10/07/26

Microrrelato (I)


Con el paso de las horas, el olor a sexo dormido invade todos mis sentidos. 

Ese olor a tu cuerpo y mi cuerpo entrelazados, perteneciéndonos, abandonándonos el uno al otro como si fuese el fin de los tiempos. 

Ese olor a sexo insaciable se apodera de mi ser, deseando, una y otra vez, volver. 

No allí, sino a ti.

Bss.

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03/06/26

Nada que perder, nada que ganar


La luz del atardecer iba tiñendo de tonos rojizos y anaranjados el horizonte, dejando paso en su memoria a los muchos atardeceres de su juventud, divisados desde ese mismo lugar, que había disfrutado a veces sola, a veces no.
 
Le encantaba sentarse allí, en aquel tocón que había pegado a la orilla del mar, daba igual si era invierno o verano, si hacía calor o no. Era su sitio, su lugar, su refugio dentro de su paraíso. Si la buscabas y no dabas con ella, seguro que estaba allí.
 
En ese mismo sitio, frente a su Mediterráneo, habían sucedido grandes cosas en su vida, cosas que le ayudarían a crecer, a madurar; cosas que le harían daño y la marcarían; cosas que abrirían su corazón envuelto en risas y amor y otras que no olvidaría jamás por su tristeza.

Allí, en un atardecer como el que ahora iluminaba su mirada, la había besado por vez primera el primer gran amor de su vida, el que le enseñó que se podía amar y odiar al mismo tiempo y con la misma intensidad. A él lo amó como jamás había amado, con el ímpetu de la juventud y la sinceridad de la inexperiencia. Había hecho cosas por él que no había vuelto a hacer por nadie y había sido el causante de uno de los grandes e inesperados giros de su vida, cuando él la dejó y ella decidió hacer la maleta y abandonar su universo conocido para adentrarse en otra vida. A pesar de todo, desde hacía bastante, cuando pensaba en él, lo hacía con cariño, con ilusión, con amor quizás. Aunque triste, fue una época que le enseñó que una huida a tiempo no siempre es un mal final. No se arrepentía de haberse ido, nunca lo hizo. No se había rendido, sencillamente, una vez que sopesó los pros y los contras de continuar con esa batalla que más la hacía llorar que sonreír, decidió que no valía la pena seguir intentándolo y se fue. Se cansó de luchar, sin más. Ahora, cuando de vez en cuando se encontraban y el paso del tiempo y de la vida ya dejaba marcas en ambos, se miraban a los ojos y sonreían. Cuando se escribían o se llamaban, el cariño que se tenían emergía con toda su fuerza. Se habían abandonado, sí, pero nunca olvidado. Ella seguía siendo su sirena y él, el marinero de cabello negro y preciosa sonrisa que la rescató.

Sacudió la cabeza, en un intento por volver a la realidad. Estaba allí de nuevo, sentada en su tocón de piedra a la orilla del mar, sin nada que perder, sin nada que ganar. Había vuelto más ligera de equipaje que cuando se fue, hacía ya tantos años. Más ligera y con cero expectativas.

Expectativas... La falta de ellas la hacía sentirse extrañamente tranquila, solo tenía que dejarse arrastrar por los días, uno tras otro, hasta que el último de ellos se la llevara al más allá. No tenía ya nada más que hacer, ni que sentir, nada por lo que luchar. Se había blindado ante la vida. A veces, cuando lo pensaba, se sentía triste, pero estaba convencida de que ya no había nada para ella. Ni aquí, en su tocón, ni en ningún otro lugar. Lo había perdido todo.

Se había vuelto a enamorar, años después de que su marinero le rompiera el corazón, y el resultado había sido el mismo: estaba sola, sentada a la orilla del mar, sin nada que perder, sin nada que ganar. Al parecer, los años no le habían enseñado nada o ella no había sabido aprender de las lecciones que le daba la vida. Amaba amar, amaba esa sensación de cosquilleo, de felicidad, esa sensación de ser indestructible cuando amaba de verdad, con todo su ser. Y eso solo lo conseguía cuando estaba con él.

Él… Que se fue renunciando a luchar por ella, por ellos, dándole a las lecciones de su vida la razón en lo esencial: nadie te amará jamás tanto como para quedarse a tu lado. Y él no había sido una excepción. Se habían ido todos y ella caminaba ahora de la mano de la soledad por esa playa de mar en calma, rugiendo por dentro en silencio, pidiéndole a todas horas que volviera sin pronunciar una sola palabra, rogándole que viniera a buscarla antes de que fuera demasiado tarde. Sabía que eso jamás sucedería, pero su amor la empujaba a esperarlo cada día, sobre su tocón, en el ocaso de sus días.

Bss. 

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15/05/26

Il tempo scompare (II)

A pesar de que no veía nada, caminó decidida hacia el lugar que ocupaba la puerta de entrada a su habitación; de sobra sabía dónde estaba, no necesitaba luz para eso. Alargó la mano para controlar la distancia que había entre ella y la pared y evitar darse un golpe indeseado. “Sólo me faltaba eso en este momento, ¡un golpe en la cabeza!”, pensó. Al llegar junto a la puerta, buscó a tientas la llave de la luz y, con un suave clic, la estancia se iluminó, haciendo que Ana guiñara los ojos. Sí, estaba en la puerta de su cuarto, “ufff, ¡menos mal!”. No recordaba nada de las horas anteriores, ni siquiera sabía qué hora era, aunque, a juzgar por la oscuridad, debía ser la madrugada, “…uhm, ¿del lunes?”.

Había pasado el fin de semana de viaje con unas amigas y llegado a casa el domingo, sobre las ocho de la tarde, en un taxi conducido por un rubio encerado con cara de sádico que no paraba de mirarla por el espejo retrovisor. Después de eso, nada… Oscuridad absoluta. Ni siquiera sabía cómo había entrado en casa y, por más que se esforzaba en recordar, lo único que conseguía era que el dolor de cabeza aumentara de intensidad. Suponía que el cansancio le habría nublado la memoria y las escasas horas de sueño del fin de semana le estaban pasando factura. A pesar de su malestar, sonrió al recordar algunos momentos de su viaje de fin de semana con dos de sus mejores amigas de la infancia. La verdad es que verlas siempre le daba energía, la recargaban de alegría y felicidad.

Mientras se recreaba en esos recuerdos, llegó al salón apoyada a cada paso en la pared del pasillo. Y fue entonces cuando todo su mundo se vino abajo.

A través de las rendijas de las persianas del salón, se colaban unos finos hilos de luz más que suficientes para darse cuenta de que, sentada en su sillón favorito, situado entre la ventana y el sofá, había una persona. No alcanzaba a distinguir nada más con tan escasa luz y a esa distancia, pero algo le decía que ese huésped, alojado en su sillón sin su permiso, no iba a traerle nada bueno.

--¿Hola?--lanzó al aire, no muy segura de querer obtener una respuesta--. He llamado a la policía, en breve estará aquí… Si se marcha ahora, diré que ha sido un error y que no había nadie, que me dejé llevar por una mala noche y demasiados ruidos que me hicieron ver algo que no era… ¿Estamos??--titubeó Ana, no demasiado segura de lo que estaba haciendo.

Silencio. La extraña figura ni se inmutó. Nada.

Ana decidió dar un par de pasos más para llegar hasta la llave de la luz del salón, situada junto a la puerta de la cocina, a su izquierda. Lo bueno, pensó, era que estaba más cerca de la puerta de casa que de aquella extraña silueta. Si tenía que salir corriendo, ganaría la puerta en tres zancadas y estaría llamando a casa de doña Luisa, su vecina, en menos de treinta segundos. Eso, si las fuerzas y esa extraña sensación que sentía se lo permitían.

