viernes, 10 de agosto de 2018

Ella, él y el mar.


La habitación se hallaba tenuemente iluminada por la bailarina luz de cuatro velas situadas bajo una pequeña ventana. El espacio, aunque pequeño, era acogedor. Desde la ventana, se podía ver la línea del horizonte marcada por un mar en calma cuyo azul se iba oscureciendo a medida que el Sol se ponía. Ella no quería nada más, en ese momento tenía todo lo que deseaba, el mar que tanto amaba y la inesperada compañía de él.

Él… Recordaba claramente el día en que lo vio por primera vez y supo, en ese mismo instante, que nada volvería a ser lo mismo para ella. Aquel día, se habían estado mirando el uno al otro desde la seguridad que les proporcionaba el estar rodeados de gente y, finalmente, cuando los presentaron, la mano de ella temblaba ligeramente al estrechar la de él. Su piel era cálida y su tacto, suave. Se sonrieron, se dijeron las típicas palabras de cortesía y se despidieron con la muda promesa marcada en sus miradas de volver a verse. Pronto.

Y ahora estaban allí. Ella, él y el mar, mudo testigo de un amor enfebrecido que hacía que los días tuvieran un color distinto.

Mientras sonaba Perfect, de Ed Sheeran, él la desnudó, despacio, mirándola a los ojos, absorbiendo cada parte de ella, memorizándola… No quería olvidar ninguno de esos segundos, no quería que al cerrar los ojos y volver a abrirlos ella ya no estuviera junto a él. La miraba en silencio con el deseo tanto tiempo contenido a punto de estallar, saboreando cada segundo  mientras sus labios se paseaban libres por la esbelta línea de su cuello. La suave piel que acariciaba sin cesar emitía destellos de bronce al reflejar la luz de las velas. Su cabello, oscuro y precioso, olía a rosas y a primavera y su cuerpo, caliente y loco de deseo, lo llamaba a gritos ejerciendo una atracción tal que era incapaz de negar. La urgencia del momento hacía que sus bocas chocaran con fuerza, así como las olas del mar explotan contra las rocas en un día de tormenta. No habría sabido decir qué era mejor con ella, si las largas horas de charla de las que disfrutaban a veces, el placer de tener sus labios pegados a los suyos o el saber que ella le amaba, a pesar de que jamás se lo había dicho. Quizás, esas tres cosas juntas, hacían que el tiempo que pasaban juntos fuese como minutos evaporados en esta extraña vorágine que habían hecho de sus vidas.

Ella le susurraba su nombre al oído mientras se amaban, como si a fuerza de repetirlo fuese a conseguir que aquel momento no acabara nunca y pudieran permanecer fundidos el uno en los brazos del otro por siempre jamás. Sus piernas enroscaban el cuerpo de él en un abrazo de pasión que les hizo estallar de placer al haber calmado el deseo que el uno sentía por el otro.

Allí, entre esas cuatro paredes, eran sólo ella y él, nada más había, nada más importaba. Y se amaban sin palabras mientras el mar los miraba.

Bss.



domingo, 1 de julio de 2018

Mi Payaya.


Artículo publicado en el "Libro de Verano de Águilas 2018".

Dedicado a mi abuela.



La pequeña tienda que regentaba estaba situada a escasos pasos de la Playa de Poniente, junto a La Posada, frente a la Plaza de Abastos del bonito y modesto pueblo de Águilas. Su especialidad, cariño y pasión en lo que hacía y, su plato fuerte de cada día, trabajo y más trabajo. En la puerta del establecimiento no había ningún cartel que anunciara su nombre o lo que se vendía, pero todo el mundo en Águilas sabía que allí se podía comprar comida y que la que había detrás de aquel mostrador metálico que brillaba cada mañana al reflejar el intenso sol que reinaba en el cielo de aquel rincón del Mediterráneo, era Apolonia, la mujer de Juan Pérez Sánchez, el mecánico que tenía su taller unas calles más abajo, en la Plaza Granero.

