domingo, 6 de agosto de 2017

Sin título (II): ...de juegos creados por el destino que en ocasiones se tornaba traidor y gustaba de estrujar corazones heridos por la flecha envenenada de Cupido...

Desde hacía muchos días, era la primera vez que sentía ese cosquilleo en la punta de los dedos que la impulsaba a escribir sin contención. Deseaba hacerlo, quería hacerlo y, sin embargo, delante de la temida página en blanco, era incapaz de plasmar lo que su cabeza quería. ¿Sería miedo a enfrentarse con lo que su corazón palpitante sentía desde hacía semanas? Quizá, pensó, quizá…

Pensaba a veces que las ansias que ella sentía por poder estar donde ni podía ni debía no eran fielmente correspondidas, lo que hacía que una rabia contenida le subiera, cada vez con más frecuencia, desde el estómago a su garganta, provocándole unas tremendas ganas de vomitar días tras día. Y no podía evitarlo, lo había intentado, lo intentaba cada segundo de cada minuto de cada hora y siempre había algo que la hacía volver al principio, siempre… Cualquier excusa era buena para empezar de nuevo en ese círculo vicioso en el que su vida se había convertido, pero es que… Lo echaba tanto de menos… ¿Cómo no dejar que sus impulsos ganaran de nuevo la partida? Era fácil dejarse llevar, lo más fácil del mundo, sencillo y fácil… Sin embargo, tras una semana de estudiada distancia y contenido silencio, pensó que era una pena dejar que ganara el deseo que sentía de escuchar su voz, de verle, de mirarlo a los ojos, de sonreírle… Era una pena echar por tierra esos días de sufrimiento y de contención que había pasado y superado, no sin esfuerzo, aunque bien mirado ahora, tampoco era para tanto, era fuerte, podía hacerlo, sin duda podía terminar con aquello si se lo proponía. Nadie decía que fuese fácil, pero tampoco era imposible. La historia de la humanidad estaba llena de amores imposibles, de historias que llegaron a destiempo, de juegos creados por el destino que en ocasiones se tornaba traidor y gustaba de estrujar corazones heridos por la flecha envenenada de Cupido, corazones que habían muerto envueltos en lágrimas de amor.

Sentada con la vista fija en el horizonte que se abría ante ella, sonrió mientras recordaba cómo él se atusaba el cabello negro y largo cuando le explicaba cualquier cosa mientras comían, cómo él le agradecía con la mirada la atención que ella le prestaba cuando le contaba cualquier cosa que le hubiera sucedido o que le preocupaba; sonrió al recordar el sonido de su risa, el brillo de su mirada, su bella sonrisa… El horizonte le recordaba que ahora había entre los dos una distancia difícil de recorrer, su historia había empezado y terminado. El destino había juzgado y ganado y ellos, meros jugadores torpes e inexpertos, habían perdido una partida condenada al fracaso desde el primer momento, aunque ambos, en algún momento, habían pensado que podían ganar… A ratos, durante esa época, los dos habían llegado a pensar que podrían superar sus vidas y ganar… Les gustaba imaginar que podrían vivir la vida que ansiaban, que podrían volver sus pasos hacia atrás y borrar las partes del camino recorrido que ambos preferían olvidar y construir un presente a su medida en el que pudieran ir cogidos de la mano, en el que él la agarrara y nunca, jamás, la soltara. Habían soñado una gran historia con un final a la altura de sus sentimientos, de sus deseos.

Pero la realidad, el odioso presente, era muy distinto, puesto que él realmente había pasado página, había decidido dejar que el destino ganara, había dejado que su corazón se recompusiera tras la explosión, se había vendido al futuro fácil y seguro de una vida sin emoción ni pasión, una vida tranquila sin sobresaltos, había decidido dejarla atrás… No olvidarla, pero sí apartarla. Y ella se dolía por ello, sabía que jamás le apartaría de sus pensamientos, de su corazón, de sus momentos… Sabía que viviría el resto de su vida acompañada de la presencia invisible de aquellos ojos, de aquella sonrisa, de aquellas manos que, quizá, en algún sueño infinito, acariciaran su rostro por siempre, para siempre.

Encendió un cigarrillo. Contempló la página en blanco. Inspiró, expiró, y comenzó a escribir.





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