Por fin, encendió la luz.

Ahogó un grito al tiempo que intentaba aguantar las náuseas que subían imparables hacia su garganta. Solo un vistazo le bastó para saber que su inesperado huésped estaba muerto y bien muerto. Desde el lugar en el que se encontraba podía distinguir, perfecta, una fina línea roja que se extendía de oreja a oreja del desconocido. Una enorme mancha de sangre invadía sin piedad el cuello de lo que había sido una impecable y elegante camisa blanca, rematada por una pajarita negra. El extraño estaba tirado sobre su viejo sillón, piernas y brazos extendidos casi en cruz. La cabeza reposaba sobre el respaldo, como si se hubiera inclinado hacia arriba para ver bien el techo de la estancia, motivo por el que la herida mortal que adornada aquel cuerpo se veía a la perfección desde donde estaba.

A Ana le llamó la atención el atuendo. Aquel hombre vestía un elegante esmoquin negro y unos bonitos zapatos de cordones, también negros, cuyo brillo llamaba la atención. Y, a excepción del ensangrentado cuello de la camisa, no se veía ni una sola mancha de sangre que indicara cómo había terminado en su casa.

Sacando fuerzas de flaqueza y sin tener aún muy claro lo que debía hacer (“no toques nada, nada de nada, ten cuidado”, se decía, “tienes un muerto en tu salón, a ver cómo sales de esta…”), se fue acercando despacio, de puntillas, como si no quisiera hacer ruido para no despertar al invitado que yacía inmóvil. Rio ante este pensamiento, aunque en ese momento se dio cuenta de que no era capaz de emitir sonido alguno. En su cabeza bullía un ruido infernal que se estaba viendo incapaz de reproducir en voz alta.

A escasos pasos de su meta, Ana se había fijado en algo que asomaba del bolsillo de la elegante chaqueta de su huésped. Al principio había pensado que era un pañuelo de esos que se ponen los hombres cuando van de etiqueta para ir aún más elegantes, pero, según se iba acercando, se dio cuenta de que no era eso. Con más tiento que miedo, estiró la mano derecha y lo sacó con suavidad. Era un pequeño sobre blanco salpicado de lunares rojos. Justo en el centro, una palabra: ANA. Con manos temblorosas, le dio la vuelta y lo abrió. Lo que de allí salió la dejó aún más muda que antes y, ahora sí, el miedo se apoderó de ella. En la tarjeta se podía leer “Il tempo scompare”. Cerraba el extraño mensaje en letras barrocas una flor de lis en color bronce dentro de un pentágono.

Su mente voló a años atrás, a aquellas sesiones con el preso Rubén, su paciente más interesante, y al día en que, tras haberse ganado su confianza sesión tras sesión durante casi dos años, él le relató las atroces muertes y castigos que había presenciado en el seno de la secta cuando se descubrían traiciones, intentos de fuga o cuando alguien se negaba a pagar los donativos que mantenían “a salvo” a los amigos de la secta en ese intercambio de fidelidad bien entendida. Recordó que Rubén le contó en una ocasión que, al salir de la cárcel, uno de los lunantes al que habían atrapado en un secuestro fallido, había tenido que pasar una prueba de lealtad para poder volver al redil de Los Hijos de la Luna. Con dureza, le contó cómo este hombre había recibido en casa una carta indicándole lo que debía hacer y una tarjetita con un nombre escrito igual que la que ella tenía ahora en sus manos. La prueba consistía en asesinar a sangre fría a la persona indicada en el sobre que no era otra que su hermano. Aun recordaba el temblor en la voz de Rubén al contárselo.

--Es lo peor que te puede pasar. Que te marquen el siguiente muerto, porque ya sabes que, si fallas, tú ocuparás su lugar. Nunca se sabe quién puede ser el siguiente, lo que sí le aseguro, doctora, es que todo el que se considera que sabe demasiado sobre ellos o pretende escapar, acaba muerto o desaparecido, que, para el caso, es lo mismo.

Un escalofrío recorrió a Ana de arriba a abajo. Algo se estaba abriendo paso en su cabeza e intuía que no le iba a gustar. Empezó a atar cabos. El desconocido muerto en su sillón, la tarjeta con su nombre y el mensaje de muerte anticipada que contenía; las sesiones en la cárcel con Rubén, todo lo que él le había contado con el paso del tiempo, su reticencia a contárselo durante mucho tiempo y el modo en que ella le fue creando la necesidad de contarlo todo para que se sintiera mejor y pudiera tener una vida normal al salir; las advertencias de su jefe en la prisión de que no le forzara y que lo dejara estar, todas las veces en que le dijo que era mejor no saber ciertas cosas, ni aun siendo solo para ayudar al preso. Y todas las veces en que ella se había negado a no hacer su trabajo como sabía hacerlo. Creía entender qué significaba todo aquello, ahora solo le faltaba saber quién lo haría. Si aquel forastero era el portador de la carta y su asesino y estaba muerto, ¿qué iba a pasar ahora?

Oyó demasiado tarde el suave roce de unos pies sobre la alfombra del salón. Cuando se giró ya lo tenía encima. Con la mirada encendida, el taxista rubio encerado con cara de sádico que la había conducido hasta casa a su vuelta del fin de semana se abalanzó sobre Ana con una jeringuilla en alto, dispuesto a clavársela donde pudiera en el menor tiempo posible. Ella apenas pudo levantar el brazo para defenderse del ataque y justo ahí fue donde aquel hombre le clavó la aguja. Notó como las fuerzas la iban abandonando poco a poco, pero no perdió el sentido. Era la misma sensación que había sentido un rato antes al despertarse. Intuyó que el fiero taxista había aprovechado el momento de acercarle la maleta a la puerta del edificio para drogarla y subir con ella hasta casa. Qué fácil, la verdad…

De pie frente a ella, el rubio encerado transformó su cara desde la ferocidad y la rabia de hacía tan solo unos segundos a la tristeza y agonía más absolutos, mientras la acomodaba en el sofá. Despacio, sin dejar de mirarla, se quitó la peluca que disfrazaba una cabeza rapada al cero y, enseguida, Ana supo quién era.

--Lo siento, doctora. Me hubiera gustado salir de aquel penal y poder vivir la vida que edificamos en mis sesiones, sin embargo, tan solo me dieron unos meses de libertad. Salí antes por buena conducta e intenté irme lo más lejos posible de la granja que arruinó mi vida, pero me encontraron. Me obligaron a volver con ellos y, estando allí, supe que había que silenciarla a causa de todas las cosas que yo le conté. Alguien de dentro del centro penitenciario sabía que yo le había confesado muchas cosas en las sesiones y no podían dejar que usted siguiera viva. Este figurín de aquí es uno de esos ricos malnacidos que tenían una deuda con los lunantes y fue el elegido para acabar con usted, yo solo tenía que facilitarle la labor. Lo que este despojo tenía en mente hacerle no era muy de mi agrado, así que decidí encargarme yo, cosa que no le gustó nada de nada y me vi obligado a acabar con él. Siento haberle tenido que traer aquí, no podía dejarlo en el taxi en este estado. Espero que entienda que, si no lo hago yo, lo hará otro y será peor. Nunca se acabará. Y lo mejor es que sea yo el que se ocupe de que su momento final sea, al menos dulce y sin dolor. Gracias por todo, doctora, ha sido usted mi guía durante muchos años, aunque ya no estuviera a mi lado. Jamás la olvidaré.