Ella, la tendera, era pequeña, como una muñeca de porcelana. Su cuerpo era delgado, su sonrisa, eterna y sincera, y su mirada, limpia y amable, te devolvía un reflejo grisáceo que alguno de sus hijos heredaría. De ella os podría contar muchas cosas, todas ellas buenas, cosas que quedaron para siempre encerradas en esas paredes llenas de estanterías una vez que su hijo Fernando, el heredero del comercio y mano derecha de Apolonia en su negocio, se trasladó a un comercio más grande y más céntrico, años después.

La cercanía del puerto pesquero y del Castillo de San Juan dotaba al comercio de Apolonia de una clientela la mar de variada. Nos contaba muchas veces cómo los pescadores venían cada semana a pesar en la vieja balanza la mercancía que traían, cómo le daban las largas notas con la compra que necesitaban llevar para embarcarse durante la semana y no pasar falta cuando estaban faenando. 

También os podría contar cómo el corazón de Apolonia no soportaba pensar que tal o cual familia pasaba “falta” y había días que regalaba más que vendía. Así, cuando se jubiló y cerró la tienda, la “libreta”, esa en la que se apuntaba lo que se fiaba, estaba llena de cuentas perdonadas que jamás fueron cobradas de muchos de los vecinos de la zona de Poniente. Esta era una práctica habitual en los comerciantes de la época: así se ayudaba a las familias que contaban sólo con un pequeño sueldo para alimentar a los hijos y se ocupaban de saldar sus deudas una vez al mes.

Apolonia era una mujer sencilla, madre de cuatro hijos, amante esposa y mejor persona. Y no lo digo yo, que soy su nieta, sino que, a lo largo de estos años, tras su trágica y dolorosa muerte, tan sólo unos meses antes de ser yo madre por primera vez, son muchas las personas que la recuerdan en Águilas con mucho cariño, con todo ese amor que ella regaló durante toda su vida. Si querías a alguien que te escuchara, acudías a ella, si necesitabas un favorcico, acudías a ella, si querías un hombro en el que apoyarte, acudías a ella. Y ella te recibía con esa sonrisa que te alegraba el día porque nunca se enfadaba, a pesar de que su vida tampoco era fácil ni divertida… Pero eso no importaba, Apolonia siempre tenía una palabra amable en los labios, siempre estaba ahí, detrás de su mostrador metálico, con esa sonrisa que aún hoy, casi diecinueve años después de su muerte, no he sido capaz de olvidar. Y eso me encanta.

Años después de que la “tienda vieja”, como nosotros la llamábamos para diferenciarla del comercio que mis padres abrieron años después, cerrara sus puertas, eran muchos los momentos que, tanto mi hermano como yo, pasábamos con ellos, con mis abuelos, con Juan y Apolonia, a la que en casa todos llamábamos “payaya”, apelativo cariñoso que mi primo el mayor le colocó cuando empezó a hablar y que todos fuimos adoptando según crecíamos. Todos y cada uno de esos momentos estuvieron protagonizados por esa sonrisa, esos ojos, esas manos,… Por ese amor que desprendía con sólo mirarte…

Y hoy, aquí, en este libro de recuerdos, hazañas, vivencias y experiencias en el que se ha convertido esta preciosa publicación que da el pistoletazo de salida al verano aguileño, enmarco mi particular homenaje a una mujer que no fue protagonista de nada, pero que lo fue todo para los suyos. A mi abuela Apolonia, a mi “Payaya”.

Porque no hay alegrías sin recuerdos, y mis recuerdos están llenos de ella.

Bss.


domingo, 22 de abril de 2018

El abuelo y la nieta.


