
Como único testigo, silencioso y fiel,
el Peñón del Roncaor,
presenciaba, inerte, cómo el Mediterráneo,
mecía nuestra cuna de amor.
La vieja Pescadería se alzaba, orgullosa, a la orilla de un mar
que esa noche nos vio brillar
bajo el manto dorado
de un cielo estrellado.
“Ven”, dijiste, “vamos a navegar hasta llegar a alta mar.
Desde allí, verás cómo mi Águilas abraza la noche, amorosa,
en espera de que el alba despunte en el horizonte
y, desde el Castillo de San Juan,
acurrucados, seamos los invitados
del glorioso amanecer de mi bello pueblo.
Desde allí, veremos cómo el Sol nace tras la Isla del Fraile…”.
Y en aquella vieja barca, frente a la Bahía de Levante,
con la hermosa luna de verano iluminando el viejo Faro,
con el Pico de L’Aguilica al fondo,
cantamos la canción del amor eterno.
Águilas observó, tierna y callada,
cómo fue, desde entonces, la aventura de amarte.
Volvimos después cada año,
cada verano compartíamos el rumor de las olas
rompiendo en la falda del Castillo.
Envejecimos juntos, de la mano, amándonos.
Paseamos por la vida soñando con el mañana, pero viviendo el hoy.
Hasta que mi aliento dejó de calentar tu cuello.
Te fuiste una noche mientras soñabas con esa barca,
con esa playa, con cada glorioso amanecer.
Te fuiste una noche mientras soñabas con aquella luna,
con esas mañanas que iluminaban tu mirada,
mientras me decías “es cierto, es Águilas la luz de España”.
Te fuiste una noche, sonriendo, feliz,
mientras navegabas en tu “Aventura”.
Ahora, recorres el lecho azulado del mar,
desde Cabo Cope hasta La Carolina,
haciendo un guiño a la Playa de La Colonia en el Paseo de Poniente,
que te vio nacer y crecer,
A Los Tres Pasos del Moro y la Torre del Homenaje,
a la vida que pasó…
Así navegas ahora por esas aguas cálidas, transparentes, 
reflejo del cielo que vigila Águilas,
viviendo la eternidad de nuestro amor aplazado,
esperando, como un delfín enamorado,
que la corriente te lleve hasta la sirena que,
ansiosa por el regreso de su marinero,
canta por los años que quedaron sin vivir,
mientras el Mediterráneo se acurruca junto a ella
en La Cama de los Novios, y el horizonte se desdibuja,
lentamente, al caer el día.

Publicado en Libro de Verano de Águilas 2017 (pág. 32).


Isabel María Pérez Salas.



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