Rubén se acercó entonces a Ana y, con gesto de dolor, le besó la frente al tiempo que, con uno de los cojines del sofá, le tapaba la cara.

--Il tempo scompare, doctora.

Bss.

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25/04/26

Il tempo scompare (I)

Notó un pinchazo en la sien que le atravesaba de parte a parte la cabeza. Intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondía a esas sencillas órdenes con la celeridad habitual. Se dejó caer de nuevo e intentó acompasar la respiración tratando de relajar un poco sus músculos y moverse. Inspiró, expiró y, muy despacio, abrió los ojos para encontrarse con la más absoluta oscuridad. El tambor que tenía dentro de su cabeza no dejaba de retumbar y se encontraba algo mareada. Aun así, consiguió sobreponerse al malestar que sentía y, con cuidado de no caerse, se levantó de la cama.

***

Ana había nacido en el seno de una familia feliz. Era única hija y, como tal, siempre tuvo los mimos y atenciones de unos padres y unos abuelos que se deshacían cada vez que ella los miraba con esos ojazos negros que reinaban en una preciosa cara redonda y blanca, rematada por unos labios suaves y rosas que casi siempre sonreían. Como sucede a veces con las familias felices, los padres de Ana tuvieron una muerte más temprana que digna y, con tan sólo dieciséis años, la dejaron en manos de sus orgullosos abuelos. Por aquel entonces aún los tenía a todos, a los cuatro, pero el paso de los años y la avanzada edad de estos hicieron que acabara viviendo con su abuela Lucía en un precioso y acogedor pisito que esta tenía en una céntrica calle de Granada. La calle Sol hacía justicia a su nombre y, en verano, era casi imposible respirar allí dentro si no se tenían las persianas bien echadas y el aire acondicionado a tope. Aquella ciudad la conquistó el mismo día en que puso los pies en ella, siendo aún una adolescente. Sus calles empedradas, sus monumentos, el bullicio constante de visitantes y habitantes, exposiciones, museos, conciertos a la luz de la luna, … Allí la historia se respiraba en cada esquina, en cada adoquín, en cada árbol centenario, en cada plaza escondida, … Y eso, a Ana, siempre le dio la vida.

Acabó su carrera de Psicología en la Universidad de Valencia y un par de años después se fue a vivir con Lucía, su carismática abuela. “Es tremenda”, decía siempre a sus amigas cuando les hablaba de ella. Y solo con ese adjetivo estaba todo dicho.

***

Cuando se trasladó a Granada desde Valencia ya contaba con casi veinticinco años. Fue un verano infernal el que la recibió para empezar a trabajar en el Centro Penitenciario de Albolote con una beca de tres años que le daba acceso a su primer empleo serio como psicoterapeuta. Allí, entre esos muros y siempre rodeada de barrotes y hombres desesperanzados, con grandes y graves problemas, aprendió que lo mejor para su futuro profesional y personal, era mantener siempre la cabeza fría y el corazón a buen recaudo para poder ayudarles de la mejor manera posible.

Conoció, durante sus primeros meses de trabajo en esa cárcel, a algunos internos dóciles, otros menos dóciles y algunos, los menos gracias a Dios, iracundos, agresivos y alejados de todo lo bueno que el mundo les pudiera ofrecer. Fue en una de las sesiones de terapia conductual con uno de estos internos cuando se le presentó el caso más llamativo que tuvo hasta la fecha.

El preso, Rubén, había sido víctima, inconsciente primero y ejecutor voluntario después, de una serie de desapariciones y un asesinato, orquestados todos ellos por una secta que se hacía llamar Los Hijos de la Luna. Los integrantes más antiguos de la secta, según supo más tarde Ana, eran los encargados de captar adeptos, mejor cuanto más jóvenes, pero siempre teniendo cuidado de que los pobres desgraciados que acababan viviendo en aquella granja fuesen mayores de edad. Aquello no era más que la punta del iceberg y, tras esa apariencia de secta destartalada y desorganizada que introducía a sus integrantes en el mundo de las drogas, la prostitución y la corrosión más absoluta del ser humano cuando no está en su sano juicio había todo un entramado de tráfico de personas a escala internacional, según se demostró en el juicio en el que Rubén, junto con otros seis miembros, fue condenado a una pena de quince años. “Pena es la de los pobres padres y familias de los desaparecidos y la asesinada…”, pensaba Ana, “…y no esto”.

Las desapariciones quedaron en eso, ya que jamás se supo dónde habían estado o qué les había sucedido a esos pobres infelices que un día salieron de casa y nunca encontraron el camino de vuelta. Las conjeturas llevaban hacia un único lugar y un único veredicto: Los Hijos de la Luna los habían adentrado en su mundo sectario, falto de cordura y lucidez, y habían acabado vendidos, trasladados a otras granjas, o muertos y enterrados en algún sitio al que la policía no había sido capaz de llegar.

En una de esas sesiones con Rubén, que gracias a la medicación y a los siete años que ya llevaba en el centro sometido a terapia, había evolucionado bastante y se mostraba cada vez más comunicativo, este le contó cómo amenazaban a sus víctimas de chantaje, casi siempre personas de clase alta y con mucho que perder si salían a la luz sus prácticas. Si el sujeto se negaba a desembolsar el “donativo” exigido por los maestros de la secta como “gratificación” por su silencio y discreción, recibía, tiempo después, una tarjeta dentro de un sobre en la que se podía leer “Il tempo scompare” (algo así como “el tiempo se esfuma”), escrito en estilizadas letras barrocas. Remataba la comunicación el dibujo de una flor de lis dentro de un pentágono dorado. Todo muy macabro y estudiado para ser una simple secta de granja…

Todo esto se lo contaba Rubén con ojos nostálgicos, como si aún sintiera el deseo y la necesidad de formar parte de ese mundo oscuro y perturbador que había sido el suyo durante muchos años. Era cierto que la mirada le seguía brillando cuando rememoraba ciertos episodios de esa vida que un día fue la suya, pero Ana estaba convencida de que el deseo de hacer el mal que había protagonizado casi la mitad de la existencia de Rubén ya no tenía cabida entre esos barrotes oxidados.

***

Un año después de su llegada a Granada, su abuela falleció durante un sueño feliz que la llevó a los brazos de su anhelado Francisco, el amor de su vida, dejando a Ana triste y sola en aquel pisito de la calle Sol. La parte menos mala del asunto fue la herencia. El pisito y la cuenta corriente de Lucía pasaron a engrosar sus ahorros y, tan solo un par de años después pudo por fin realizar la reforma que tanto deseaba. El resultado fue espectacular. Cada día que pasaba se sentía más y más cómoda, más feliz; aquel piso era ahora su hogar y ella lo había creado. Por primera vez en su vida había conseguido crear ella sola algo que deseaba. “Sí”, pensaba a menudo sentada en su viejo sillón, “sola, pero feliz”.

Hasta hoy…

Continuará...

Bss.

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11/04/26


Me enamoré de ti la segunda vez que te vi...
 
Nunca he creído en el amor a primera vista, será por eso que esperé a ese segundo encuentro para darme cuenta de que no podía dejar de mirarte, de escucharte, de pensarte,...
 
Nunca he creído en las segundas oportunidades, será por eso que cuando se me presentó, decidí no hacerle caso y dejarla pasar. Pero la realidad es siempre más fuerte que cualquier fantasía y la tercera vez que te vi ya era tarde, no había ya vuelta atrás.
 
Me enamoré de ti la segunda vez que me miraste. Tus ojos, profundos como el mar, se clavaron en mi alma abriendo tras de sí el camino de desesperanza por el que ando perdida desde entonces.