Sin hacer ruido, entré.
Me senté junto a su cama en la bonita mecedora azul que le habíamos regalado en su último cumpleaños y que ella siempre llamaba "la sillita del abuelo". Allí, mirándola mientras dormía, no pude evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas.
"Tranquila", me dije, "deja de llorar. La vas a despertar".
Me limpié los ojos con el dorso de mi mano y me dejé caer sobre el respaldo de la "sillita del abuelo", mientras hacía un enorme esfuerzo por relajarme. Fue fácil. En ese cuarto se respiraba tranquilidad, felicidad. Se notaba, nada más entrar, que todo lo que allí había era puro, hermoso, sereno. Sólo se oía la respiración de la pequeña que, ajena a lo que sucedía a su alrededor, dormía plácidamente, mientras soñaba con angelitos. Con su angelito. Con el que iba a velar por ella todos los días del resto de su vida a partir de hoy.
Allí, sentada, recordé el día que ella llegó a nuestras vidas. Como todos los abuelos, imagino, pensamos que nuestros nietos son "lo más todo del mundo", pero es que ella lo era. Preciosa, redondita, suave.
Llegó anunciando su nacimiento con un llanto ensordecedor que vaticinaba su vitalidad. Tenía un precioso lunar marrón en el centro de su pequeña frente y, cuando nos sonrió, en sus mejillas asomaron dos preciosos hoyuelos que harían de su sonrisa la más bella del mundo.
Su abuelo la tomó en brazos horas después de haber nacido y, desde ese momento, su amor fue incondicional. La amaba con esa pasión que sólo un abuelo puede sentir por su primera nieta y ella le correspondía sin ninguna duda. Jamás hubo en el mundo dos seres que al mirarse demostraran más amor.
Él se sentaba en el porche de casa con ella en brazos cada día y le contaba toda clase de historias, de cuentos, ... Le contaba anécdotas de su padre, nuestro hijo; se inventaba mundos en los que ella era la reina y él su amigo más íntimo. La besaba, la acariciaba, la mecía y, claro, la malcriaba.
Los padres de la pequeña bebita tomaban esta relación con mucho respeto. "Nos encanta que se quieran tanto, están tan felices cuando están juntos...".
Y sí, así era, se les veía muy felices. Desde siempre, por siempre, para siempre.
Ella fue creciendo. Comenzó a andar, a hablar, a coger unas cosas y a pedir otras. Y su abuelo siempre a su lado.
"Ito", le decía abreviando mucho, mucho, el cariñoso término de "abuelito" que él se había empeñado en que ella le llamara, "¡ven!".
Y él iba. Allá donde ella lo llevara o donde ella quisiera ir.
Y los veíamos a través del ventanal de la enorme casa que compartíamos con sus padres, mientras ambos se alejaban de la mano, charlando sin parar, hacia el lugar que ella había elegido ese día para construir su reino por un rato.
Y, así, habían transcurrido los últimos cuatro años. Ella pedía, el abuelo le daba, los demás intentábamos sacarla un poquito cada día del mundo de fantasía que él había levantado alrededor de la nieta y, todos juntos, éramos muy felices por tener una familia con la que compartir tanta dicha.
Hasta hoy.
Él se durmió, sonriendo. Como cada día, sus últimos recuerdos fueron para las horas que esa tarde habían pasado juntos los dos, abuelo y nieta. Lo que ella había preguntado, lo que él le había explicado, el cuento que le contó mientras tomaban el sol en el jardín y cómo ella le había cogido la mano, acariciándole las arrugas que la llenaban.
"Esta niña va a ser muy lista, ya verás. Y es tan guapa que vamos a tener que echar a los pretendientes de casa de todos los que va a tener, jojojo", rio. "¡Ya verás!".
Y, mientras sonreía pensando en todo lo que la nieta le había hecho y dicho ese día, se durmió.
Para siempre.
Ella preguntará mañana, claro. Su mejor amigo ya no va a construir ningún mundo de fantasía para ella. Ya no la cogerá de la mano para ir a tomar el sol; no habrá un abuelo que le aplauda cada nueva palabra que aprenda, ni cada nuevo reto conseguido. No estará el día de su comunión, ni la verá graduarse. No la acompañará el día de su boda, ni podrá darle un beso en el hermoso lunar de su frente cuando sea madre por primera vez.
Ella preguntará mañana, claro. Y yo le diré que su "ito" ha ido al reino de los cielos a cuidar desde allí a la reina más bella. Le diré que, mientras dormía, le crecieron unas hermosas alas de ángel y que, volando, se fue al cielo para, desde allí, velar por nosotros.
Por siempre, para siempre.
Bss.


miércoles, 4 de abril de 2018

Querido diario:... no sería justo para las miles de cosas que me regala la vida...

