martes, 26 de mayo de 2015

Cuento. Parte 3.

La mañana del 19 de febrero de hacía dos años, Pablo se levantó como cada mañana, puso la cafetera, se duchó y, envuelto en su batín, se dirigió a la cocina a desayunar en compañía de Alicia. Era un ritual que mantenían desde hacía años, a pesar de que ella ya no tenía que levantarse para ir a trabajar. Hacía un año que había conseguido dejar su trabajo de toda la vida para dedicarse a escribir, su gran pasión, sin tener que lamentar demasiadas pérdidas económicas.

Alicia le esperaba sentada con su sonrisa de "buenos días", como siempre. Le preguntó, como cada día, si había dormido bien y qué planes tenía. Nada en su actitud le dio una pista para lo que encontraría, o no encontraría, al llegar a casa esa noche.

Nada. No había nada de ella cuando llegó a casa. Solamente había dejado la foto que adornaba una de las estanterías del salón en la que se les veía a los dos sonrientes y felices a orillas del Mediterráneo, en una de sus playas favoritas, durante las vacaciones del verano anterior.

Irracionalmente y llevado de la mano de la locura que le embargaba, pensó que la habían secuestrado. Llamó a la policía y le tomaron declaración. Le hicieron toda clase de preguntas y lo marearon hasta la saciedad; normal, en estos tiempos que corren no sería el primero que se deshacía de su pareja y se iba de rositas. Pero él sabía, al igual que se lo habían dado a entender, tanto los policías como todos sus amigos y conocidos, que Alicia se había marchado por su propio pie.

Durante al menos un mes estuvo en casa día y noche por si ella llamaba, por si llegaba una carta, por si volvía... Pasado ese tiempo, cuando Pablo comprendió que ella no iba a volver hasta que quisiera, se levantó, se duchó y salió a un nuevo mundo en el que estaba solo: el mundo sin Alicia. Hasta hoy...

Alicia se sentó en el sillón que quedaba justo enfrente de Pablo; sus miradas se cruzaron durante un interminable minuto en el que sólo se oían sus respiraciones agitadas, ansiosos, él de escuchar, ella de explicarse.

-¿Alguna vez, durante esa época, me preguntaste cómo estaba? ¿Cómo había pasado el día? ¿Cómo había dormido? ¿Te molestaste algún día en saber si me dolía la cabeza, si había comido, si me sentía satisfecha con mi nueva vida? ¿Cuántas veces, al llegar a casa, te molestaste en venir a darme un abrazo y comprobar que estaba bien? ¿Algún día me preguntaste si me apetecía salir a pasear, a tomar algo? ¿Sabes cómo es vivir día tras día esperando un gesto de amor, de ternura, de comprensión?
>>Cada nuevo día me levantaba a desayunar contigo con la esperanza de que ése sería el día en el que, al volver a casa, me abrazarías y me besarías con la ternura de antaño y me harías sentir importante. Cada día soñaba con que volverías a verme al mirarme y, sentados en nuestra sala, abriríamos una botella de vino mientras tú me preguntabas por mi día y yo por el tuyo.
>>Dos años estuve esperando, dos inútiles años que no sirvieron más que para afianzarme en la idea de que tenía que terminar con esto de una vez por todas. Pero cada vez que iba a decirte adiós, te miraba y me paralizaba el miedo... Miedo a vivir sin ti; miedo a levantarme cada día sin ver tu cara; miedo a ser una en lugar de dos; miedo a no saber caminar sola...
>>Hasta ese día... Una noche llegaste a casa tarde, muy tarde. Fue un par de noches antes de irme. Yo estaba preocupada, no me habías llamado en todo el día y no sabía nada de ti. Te esperé sentada aquí mismo, en este sillón, mirando hacia la puerta, esperando ansiosa, cuando oí el ruido de las llaves al abrir la puerta. Me levanté y fui a tu encuentro. "¿Sigues levantada?", me dijiste. "Estaba preocupada, es muy tarde. ¿Va todo bien?", "¿Preocupada por qué? Siempre estás igual. ¿No tienes nada más que hacer? Anda, vete a la cama, estarás cansada", me soltaste irritado.
>>Y ese día, en ese preciso momento, lo supe. Iba a marcharme, pero iba a hacerlo sin decirte adiós. Iba a hacer que cada uno de los días del resto de tu vida fueran un infierno; necesitaba saber que tu vida iba a convertirse en un calvario. Tendrías que vivir cada día preguntándote cómo estaría, dónde estaría, con quién estaría... Iba a devolverte cada uno de los desplantes que me hiciste durante esos años; haría que revivieras cada momento de nuestra vida juntos preguntándote en qué momento algo había ido mal y se te había pasado por alto. Cuando miraras a tu alrededor no habría nada de mí, solo un recuerdo de una felicidad remota que una vez compartimos.
>>Me fui a los dos días, con todo resuelto, tranquilamente, con la certeza de que estaba haciendo lo correcto, pero con el pesar de saber el dolor que ibas a sentir cuando por fin despertaras de tu letargo de monotonía que te había mantenido ciego durante mucho tiempo. Por que si hay algo que sé de ti, es que, a pesar de todo, me has amado como nunca amaste a nadie, sólo lo olvidaste durante un tiempo.
>>Y ahora estoy aquí para explicarte que me fui para poder ser feliz; necesitaba irme lejos de ti para sentirme viva, por que a tu lado ya no era nada.

Una lágrima surcaba la mejilla de Alicia cuando terminó de hablar. El silencio invadió la sala y ambos sintieron cómo el peso de la culpa que habían sentido todo ese tiempo se desvanecía liberándolos para siempre del profundo dolor que se había instalado en su corazón.

Pablo se levantó, despacio, sin decir nada, sin apartar su mirada de la de ella. Dejó el vaso sobre la mesa que tenía a su izquierda y se acercó despacio. Alicia lloraba, por fin, dejando salir esos sentimientos reprimidos con los que había convivido los últimos años. Él se arrodilló a su lado, le cogió las mano, las besó... Ella lo miró. Y con esa mirada se lo dijo todo. Había vuelto para quedarse con su permiso, si él quería. Y ya sabía que sí, lo había leído en la profundidad verde de los ojos de Pablo. 

Bss. 

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