Me enamoré de ti la segunda vez que te soñé. Tus brazos rodeaban mi cuerpo, fuertes, firmes. Tus labios besaban mis labios, suaves, enamorados. Mi cuerpo se abandonaba al tuyo con la seguridad de estar donde anhelaba estar, seguro, tranquilo.
 
Me enamoré de ti la segunda vez que tu mirada me dijo que tú también sentías lo mismo.
 
Bss.

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14/03/26

Casi...

Me he sentado muchas veces delante de mi página en blanco para escribirte algo que no suene a una despedida, porque te aseguro que para mí jamás habrá nada que me haga decirte adiós para siempre, pero sí quería enviarte hoy algunas líneas en las que te dijera algo que no te haya dicho ya antes. Y no he encontrado nada en mi corazón ni en mi cabeza que no te haya dicho ya. 

Sentada en la mesa de mi cocina, con Ed Sheeran de fondo y contigo impregnando todo mi ser, solo tiemblo. De miedo, de angustia, de pena... También de amor, de pasión y de ternura por ti. Has sido, eres y serás lo mejor de mi vida, y me niego a aceptar que este es el final por muchos kilómetros que me separen de ti, de tus ojos, de tu sonrisa, del sonido de tu voz, de tus besos y abrazos, de esos momentos maravillosos que hemos compartido. Me niego, no puede haber un final así para un amor tan puro y excepcional como es el nuestro. Porque hemos sido excepcionales en lo nuestro, juntos o separados. Hemos saltado obstáculos y derribado muros, nos hemos superado cada día por ofrecernos algo parecido a una vida juntos. Y casi lo conseguimos. Casi... 

Repaso la cantidad de veces que me has pedido que no me rinda, que sea valiente, que siga adelante y camine siempre hacia mi objetivo, sin perderlo de vista, y eso he hecho durante todos estos años, eso hago ahora. No me rindo, nunca lo haré, porque eres el amor de mi vida, mi futuro, mi lugar seguro, mi mitad perfecta. Y lo eres desde siempre. No existe en este mundo nadie más perfecto que tú para mi historia de amor, en todos los sentidos. Si cierro los ojos, ahí estás; si extiendo la mano, la tuya la coge; si lloro, me consuelas; si caigo, tú me levantas. Eres mi vida, estando o sin estar. Lo eres todo para mí. Pero eso ya lo sabes.

Ahora me pides que siga caminando sin ti, que no mire atrás y que me construya una nueva vida teniendo tu ausencia como protagonista. Y no puedo. Sé que es una situación excepcional, como lo nuestro (¿recuerdas?), y que, si antes era la incertidumbre lo que nos marcaba muchos días, ahora la calificas de imposible por muchas cosas. Pero, ¿cuántas veces me has dicho que no hay nada imposible? Entiendo tus argumentos, de veras que sí, y los respeto, porque tus motivos para dejarme ahora son grandes motivos, los más grandes que hay, e intentaré darte el espacio que me pides para que puedas vivir la vida que has elegido de la mejor manera posible. Espero conseguirlo, aunque no es lo que quiero.

De todos los golpes que llevo recibiendo estos últimos meses, este es el más grande, el más fuerte, el golpe mortal que me deja sin fuerzas y sin aliento, el que me impide respirar. Pero, ¿para qué intentar respirar cuando mi vida ha perdido lo único que le daba algo de sentido? 

Hemos construido nuestro mundo a medida para nosotros, para nuestros tiempos y espacios. Y creo que lo hemos conseguido. Lo hemos llenado de amor, de comprensión, de generosidad, de sacrificio, pasión, lujuria y mucho cariño. No nos ha faltado ni un solo ingrediente para alimentar una historia que nos ha llenado como nada en este mundo y nos ha hecho muy felices. Y si cierras los ojos, si llevas tu mente hacia este lugar, te darás cuenta de que es algo único, algo maravilloso que hemos hecho juntos y que nunca se repetirá, porque las buenas historias, las historias que te encogen el corazón y hacen que tus ojos se humedezcan, las historias que crecen desde el corazón, que se alimentan con ternura, tesón y paciencia, son únicas. Como la nuestra, que nació casi sin darnos cuenta y poco a poco la hemos convertido en la más bella historia de amor jamás contada. Casi...

He intentado enumerar lo que nos ha faltado para llegar a ese gran final, el que los dos merecemos, pero he desistido. No me va a llevar a ninguna parte, no si tú no quieres seguir construyendo este mundo a mi lado. Sé que no te rindes, que no me abandonas, aunque la sensación para mí sea la misma, porque mañana miraré a mi alrededor y ya no estarás, te habrás ido, me habrás dejado para siempre y mi vida ya no tendrá ningún sentido, ningún objetivo. No te tendré para poder hacerte feliz, cuidarte, mimarte, consolarte, ... Y estaré vacía. No voy a volver a decirte lo mucho que te amo, ni que nadie te ha amado como yo lo hago. No voy a volver a decirte que nunca en la vida me he sentido tan cuidada y amada por nadie como por ti, ni que los momentos contigo han sido los más felices de mi vida, los más hermosos. No serviría para nada y no creo que mi corazón pueda soportar mucho más dolor, más tristeza. Solo te diré que todo esto, lo que sentimos cuando nos pensamos, cuando nos recordamos, merece la pena, y que viviría mil años así sin dudarlo si me dijeras que vas a quedarte a mi lado. No habría para mí una vida más feliz. Pero eso ya lo sabes.

No encuentro el modo de cerrar estas líneas que me contienen a mí entera... ¿Cómo se dice adiós cuando no es lo que queremos decir? Creo que un "te voy a echar de menos" o un "siempre te amaré" no estarían hoy a la altura, así que simplemente te diré que jamás un "muchosiempre" ha sido tan infinito como el de hoy.

Pasa el tiempo y te echo más de menos...

Bss.



30/06/24

Solo sentir...


Durante toda mi vida, como muchos de vosotros, he buscado la felicidad. Me fascina ese sentimiento tan perseguido, por mí la primera, y tan fugaz que, cuando lo experimentamos, no lo valoramos con la suficiente fuerza y lo único que deseamos es sentirlo más y durante más tiempo. Siempre más…

Dicen de ella que es maravillosa, que quien la siente no deja de sonreír, de cantar y de reír. Es como vivir en una película musical de los años cincuenta en la que todos los protagonistas miran al cielo mientras cantan extasiados, ataviados con exquisitos trajes, haciendo ojitos a sus acompañantes en una rueda interminable de placer sin paragón. Claro que, ¿hay alguien que viva constantemente en semejante escenario?

Durante estos últimos días, he pensado mucho en ello, en si soy o no feliz y en si quiero o no sentir algo diferente a lo que siento. Después de mucho reflexionar, me he dado cuenta de que no, no soy feliz en casi ningún momento del día, a excepción de algunos momentos aislados y alguna pequeña pildorita de placer que me permito de vez en cuando. Por tanto, llego a la irremediable conclusión de que la felicidad solo existe en minidosis y en microescenarios y es en extremo complicado dar con ella porque nunca dejamos que nos invada del todo, pensando siempre como estamos en el futuro próximo, o lejano a veces, sin disfrutar del presente que se nos brinda y dejando pasar, por tanto, algún preciado momento de felicidad que se volatiliza sin darnos ni cuenta. Las ansias de un futuro pleno arruinan nuestro mejor presente, convirtiéndolo en una estación de paso a la que casi nunca prestamos la suficiente atención.