Querido diario:

No puedo escribir, no soy capaz de ir más allá de un párrafo…

Me acuerdo de un post que escribí hace ya bastante tiempo, después de unas vacaciones de verano, que se llamaba “Delante de una página en blanco”. Era el aviso de que mis vacaciones terminaban y, por tanto, volvía a mi vida la rutina de escribir de nuevo con regularidad en el blog. Se iniciaba la temporada de concursos y, con ella, la lluvia de temas, ideas y todo lo demás que casi siempre me ha acompañado, libre en mi cabeza, surgiendo sin más ante la visión de algo o tras una conversación con alguien… Eso me llenaba mucho, lo recuerdo, no tenía la necesidad de hurgar demasiado para dar con algo sobre lo que escribir. De esa época nacieron muchos relatos, muy bonitos, emotivos, tristes o alegres… Pero ahora… No doy con ello. Y es cierto que noto la falta de eso, de esa parte de lo que ha sido mi vida casi tres años. Supongo que todo tiene su fin, aunque a mí no me gustaría que eso pasara. He estado a punto de cerrar este blog durante los últimos seis meses al menos tres veces, pero tampoco soy capaz de borrar de un plumazo lo que tanto tiempo, esfuerzo e ilusión me ha costado llenar.

Y me pregunto...

¿Falta de inspiración????? Es posible, sí…

¿Otras cosas en la cabeza? Seguro, también…

¿Demasiado inquieta o nerviosa para conseguir tener la paciencia suficiente para estar quieta delante de la pantalla? También…

¿Falta de interés? No, eso seguro que no, aunque es cierto que últimamente estoy volcada en otras cosas y noto esa falta de tiempo y tranquilidad.

¿El que no sea tan fácil como parecía al principio me ha desanimado? Bueno, es cierto que no es nada fácil, pero no me rindo casi nunca… No creo que sea eso.

¿Cansada, aburrida, desesperada, inactiva, desmotivada, sin inspiración, sin ganas, sin nada que decir? Tal vez todo eso junto…

Se me ocurren muchas más preguntas para las que quizá no tenga la respuesta adecuada, o correcta… Es cierto que escribir con un tema ya dado es mucho más fácil, es como ir a entrenar y que el profe de turno te cante los ejercicios que tienes que ir haciendo. Algo así, sí…, pero sentarse en frío… Eso ya es más difícil.

De todos modos, no voy a echarle la culpa de mi sequía literaria a la falta de inspiración o a la falta de un tema que me llame la atención. No sería justo para las miles de cosas que me regala la vida cada día.

He intentado muchas veces hacer eso de escribir sobre un objeto en concreto, uno nada más. Concentrarme en un jarrón, una mesa, un cuadro, una cara, unas manos (esto medio lo conseguí una vez)… Pero el resultado no ha sido en ningún caso digno de mención y mucho de menos de publicarse, ni aquí ni en ningún otro sitio. De hecho, hace un rato intenté concentrarme en el mar, en esa espesa capa de agua azulada que tanto me fascina y por la que muero cada vez que la recuerdo (o sea, cada día un rato). Y nada, no he sido capaz ni de acercarme a algo medianamente leíble. Es muy extraño y frustrante querer y no poder… Tener los medios, el lugar, la oportunidad, el deseo,… Y no poder…

¡Como tantas otras cosas en la vida!, diréis… 

Y con toda la razón del mundo, pero es que esto de escribir es, como casi todo en la vida, duro, difícil, sacrificado..., aunque después, cuando consigues el resultado perseguido, es muy gratificante. ¡Y yo quiero tener esa sensación de nuevo! Quiero sentir cómo las palabras se deslizan desde mi cabeza hasta las blancas páginas que se abren delante de mí, quiero ver cómo se forma esa historia en la que mi protagonista cobra vida, quiero ponerle el punto y final al cuento para leer una y otra vez esas líneas que han creado a un personaje de papel que seguro me enamora y consigue que me vuelen mariposas en el estómago. ¡Eso quiero!

