martes, 28 de abril de 2015

Cuento. Parte 2.

Bueno, no había sido tan difícil después de todo. Treinta y dos escalones y ya estaba en la calle. No había sudado, seguía oliendo al gel de aceite de Argán que había comprado hacía pocos días y se sentía con renovadas fuerzas. Uhmmm, igual terminaría por ir a un gimnasio, aunque la imagen que se dibujó en su mente le hizo contener una carcajada que indicaba que probablemente eso nunca pasaría.

Se dirigió al parking donde guardaba su coche, un bonito C5 azulado, capricho de Alicia hacía unos años; luego dejó de gustarle... Aunque no era de extrañar... De repente las calles de todas las ciudades de España se habían visto invadidas por el bonito coche hasta el punto de dejar de serlo.

Abrió la puerta trasera para dejar el maletín y la chaqueta y subió. Arrancó y se dirigió a la salida con cuidado de no rayarlo; no le gustaba tanto, pero no era cuestión de estropearlo.

Pasó el día trabajando casi sin parar como era su costumbre; había días que ni se acordaba de comer y sólo el esmero que ponía su secretaria en cuidar de su salud impedía que cayera enfermo.

Todos se habían portado muy bien con él desde que Alicia se marchó, la verdad, no podía tener queja. Además de estar muy bien considerado entre la cúpula directiva de su empresa, era un hombre afortunado en cuanto a relaciones sociales. Caía bien, generalmente, y eso le hacía tener un amplio círculo de amistades al que acudir cuando era necesario. Lástima que últimamente no tuviera muchas ganas de divertirse fuera de la oficina; un día de estos tendría que organizar algo para agradecerles a todos su apoyo, quizá el mes próximo. Se acercaba la primavera y, con ella, las tardes más largas, el buen tiempo y las vacaciones. Sí, organizaría algo.

Llegó a casa a eso de las 9. "Un día más", pensó con tristeza. Entró, encendió la lamparita que había sobre el mueble de la entrada, dejó las llaves, y...

De repente se dio cuenta de que en el vestíbulo de la casa había un elemento nuevo, una maleta que él no había dejado allí. El último viaje de negocios lo había tenido hacía un par de semanas y había guardado la maleta en el trastero a la vuelta. Se acercó despacio, intentando ahuyentar el ahogo que le subía por la garganta y que amenazaba con hacerse dueño de él; conocía ese color, esa forma, sabía dónde había sido comprada, el día, la hora,... Era imposible, Alicia no podía estar allí y menos sin avisar. Esa ya no era su casa, no desde que... Sacudió la cabeza con ira intentando hacer desaparecer ese recuerdo desesperante que le había desgarrado el alma hacía dos años; las lágrimas se le agolparon en los ojos y apretó los puños son fuerza temiendo que, si los abría, toda su rabia saldría despedida arrasando todo a su paso. Intentó controlar su respiración y serenarse; si la maleta estaba allí, lo normal es que Alicia no estuviera muy lejos, quizá sentada en su antiguo sillón,  esperándole...

Respiró hondo y atravesó la puerta doble que separaba el recibidor del resto de la casa. Y la vio...

Estaba de pie junto a la ventana del salón mirándolo, muy seria, sin decir nada, como esperando la oleada de reproches que él luchaba por contener, esperando sus gritos, esperando su mirada de odio por haberle abandonado, esperando... Simplemente así, esperando...

Él la miraba sin creerse aún que estuviera allí; se la había imaginado así tantas veces a los largo de esos dos años, que no lo podía creer. Estaba allí, estaba allí,... No sabía qué decirle. No sabía qué esperaba ella que le dijera. Había intentado odiarla con todo su ser por haberse marchado como lo hizo, y ahora, al verla, se dio cuenta de que jamás lo había conseguido. Seguía amándola como el primer día, ciega y locamente, incondicionalmente,... Pero claro, no iba a decírselo. Al menos no aún, no hasta que ella le explicara el motivo de su vuelta; no hasta que ella le dijera una y mil veces lo que él tanto ansiaba escuchar. Habían pasado dos largos años sin saber de ella y se merecía una explicación.

-Alicia.
-Pablo.
-No esperaba verte por aquí nunca más.
-No hubiera venido de no ser necesario, al menos no sin avisar. Esta sigue siendo mi casa.
-Esta dejó de ser tu casa el día que hiciste la maleta y te marchaste sin decir adiós.
-Imagino que habrás pensado que eso fue por un buen motivo.
-No pienso nada. No he podido pensar nada porque no he tenido nada en qué pensar. Un día llegué a casa y no estabas. Punto. Mejor no pensar; te sorprendería la respuesta. Aunque bueno, quizá no. Me conoces muy bien Alicia.
-Sí, te conozco muy bien, por eso he vuelto. Necesito darte una explicación, te mereces esa explicación, y sé que me dejarás dártela a pesar de todo.

Pablo se acercó al mueble bar que había en el salón. Lo abrió y se sirvió un whisky solo. Casi sin mirarla se sentó en el sillón que tenía más cerca y que más alejado quedaba de ella. No estaba seguro de querer acercarse demasiado... La dejaría hablar y luego... Bueno, luego ya veríamos qué pasaba.

Continuará...

Bss.

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