Felicidad…

Yo la he tenido en la punta de los dedos, la he dejado rozarme, incluso tocarme. La he sentido crecer dentro de mí, invadirme y, más tarde, alejarse sin mirar atrás. Hubo un tiempo en que incluso los pensamientos me provocaban unos minutos de felicidad, luego cesaron porque lo que necesitaba era sentir, no recordar, no pensar. Solo sentir… Poder tocarlo, poder mirarlo, saborearlo dentro y fuera de mí, como esa explosión de luz que lo invade todo en un día de fiesta. Esa era mi felicidad ansiada, la que tuve y no supe disfrutar, la que me regaló la vida y yo, torpe, insensata y egoísta, sacrifiqué con solo una palabra.

Y, como siempre en estos casos, solo supe qué era ser feliz cuando lo perdí y ya no me quedó nada.

Besos.

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09/12/23

Querido diario: ... Quizá sea mi momento o quizá sea solo un momento más ...

Querido diario:

Soñaba con reencontrarme contigo, siento no haber tenido la fuerza suficiente para hacerlo antes. Si miro la fecha de la última vez que escribí en tus páginas, estoy segura que me sorprenderé. Pero no quiero hablar de eso, ya sé que la pereza siempre ha sido mi punto débil a la hora de escribir. Y no por falta de ideas o de inspiración, a veces la falta de motivación basta para que no hagamos lo que debemos hacer. Nunca he considerado esto de escribir como un trabajo, la verdad es que nunca lo fue para mí, pero siempre me ha faltado compromiso con la escritura, a pesar de lo muchísimo que me ha gustado siempre crear historias e imaginarme en ellas, llenar horas y hojas inventando otras vidas o encontrándome con la mía a pecho descubierto. Igual ha llegado el momento de tomarlo más en serio. Quizá sea mi momento o quizá sea solo un momento más, quién sabe…

Hoy quería contarte que desde hace unas semanas, por aquello de reforzar el momento creativo (jajajajjaajjaja), soy alumna de un taller de la Escuela de Escritores. A ver, suena mejor de lo que es, pero bueno, me sirve para sentarme a trabajar (esta parte sí que es un trabajo) y, gracias a ello, estoy creando nuevos relatos. Vamos por el cuarto que, por cierto, tengo que empezar sin falta si no quiero incumplir el plazo de entrega, cosa que no me gustaría que pasara. El curso no está mal, le falta agilidad en la presentación de contenidos y tenemos poca comunicación con la profe, no por culpa de ella, sino por la forma en la que está estructurado, pero bueno, seis relatos en tres meses es mucho más de lo que seguramente escribiría por libre. He aprendido cosas que no sabía y que no me había parado a pensar a la hora de escribir; a mejorar otras que no me había parado a analizar y a darle algo más de vida a mis escritos y a mis protagonistas, a los que estoy mimando todo lo que puedo y haciéndolos formar parte de mí. Es alucinante cómo pueden llegar a apoderarse de tu mente esos seres irreales. Dotar de vida, amor, esperanza, dolor, tristeza, … a tus personajes, te da un poder que solo se consigue con la escritura. Moldear la historia y dejarla ir para ver a dónde nos lleva; verla crearse, realizarse. Es un proceso increíble.

Las correcciones por parte de Clara, la profe y escritora gallega, están siendo bastante enriquecedoras y, en ocasiones, duras. ¡Algún enfado he pillado después de que me recortara frases y párrafos que para mí eran maravillosos! Pero, ¿a quién le gusta ver cómo sus textos son podados sin piedad? Como ella dice, a ninguno nos gusta tener que corregir nuestros textos, pero hay que hacerlo y, a veces, el quitar contenido hace que el texto gane en calidad. Eso también lo estoy aprendiendo poco a poco. Un día de estos, cuando decida qué hacer con las nuevas creaciones, puede que suba alguna al blog. Pero antes debo decidir si los guardo para algún concurso, ya que, de ser así, tienen que ser inéditos y no publicados en ningún sitio. Es posible que el primero sea carne de concurso. Me encanta. Un relato algo gore, como me dicen los que lo han leído. Se fue armando solo y me obsesioné tanto que creo que al final salió algo bastante bueno, teniendo en cuenta que la autora soy yo… Ya te iré contando más cosas, a ver en qué acaba el taller …

Por lo demás, poco que contar. Está siendo un año muy largo, muy triste y muy trabajoso. Sí, creo que esa palabra se ajusta bien a lo cansados que me resultan los días. Hay algunos que parecen no tener fin, minutos que parecen horas y horas que son como un bloque de piedra que no se mueve. Así son a veces las agujas de mi reloj… Lentas, pesadas, desesperantes. Y, la verdad, es que a veces me pregunto para qué narices quiero que avancen las puñeteras horas si no voy a ningún otro sitio que no sea otro día igual a este. El nuevo día no va a traerme nada especial, ni increíble, ni maravilloso. El nuevo día solo va a traerme una nueva arruga en mi frente y un pie más cerca del final. Nada extraordinario va a suceder mañana, aunque, bien mirado, quizá sea lo mejor. La ausencia de novedades puede ser buena en sí misma, ¿no? Quizá lo que quiero con ansia es que se acabe 2023, año impar, mal año, y llegue el próximo a ver qué tal se nos da. Hace mucho tiempo que el inicio del año dejó de tener ese sabor a nuevo de antaño, sobre todo en mi trabajo, y casi no nos damos ni cuenta de que hemos cerrado un ejercicio y abierto otro, ahogados en la tremenda presión que soportamos. Por eso no termino de saber exactamente para qué quiero que llegue. ¡Para cumplir los 48 que me van a caer no creo!! Bueno, supongo que será por la esperanza de una época mejor, sin sobresaltos y con algo de paz, con algo de sosiego y con un poco del amor que creo que me merezco y me falta. Es cierto que hay cosas que llenan tu corazón cuando suenan las doce campanadas en Nochevieja y la esperanza puede que sea la más importante de todas. Me aferraré a ella, a ver si entre las dos logramos algo de felicidad, ya que está claro que mi único deseo jamás se hará realidad.

Querido diario, cada vez que me reencuentro contigo me obligas a contarte cosas que me cortan la respiración y me ahuecan el alma, aunque puede que no sea por lo que te cuento, sino por lo que callo. Quién sabe …

Hace poco descubrí una canción de Bebe que se llama Ganamos que me hace llorar cada vez que la escucho. Tiene frases devastadoras. Hoy me despido de ti con algo de ella …

“ … Te escribo tanto porque no me despedí. Me quedo con tu amor y tu ternura …

No volveré a sentir igual, lo que tuvimos fue de una intensidad que pocos pueden comprender…

Te doy las gracias mi vida, porque mi vida siempre tendrá parte de ti … “.

Bss.

#blogperez #muchosiempre




04/12/23

La espera

 


No sabía qué hacer. 

Si escribirle le parecía del todo inapropiado dado el resultado del último encuentro, llamarla por teléfono o hacerle una visita le parecía aún peor. Aunque su corazón latía a mil por hora solo con pensar en ella, sabía que la última vez algo había levantado un muro entre ambos que ninguno de ellos iba a conseguir saltar a la primera. 

Todo se había complicado del modo más absurdo. Las palabras que cruzaron aquel día bailaron ante sus ojos sin comprender cómo había sido capaz de decir tantas cosas de ese modo tan indolente, tan odioso. Tenía que admitir que el que había pronunciado las palabras que más dolieron fue él, las que pusieron el punto final más doloroso a la más bella historia de amor jamás imaginada.

No vamos a volver a vernos, así evitaremos que pase nada más. Esa es mi decisión y tienes que respetarla”. 

Punto.

¡Tonto, tonto, más que tonto!”, se repetía apretando los puños con rabia contenida. 