Querido diario, voy a ponerme a ello... Como dice el refrán, "el que algo quiere, algo le cuesta" y tiene toda la razón. Desde enero he empezado al menos siete relatos, he intentado seguir con mi proyecto de novela y apenas he conseguido unas líneas medio decentes. Dicen que con trabajo, esfuerzo y perseverancia se llega a la meta casi siempre, así que... Quizá perdí de vista durante estos meses la meta de marras, el objetivo..., y dejé de luchar por él al no verlo. Será cuestión de enfocar de nuevo...

Bss.

lunes, 5 de febrero de 2018

Carnaval, siete días, ¡nada más! (Pregón del Carnaval de Águilas 2017).


Me contaron hace días

que desde el Castillo se veía

a la Pava de la Balsa bailando con alegría.

 

¿Qué será lo que la divierte?

Se preguntaba la gente.

 

Será que llegan ya, cantando y bailando,

por la calle Rey Carlos alborotando,

los personajes carnavaleros

con su magia y su salero.

 

Será que vienen a lo lejos,

con sus plumas y lentejuelas

y con ese baile de caderas,

que nos deja boquiabiertos,

Don Carnal y la Cuaresma,

camino de su batalla,

que el primero ha de ganar,

para llenar de luz y poder cantar:

Carnaval, Carnaval, siete días, ¡nada más!

 

Detrás asoma la Mussona, con ruido de caracolas,

viene despacio, tranquila, para no asustar a la gente.

 

Vestida de magia llega ya la Musa,

a la Plaza de España se acerca

para hacernos cantar y bailar

todo el día, ¡y mucho más!

 

Miro hacia abajo y os veo,

aguileños, aguileñas,

todos con pañoletas de vuestras peñas.

Gracias a vosotros podemos gritar,

sin temor a equivocarnos,

que somos el mejor Carnaval,

el Carnaval Internacional que lleva a Águilas

a ser conocida y nombrada ¡más allá de nuestro mar!

 

¡Aguileños! Demos hoy la bienvenida

a nuestro gran pregonero,

amante de la fiesta y el gozo,

divertido y elegante,

cuyos disfraces le sientan siempre

¡como un guante!

 

A él quiero darle las gracias,

por acompañarnos en nuestra gran noche.

¡Gracias, Arturo Valls, por venir a pregonar

este maravilloso Carnaval, el Carnaval de Águilas!

 

Con él a mi lado,

doy también la bienvenida

a todos los que este año

habéis decidido venir a comprobar

lo genial de nuestro Carnaval;

os animo a degustar, y con cuidado saborear,

nuestra cuerva, ¡qué manjar!

 

¡Aguileños, aguileñas!

¡Carnavaleros, carnavaleras!

Vamos todos, esta noche, a inaugurar

siete noches de fiesta, alegría y música.

Vamos todos a bailar, a Águilas iluminar

para llevar, un año más, el nombre

de nuestro Carnaval ¡hasta el infinito y más allá!

 

¡Viva el Carnaval de Águilas!

 

martes, 23 de enero de 2018

Sin título (V):... eran unos ojos que escuchaban, daban confianza y tranquilidad...


Unas finas arrugas se iban definiendo poco a poco en sus manos. Ella las miraba con frecuencia, eran su medio de trabajo, y le gustaba tenerlas bonitas. Siempre había pensado que ese momento en el que la tersa piel desapareciera de ellas nunca llegaría. Las había cuidado mucho, las mimaba constantemente como si de un pequeño bebé se tratara pero, indiscutiblemente, ese día había llegado para quedarse.

