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Sin título (IV): ... este es, o debe ser, auténtico, real, precioso e inolvidable...


Dejó el teléfono sobre la mesa y se dejó caer en la silla que tenía a su lado. Pesadamente, como si el mundo entero le hubiera caído sobre los hombros. ¿Qué acababa de pasar? Algo se le escapaba, estaba segura de eso. Era imposible que aquellas cuatro palabras mal cruzadas hubieran desencadenado lo que vino a continuación. Un momento risas y, al siguiente, la más absoluta oscuridad.

Las lágrimas le surcaban el rostro entristecido mientras aún resonaban en su cabeza aquellas duras palabras, esa última frase que sería, quizá, la última que jamás volvieran a cruzar. Cuánta dureza y qué hondo dolor le había producido oírlas. ¿No sabía él que, por encima del deseo que sentía, estaban el cariño y la admiración que le producía? Era un sentimiento tierno, puro y real, no era una pose ni una excusa. Era cierto como la vida misma, era cierto como lo que ahora le apuñalaba el alma.

Pensó que tal vez era mejor así, dejar el futuro en cero expectativas o en cero posibilidades, aunque bien mirado tampoco era eso lo que quería. Abandonar una amistad era duro, bien lo sabía, ya le había sucedido en otras ocasiones, y no le gustaba contemplar ese porvenir en el que el adiós definitivo predominaba, no era eso lo que ella pretendía, en absoluto, ya que en su vida era importante contar con los suyos, con los que ella llamaba suyos, claro. Porque, posiblemente, él no lo veía así. Si los amigos son incondicionalmente amigos en toda la extensión del significado de esta bella palabra, quizás él no lo era. Y eso, sin duda, le dolía aún más.

Mientras se atusaba el cabello y luchaba por detener las lágrimas  que,  insistentemente, caían hacia la nada, no pudo evitar que los recuerdos se agolparan sin cesar. Tantos había almacenados en esa cabeza, que se superponían unos sobre otros, sin orden, sin  fin… La primera vez que se vieron, el día que se conocieron, las miradas furtivas, la curiosidad que despertaban el uno en el otro, palabras cruzadas sin compromisos, sin tapujos, con todo sobre la mesa. Tantos eran que si hubiera tenido que elegir uno de ellos para no olvidarlo jamás, no hubiera sabido cuál elegir. Quizá la primera conversación que mantuvieron a solas, sí, quizá hubiera sido ese el mejor de todos ellos. Lo recordaba con una nitidez y claridad que le asustaba. ¿Y si no podía olvidarlo? ¿Y si, a pesar de todo, el haberlo conocido terminaba convirtiéndose en un lastre colgado de su pecho que no la dejara respirar el resto de su vida? Había muchas cosas que tenía claras, y una de ellas era que no quería que eso pasase. Uno de los fundamentos en los que estaba basada su vida era en la amistad, esa palabra que tan a la ligera se usa y que pocos  saben qué significa realmente. ¿Es amor incondicional? Amor del bueno, del que no se desgasta, del que no se abusa, del que siempre está ahí y nunca se traiciona, pase lo que pase. No tiene nada que ver con el otro, con el romántico; este es, o debe ser, auténtico, real, precioso e inolvidable.

Pensó que tal vez le estaba  pidiendo mucho a la vida en este sentido, pero realmente ella lo veía así. Y se dolía por ello.

Sonrió tristemente al recordar las veces en las que ambos se habían lamido las heridas en la agradable compañía del otro, en cómo se iban desdibujando las cicatrices que ambos arrastraban durante esas interminables charlas y en cómo las sonrisas calladas hacían agradables los escasos silencios que habían compartido. Algo más que amigos, pero amigos al fin y al cabo y por encima de todo lo demás.

Pero ahora… Sabía que el silencio sería eterno, las cicatrices no volverían a borrarse y las heridas serían, cada día, más profundas.

Y eso, sería así, por siempre. Para siempre. Porque las grandes historias, nunca tienen finales a la altura. Y esta, no iba a ser menos…
Bss.

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