Llevaba algo así como un par de semanas esperando que ella diera el primer paso, ese paso que abriera la puerta a la normalidad, ese paso que solo ella sabía dar con la dignidad y el amor que la caracterizaban. Pero algo le susurraba al oído que eso no iba a pasar. Sabía que ella luchaba contra ese impulso cada segundo desde aquel día, pero también sabía que, esta vez, ella haría todo lo posible por darle lo que le él le había pedido.

Hacía ya algún tiempo que ella le había dicho que respiraba por y para él, que lo amaba más que a nada en el mundo y que siempre lo esperaría, siempre. Estaba convencida de que el destino de ambos estaba escrito para que se cruzaran en el momento exacto en que lo hicieron. Y que la pasión y el deseo que ambos sentían con solo escuchar la voz del otro, con solo mirarse, hacía que tuviera más que claro que estaban hechos el uno para el otro. A pesar de todo. A pesar de la vida. Ella lo amaba de un modo increíble, incondicional, y, solo por ese motivo, sabía que haría todo lo posible por no ceder a lo que su corazón la empujaba a hacer a todas horas. Sabía que, incluso eso, lo hacía por él, para darle lo que él quería. A pesar de su dolor, a pesar de su amor.

Una lágrima resbalaba por su mejilla cuando se levantó de ese sofá lleno de recuerdos cuyo eje central era el cuerpo desnudo de ella, arropado bajo una vieja manta de cuadros durante las largas y frías tardes de invierno que compartieron. Sentía frío en el lugar más cálido que había existido. Sentía dolor en el lugar que más felicidad le había dado. Y el único motivo para sentirse así era el vacío que sentía en su interior desde aquel día. Ausencia de vida, ausencia de felicidad, ausencia de ella. La necesitaba y lo sabía. Ella lo esperaba, eso también lo sabía.

Encendió un cigarrillo al tiempo que se asomaba a la ventana. Desde allí veía el mar, sereno, tranquilo.  Desde allí la vio a ella, hermosa, preciosa.

Bss.

#blogperez #muchosiempre

12/11/23

Los pasos

Con las manos firmemente apoyadas en su cintura, daba vueltas por la habitación. Su cara reflejaba el profundo momento de reflexión en el que se había sumergido. Había decidido solucionar aquello y solucionarlo ya. Debía meditar sobre el siguiente paso a seguir, pero dudaba entre las posibles soluciones que su mente le presentaba. El corazón había quedado fuera de esta reunión, no era bienvenido hoy. Se detuvo frente al espejo que colgaba solitario de una de las paredes de la estancia y miró su reflejo. Vaqueros desgastados, botines marrones de tacón alto, camisa blanca. Casi perfecta. Sólo le faltaba sonreír un poco.

Bien. Los pasos.

Mientras seguía moviéndose despacio enumeró las opciones:

1- Esperar.
2- El primero
3- El último.

Esperar… Vale, sentarse a esperar. ¿Sentarse a esperar??? A esperar, ¿qué?? ¿Un milagro? ¿Una señal? ¿Un gesto? ¿Una palabra? ¿Un cambio??? ¡Sentarse a esperar! De todas las barbaridades, por no decir otra cosa, que jamás se le habían ocurrido, esta era de las más gordas. Nunca en su vida se había sentado a esperar nada, siempre había actuado, siempre. Con decisión, con energía, con miedo muchas veces,… Aun cuando sabía que debía esperar y no hacer nada, lo había hecho. Ella no sabía esperar, ella iba siempre a por lo que quería, a por lo que necesitaba, a por lo que pensaba que debía hacer. Por más dura que hubiera sido la decisión a tomar, los pasos a seguir, por más complicado que se le hubiera presentado el futuro, siempre había seguido, había sonreído ante la adversidad y había seguido. Había
luchado cada una de las batallas que la vida le había presentado, bastantes en su opinión, nunca había rehusado luchar a favor de sentarse a esperar. Nunca. Se había caído muchas veces por no esperar, pero siempre se había levantado y había buscado un nuevo camino que recorrer. Siempre.

¿Sentarse a esperar? No, descartado.

Se asomó a una de las ventanas de la habitación y se dejó caer en el alféizar. Estaba cansada. De pensar, de luchar, de sufrir,… No se lo merecía, estaba convencida de eso. Fuera llovía. Una lluvia cansina y plomiza que caía sobre la ciudad desde hacía días, le recordaba lo lejos que estaba de casa y, a veces, oía a su corazón preguntarle qué la mantenía allí aún. Hacía unos días la respuesta hubiera sido todo. Hoy la respuesta era nada.

El primero… El primer paso, claro. Dar el primer paso. Dar “otro” primer paso. Lo que la llevaba a la siguiente pregunta. ¿Para qué? ¿Hacia dónde? ¿Cuál era el objetivo de ese primer paso? ¿Un paso que la acercase o que la alejase? La opción correcta, sin ninguna duda, era la segunda. Alejarse lo más rápido posible, ése era el objetivo. Una huida hacia adelante como ya había hecho otras veces con éxito, aunque no sin dolor, no sin sacrificio. Pero con éxito. Esta opción tenía un gran inconveniente. Para que resultara, era imprescindible ignorar sus sentimientos, convertirse en esa persona fría y calculadora que alguna vez fue y dejar de sentir el calor que le producía recordar ciertas cosas de un pasado no muy lejano del que ahora decidía alejarse. O no… 

“El primer paso se complica”, pensó. 

Estaba claro que la finalidad de esta meditación era decidir el paso que debía dar sin tardanza si no quería romperse en mil pedazos, algo para lo que le quedaba nada y menos, dado su estado actual. Pero, ¿merecía la pena conseguirlo a costa de volver a ser esa persona orgullosa y firme, seria y desconfiada, que era antes? Ser cálida, acogedora, tierna, cariñosa,… no había funcionado. Se sentía bien con su “yo” actual, pero estaba sufriendo demasiado, tanto que las lágrimas se habían convertido en su más fiel acompañante de unos días sin ilusión y de unas noches sin descanso. No, no quería seguir así. Las pesadillas habían vuelto después de unas semanas ausentes y necesitaba que aquello acabase de algún modo. Se despertaba gritando y llorando con más frecuencia de la deseada y aquello debía terminar. Sólo debía decidir la dirección hacia la que encaminarse. Una vez lo tuviera claro, ya se encargaría ella de luchar por lo que quería sin descanso. 

Se separó de la ventana y se abrazó cruzando los brazos sobre su pecho, dejando que sus manos acariciaran sus hombros. Cerró los ojos; se estremeció. Inclinó la cabeza; suspiró. Recordó la principal premisa de la tarde: mantener al corazón fuera de esta habitación el tiempo necesario para decidir el paso decisivo que iba a dar, el que la llevaría a no sufrir más. O sí ... 

"Ufff, ¡qué complicado es todo esto! ¡Dios!"

Se recompuso. 

"Bien, vamos allá", se animó.

El último… El último paso. Nunca a lo largo de estos años había querido sentarse a reflexionar sobre esto porque sabía que en el momento que tomara una decisión en firme, la llevaría a cabo o, al menos, haría todo lo posible por conseguirlo. 