Sentada en la mesa de su despacho, permanecía quieta, concentrada en ellas, como tratando de averiguar cuándo su piel había pasado de ser suave y brillante a más áspera y arrugada. Suponía que la vanidad le había impedido ver cómo poco a poco la piel que las envolvía también había ido cumpliendo años y había ido adquiriendo ese aspecto de madurez que también su rostro presentaba. Sus dedos, largos y finos, tecleaban con firmeza cada una de las letras que le dictaba su cabeza sin titubear, sabían lo que tenían que hacer y lo hacían. La sombra solitaria de un anillo adornaba uno de sus dedos de la mano derecha, señal inequívoca de que en el pasado sus manos convivían con otras manos.

Suspiró mientras se levantaba tranquilamente del sillón que la abrazaba cada día mientras revivía esos años en los que nunca estuvo sola. Nunca se había parado a pensar si echaba de menos esas otras manos, si añoraba las caricias sobre su piel en las noches de insomnio o si, por el contrario, una vez que se fueron, nunca volvió a desearlas. Pensó en lo extraño que eso le resultaba. Tener y, de repente, no tener, sin haberse parado jamás a pensar en ello.

Se detuvo delante del espejo que adornaba una de las desnudas paredes de la estancia en la que se encontraba. Sus ojos castaños le devolvían la mirada, pensativos. Siempre habían sido unos ojos brillantes y profundos, atentos. Durante sus años de juventud, le decían que eran unos ojos que hablaban solos, que no hacían falta palabras para saber lo que sentían. Y era cierto. Aún ahora, con el paso del tiempo, eran unos ojos que escuchaban, daban confianza y tranquilidad. Y, aunque ya se veían envueltos en capas de años, estos no habían conseguido que perdiera un ápice de la belleza y la chispa de la juventud.

Sonrió. No sabía si con pena o no, pero lo hizo mientras pensaba cuántas cosas podía transmitir una sonrisa, su sonrisa. Habituada como estaba a tratar con desconocidos, sabía que era fundamental dar esa sensación de tranquilidad a su interlocutor. Sonreír en momentos de tensión o mientras le estaban contando algún problema, siempre daba esa calma necesaria para hacerlos continuar. Esa sonrisa decía “sigue hablando, no pasa nada, te escucho, te entiendo, estoy aquí para ti”. Y eso, lo sabía de sobra, valía su peso en oro.

Pero, ¿quién la escuchaba a ella? ¿Quién había allí para ella? Miró a su alrededor. Nadie, no había nadie allí para ella. Sólo silencio y soledad, sólo ella y un espejo que le devolvía una sonrisa reflejada en una mirada que acariciaba un futuro en calma y en silencio.
Bss.

jueves, 21 de diciembre de 2017

El mes de diciembre es como un embudo...


Esta mañana, camino del trabajo, y ante la perspectiva de un día de esos de uffff, pensaba que el mes de diciembre es como un embudo, ¿no os parece? Conforme va avanzando nos da la sensación de que vamos metiendo la cabeza por ese estrecho rabito. Nos va faltando el aire, lo vemos casi todo de color gris, necesitamos coger impulso para avanzar y sólo tenemos una idea fija en la mente: “ya queda poco para que acabe el año”. Todo esto, para terminar tomando las uvas y celebrar que llega el nuevo año, momento en el que, de nuevo, empezamos a avanzar por el embudo pero, esta vez, por su parte más ancha, esa que nos deja ver el horizonte del tiempo de un color más agradable y bonito, no hay límites para hacer nada (claro, tenemos todo el año por delante), cualquier cosa es posible y nada nos parece que vaya a ir mal. 
Aunque, en realidad, ¿qué cambia en nuestra vida al tomar las uvas el 31 de diciembre? ¿Hay algo que se solucione o mejore desde la noche fin de año a la mañana del 1 de enero?? Pues la verdad es que no. Lo único que cambia es nuestra perspectiva, es nuestro modo de ver las cosas.