Decidir dar el último paso sería algo definitivo dependiendo del lugar hacia el que lo diera: hacia el antes o hacia el nunca más. Y debía tener claro que si se encaminaba hacia el antes, si decidía dar un último paso en un intento por recuperar lo perdido, las opciones de sufrir más aún se multiplicaban por mil, lo que no convertía este paso en el paso que necesitaba dar. En cambio, si se decidía por el paso hacia el nunca más, a pesar de perder el calor que tanto le gustaba, a pesar de verse en la obligación de volver a ser esa persona fría y orgullosa que conseguía todo lo que se proponía, dejaría de sentir, dejaría de sufrir. Su garganta se vería libre de ese nudo que la ahogaba cada día, su estómago no palpitaría de angustia a cada bocado, sus ojos se deshincharían y su corazón sería libre de nuevo. Todo eran “ventajas” con este último paso. Pero, ¿era eso lo que deseaba, lo que quería, lo que necesitaba? Estaba segura de que no lo era, porque él, el motivo de todo esto y de que su corazón latiera encogido, era la mitad perfecta de su "yo" imperfecto. Y eso lo complicaba todo aún más, lo que la hizo volver a pensar en el primer paso que tan rápidamente había descartado: esperar.

Se había detenido en medio de la habitación. Cuerpo erguido, piernas ligeramente abiertas... La camisa blanca se le había salido y ahora rodeaba suelta su cintura, sus caderas. Se mesó los cabellos deslizando sus dedos desde adelante hacia atrás, clavándolos en su cabeza en un intento por reaccionar. Su mente se había quedado en blanco.

De repente, sonrió dejando que sus hoyuelos hicieran una breve aparición en escena. La imagen de él acurrucado junto a ella, riendo y contándole mil batallas, acababa de aparecer nítida ante sus ojos, sustituyendo la incertidumbre por certeza. Aún así, se obligó a centrarse.

Las opciones estaban claras. Tres pasos a elegir, como en el menú de su restaurante favorito, ese al que iba con él cuando aún la quería y buscaba su compañía. Ése en el que siempre fue feliz.

Tres pasos a elegir ... 

Bss.

#blogperez #muchosiempre

01/11/23

Al amanecer


 Para ti ...

Desde un banco situado a escasos metros del lugar por el que ella pasaba, un hombre fumaba un cigarrillo, mientras pensaba en  lo guapa que estaba esa mañana

El repiqueteo de sus tacones retumbaba en las paredes de la estrecha callejuela que cada mañana recorría de camino al trabajo, mientras pensaba en sus cosas. Ella siempre bromeaba diciendo que tenía un mundo interior muy extenso y entretenido y algo le indicaba que, posiblemente, era cierto. Sabía que no había ni un solo momento del día en el que no tuviera algo rondándole por la cabeza. Aún no la conocía del todo, pero estaba seguro de que dentro de ese cuerpo había aún muchas cosas por descubrir, la mayoría de ellas, muy del gusto de él. Por lo que de ella sabía, era capaz de estar totalmente concentrada en lo que hacía, al tiempo que una idea tras otra, un pensamiento tras otro, se iban sucediendo en esa cabeza que no paraba.


La mujer caminaba con la tranquilidad que le daba el no saberse observada. Su paso, tranquilo, dejaba ver que se encontraba bien, relajada; incluso la cadencia de sus caderas al balancearse hacía pensar que era feliz. La sonrisa que vio asomar a sus labios le hizo imaginar que estaba pensando en él, en la última vez que hablaron, hacía ya un par de días. Aquel día, ambos habían decidido dar rienda suelta a sus pensamientos sobre el otro y, ambos, habían revelado al otro su deseo.

La calle, oscura y solitaria a esas horas, invitaba a un encuentro casual, sin palabras. Se puso en pie, apagó el cigarro con la punta de su zapato, metió las manos en los bolsillos del desgastado tejano que llevaba esa mañana y, despacio, se encaminó tras ella. Aceleró el paso. El sonido de las pisadas de ambos empezaba a fundirse en uno solo, cuando ella giró levemente la cabeza con la intención de mirar a su espalda. Pero no le dio tiempo. Él se abalanzó sobre ella desde atrás y la empujó contra la pared al tiempo que le susurraba al oído un “buenos días” que provocó que mil caballos corrieran desbocados desde su estómago hasta su corazón. Era él. Había venido a por ella. Intentó girarse para encararlo, pero él no la dejó. Con una violencia casi insoportable de deseo contenido, comenzó a besarle el cuello mientras sus manos, ávidas, recorrían cada centímetro de su suave piel y una pasión arrolladora invadía todo su ser hasta llevarlo al mayor de los éxtasis. Ella, atrapada, se dejaba hacer al tiempo que sentía cómo un temblor tras otro se apoderaba de su cuerpo, llevándola al mayor de los placeres que jamás hubiera sentido.

Al cabo de unos minutos, él la dejó girarse y la miró a los ojos. Fue entonces cuando la besó, con ternura, despacio, dejando que ella supiera que él estaba allí por ella, para ella. Ella recibió sus labios con anhelo, había soñado tantas veces con ese momento que temía no ser capaz de disfrutarlo, de saborearlo, pero él se encargó de que eso no fuera así. Fue un beso largo, un beso que envolvía sus cuerpos con la certeza de que nunca, estuvieran donde estuvieran, olvidarían aquel día, aquel momento, aquel rapto de locura, aquel beso.

Ella rozó suavemente la mejilla de él con sus labios y apoyó la cabeza sobre su pecho. Él la abrazó con ternura, asegurándole en silencio que siempre la recordaría bajo la naciente luz de cada amanecer.
Bss.
#blogperez #muchosiempre 
Entrada reeditada del original Sucedió al amanecer, dedicada también a mi muchosiempre.

20/10/23

El abuelo y la nieta (reeditado).

 Sin hacer ruido, entré.

Me senté junto a su cama en la bonita mecedora azul que le habíamos regalado en su último cumpleaños y que ella siempre llamaba "la sillita del abuelo". Allí, mirándola mientras dormía, no pude evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas.

"Tranquila", me dije, "deja de llorar. La vas a despertar".

Me limpié los ojos con el dorso de mi mano y me dejé caer sobre el respaldo de la "sillita del abuelo", mientras hacía un enorme esfuerzo por relajarme. Fue fácil. En ese cuarto se respiraba tranquilidad, felicidad. Se notaba, nada más entrar, que todo lo que allí había era puro, hermoso, sereno. Sólo se oía la respiración de la pequeña que, ajena a lo que sucedía a su alrededor, dormía plácidamente, mientras soñaba con angelitos. Con su angelito. Con el que iba a velar por ella todos los días del resto de su vida a partir de hoy.

Allí, sentada, recordé el día que ella llegó a nuestras vidas. Como todos los abuelos, imagino, pensamos que nuestros nietos son "lo más todo del mundo", pero es que ella lo era. 

Preciosa, redondita, suave.

Llegó anunciando su nacimiento con un llanto ensordecedor que vaticinaba su vitalidad. 

Tenía un precioso lunar marrón en el centro de su pequeña frente y, cuando nos sonrió, en sus mejillas asomaron dos preciosos hoyuelos que harían de su sonrisa la más bella del mundo.

Su abuelo la tomó en brazos horas después de haber nacido y, desde ese momento, su amor fue incondicional. La amaba con esa pasión que sólo un abuelo puede sentir por su primera nieta y ella le correspondía sin ninguna duda. Jamás hubo en el mundo dos seres que al mirarse demostraran más amor.

Él se sentaba en el porche de casa con ella en brazos cada día y le contaba toda clase de historias, de cuentos, ... Le contaba anécdotas de su padre, nuestro hijo; se inventaba mundos en los que ella era la reina y él su amigo más íntimo. La besaba, la acariciaba, la mecía y, claro, la malcriaba.

Los padres de la pequeña bebita tomaban esta relación con mucho respeto. "Nos encanta que se quieran tanto, están tan felices cuando están juntos...".

Y sí, así era, se les veía muy felices. Desde siempre, por siempre, para siempre.

Ella fue creciendo. Comenzó a andar, a hablar, a coger unas cosas y a pedir otras. Y su abuelo siempre a su lado.

"Ito", le decía abreviando mucho, mucho, el cariñoso término de "abuelito" que él se había empeñado en que ella le llamara, "¡ven!".

Y él iba. Allá donde ella lo llevara o donde ella quisiera ir.

Y los veíamos a través del ventanal de la enorme casa que compartíamos con sus padres, mientras ambos se alejaban de la mano, charlando sin parar, hacia el lugar que ella había elegido ese día para construir su reino por un rato.

Y, así, habían transcurrido los últimos cuatro años. Ella pedía, el abuelo le daba, los demás intentábamos sacarla un poquito cada día del mundo de fantasía que él había levantado alrededor de la nieta y, todos juntos, éramos muy felices por tener una familia con la que compartir tanta dicha.

Hasta hoy.

Él se durmió, sonriendo. Como cada día, sus últimos recuerdos fueron para las horas que esa tarde habían pasado juntos los dos, abuelo y nieta. Lo que ella había preguntado, lo que él le había explicado, el cuento que le contó mientras tomaban el sol en el jardín y cómo ella le había cogido la mano, acariciándole las arrugas que la llenaban.

"Esta niña va a ser muy lista, ya verás. Y es tan guapa que vamos a tener que echar a los pretendientes de casa de todos los que va a tener, jojojo", rio. "¡Ya verás!".

Y, mientras sonreía pensando en todo lo que la nieta le había hecho y dicho ese día, se durmió.

Para siempre.

Ella preguntará mañana, claro. Su mejor amigo ya no va a construir ningún mundo de fantasía para ella. Ya no la cogerá de la mano para ir a tomar el sol; no habrá un abuelo que le aplauda cada nueva palabra que aprenda, ni cada nuevo reto conseguido. No estará el día de su comunión, ni la verá graduarse. No la acompañará el día de su boda, ni podrá darle un beso en el hermoso lunar de su frente cuando sea madre por primera vez.

Ella preguntará mañana, claro. Y yo le diré que su "ito" ha ido al reino de los cielos a cuidar desde allí a la reina más bella. Le diré que, mientras dormía, le crecieron unas hermosas alas de ángel y que, volando, se fue al cielo para, desde allí, velar por nosotros.

Por siempre, para siempre.

Bss.

#blogperez #muchosiempre


14/10/23




Desde hacía muchos días, era la primera vez que sentía ese cosquilleo en la punta de los dedos que la impulsaba a escribir sin contención.
Deseaba hacerlo, quería hacerlo y, sin embargo, delante de la tan temida página en blanco, era incapaz de plasmar lo que su cabeza quería. ¿Sería miedo a enfrentarse con lo que su corazón palpitante sentía desde hacía semanas? Quizá, pensó, quizá…

Había días en los que las ansias que sentía de poder estar donde ni podía ni debía, no le eran fielmente correspondidas, lo que hacía que una rabia contenida le subiera, cada vez con más frecuencia, desde el estómago a su garganta, provocándole unas tremendas ganas de vomitar días tras día. Y no podía evitarlo. Lo había intentado. Lo intentaba cada segundo de cada minuto de cada hora y siempre había algo que la hacía volver al principio. Siempre. Cualquier excusa era buena para empezar de nuevo en ese círculo vicioso en el que su vida se había convertido, pero es que… Lo echaba tanto de menos… ¿Cómo no dejar que sus impulsos ganaran de nuevo la partida? Era fácil dejarse llevar, lo más fácil del mundo, sencillo y fácil… Sin embargo, tras una semana de estudiada distancia y contenido silencio, pensó que era una pena dejar que ganara el deseo que sentía de escuchar su voz, de verle, de mirarlo a los ojos, de sonreírle… Era una pena echar por tierra esos días de sufrimiento que había pasado y ¿superado? no sin esfuerzo. Aunque, bien mirado ahora, tampoco era para tanto. Simplemente, consistía en ir tachando los días del calendario de camino hacia el final de una condena. Su condena. 

Cada día, al levantarse, se decía que era fuerte, que podía hacerlo. Sin duda, podía terminar con aquello si se lo proponía. Nadie decía que fuese fácil, pero tampoco era imposible. La historia de la humanidad estaba llena de amores imposibles, de historias que llegaron a destiempo, de juegos creados por un destino que, en ocasiones, se tornaba traidor y gustaba de estrujar corazones heridos por la flecha envenenada de Cupido, corazones que habían muerto envueltos en lágrimas de amor. La historia de la humanidad estaba llena de amores indestructibles, inolvidables,... Como el que ambos compartían. Uno de esos que se viven una vez en la vida y que jamás se superan ni se olvidan. 

Sentada con la vista fija en el horizonte que se abría ante ella, sonrió mientras recordaba cómo él se atusaba el cabello negro y largo cuando le explicaba cualquier cosa mientras comían, cómo él le agradecía con la mirada la atención que ella le prestaba cuando le contaba cualquier cosa que le hubiera sucedido o que le preocupaba; sonrió al recordar el sonido de su risa, el brillo de su mirada, su bella sonrisa… El horizonte le recordaba que ahora había entre los dos una distancia difícil de recorrer, su historia había empezado y terminado. El destino había juzgado y ganado y ellos, meros jugadores torpes e inexpertos, habían perdido una partida condenada al fracaso desde el primer momento, aunque ambos, en algún momento, habían pensado que podían ganar… A ratos, durante esa época, los dos habían llegado a pensar que podrían superar sus vidas y ganar… Les gustaba imaginar que podrían vivir la vida que ansiaban, que podrían volver sus pasos hacia atrás y borrar las partes del camino recorrido que ambos preferían olvidar y construir un presente a su medida en el que pudieran ir cogidos de la mano, en el que él la agarrara y nunca, jamás, la soltara. Habían soñado una gran historia con un final a la altura de sus sentimientos, de sus deseos.

Pero la realidad, el odioso presente, era muy distinto, puesto que él realmente había pasado página, había decidido dejar que el destino ganara. Había dejado que su corazón se recompusiera tras la explosión. Había decidido dejarla atrás… No olvidarla, pero sí apartarla. Había decidido renunciar a ella, a la felicidad más absoluta, al amor que por ella sentía... Y ella se dolía por ello. Sabía que, para ella, él jamás desaparecería de sus pensamientos, de su corazón, de sus momentos… Sabía que viviría el resto de su vida acompañada de la presencia invisible de aquellos ojos, de aquella sonrisa, de aquellas manos que, quizá, en algún sueño infinito, volverían a acariciar su rostro. Por siempre, para siempre.

Encendió un cigarrillo y contempló la página en blanco que tenía ante ella.

Inspiró, expiró y comenzó a escribir...

Bss.

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03/10/23

 

He vuelto a soñar contigo esta noche…

Paseábamos nuestro amor mientras nuestros dedos se entrelazaban y el roce de nuestra piel despertaba un urgente deseo de calmar la sed de pasión que ambos sentíamos. Nos mirábamos, nos abrazábamos, nos saboreábamos… En cada mirada, nos prometíamos una vida juntos.

Y, mientras me besabas, desperté sola y herida en lo más profundo de mi ser…

Bss.

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02/10/23

La historia más vieja del mundo.

"...La historia más vieja del mundo
son dos manos entrelazadas,
dos miradas profundas,
dos bocas amarradas,
dos corazones latiendo…".




Bss.

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Una luna, una playa, ...

Una luna, una playa, ...

Si cerraba los ojos, aún podía verlo, sentirlo, … Una luna, una playa, unos brazos que la abrazaban, una boca que la besaba, u...

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