Y como cada año, al ir llegando la Navidad, es históricamente fundamental sentarse a hacer el balance del año que acaba y pensar en cuáles son esas cosas tan maravillosas que queremos hacer, emprender, mejorar, experimentar,… durante el año que pronto empezará. Es entonces cuando nos damos cuenta de que cada año, aunque todo siga igual, es como un capítulo que se cierra al tomar las uvas y otro que se abre en el mismo instante en que las campanadas de media noche dejan de sonar. Y recitamos sin falta aquello de: “¡a ver cómo se da este año!”. ¿Cierto o falso? Yo creo que esto nos pasa a todos, sin excepción.

En resumen, nos pasamos doce meses participando en una carrera de fondo en cada uno de los ámbitos de la vida: el trabajo, la familia, las cosas de casa, los amigos,… En todo, vemos ese principio y ese fin que nos acompaña siempre. Y, aunque cada año resulte ser más corto que al anterior (debe ser que, por aquello de la edad, el tiempo parece pasar más deprisa), cuando las cosas no van del todo bien, siempre pensamos: “¡a ver si se acaba ya este maldito año!”. Y esto, amigos, es rotundamente cierto.

Bueno, pues dejando de lado el embudo y las ganas que todos tenemos cuando llega esta fecha de colgar el nuevo calendario en la nevera, también es la época de los reencuentros, las reuniones más entrañables del año, la vuelta a casa para muchos, es momento de recogimiento y reflexión… Siempre que va llegando esta fecha y me siento a escribir sobre mi año, el que acaba y el que empieza, me gusta sacar la balanza de los buenos y los malos momentos para medirlos y pesarlos, a ver cuál de ellos gana. Como mujer optimista que soy, la verdad es que me da igual si el lado que más pesa es el de los malos momentos. Siempre os digo que lo importante es que nos hayamos quedado con los buenos, aunque sean escasos; son los que nos hacen seguir adelante, los que nos dan fuerza, aunque también lo malo nos enseña y nos proporciona sabiduría para distinguir lo que debemos hacer de lo que no. Pero bueno, a mí me gusta quedarme con lo bueno.

La verdad es que este año, que ha sido muy intenso por muchas cosas, había decidido no sentarme a reflexionar, no quería sacar la balanza, ni pesar ni medir, ni saber qué había ganado, si lo bueno o si lo malo. No me apetecía darme de bruces con un resultado poco alentador, la verdad, pero luego pensé: “¿y qué más da?”. Así que, aquí estoy, sentada, reflexionando. 
En general ha sido un año duro, lleno de cambios, de sorpresas, un año con desengaños, con descubrimientos de esos que te cortan la respiración, pero también ha sido un año muy intenso en emociones, sensaciones, momentos… Ha sido un año de afianzar amistades y creencias, de abrir los ojos a algunas realidades que estaban algo ocultas y, sobre todo, ha sido un año bonito. He tenido el placer de conocer a gente nueva que comparte conmigo muchos momentos de mis días y que me hacen afianzarme en mi idea de que el mundo está lleno de gente estupenda que merece la pena conocer. He trabajado mucho, he disfrutado de mi familia, he visto a mis amigos algo menos de lo que me hubiera gustado, pero siguen estando ahí, donde los dejé hace ya casi cinco años, he reído, llorado, pataleado, gritado, bailado, disfrutado… Sigo cada día dando gracias a Dios por todo lo que compone mi vida, lo bueno y lo malo, lo alegre y lo triste, y sigo intentando ser feliz. ¿Qué más puedo pedir?

Como os decía al principio, el mes de diciembre es como un embudo, vale, pero por el pequeño agujerito que se ve al fondo siempre pasa algo de luz.

Feliz Navidad. Feliz 2018. Este año vamos a brindar, una vez más, por los años que nos quedan por vivir.

Bss.
 

 

 

Ella, él y el mar.

La habitación se hallaba tenuemente iluminada por la bailarina luz de cuatro velas situadas bajo una pequeña ventana. El espacio, aunque pe...