martes, 17 de octubre de 2017

Sin título (III): ... era su lugar, su refugio, su cielo y su infierno...

El transcurrir de los años le había ayudado a ver el pasado con ojos más realistas, más certeros. Ya no pensaba que había sido el destino el que le había jugado una mala pasada, sino que había sido él el que un día decidió jugar con su suerte sin saber que la vida, a veces, se torna juguetona y nos hace ser marionetas en sus manos invisibles.
Sentado en el extremo de aquel espigón que un día guardó sus sueños, pensaba que tal vez la vida no había hecho más que jugar con él, aunque, bien mirado, nunca hubiera conocido a Isabel. No se habría deleitado mirando los hoyuelos que adornaban su bello rostro; sus dedos nunca se hubieran perdido en su pelo del color del mar embravecido, ni hubiera conocido nunca el amor de una sirena. Bien mirado, su vida no hubiera sido una vida extraordinaria si ella no hubiera estado junto a él.
Recordó con ternura cómo ella lo miraba cuando hacían el amor en la cubierta del viejo Laura, y cómo él le contaba mil historias de la mar mientras las olas mecían suavemente aquel bote que fue el testigo más fiel de su amor. Habían pasado más de sesenta años desde entonces y ya veía cómo llegaba el fin de sus días, sin ella asomando por el viejo peñón, que un día, le empujó a vivir la vida de marino que siempre quiso ser. Ése era su lugar, su refugio, su cielo y su infierno; allí iba cuando estaba alegre, cuando no podía seguir caminando, cuando el peso del amor extinguido por el paso del tiempo le curvaba la espalda y le impedía encarar el día a día. Sabía que le quedaba poco; quizá, con suerte, tres o cuatro años, pero ¿qué era la vida ya para él? Una sucesión de horas, minutos, segundos… Nada más que el paso lento de unas horas vacías que jamás volverían a ser nada sin su compañera, sin su Isabel.
Mientras daba vueltas al viejo bastón que su hija le había regalado en su último cumpleaños, veía cómo el Sol se iba poniendo sobre un Mediterráneo que más parecía un espejo que otra cosa. La brisa acariciaba las arrugas de un rostro que, en otro tiempo, había sido joven y bello. Con una media sonrisa, se dejó llevar a aquellos años de juventud, en los que todo era prisa por vivir, prisa por amar. Isabel vivía en el extremo de la calle que él recorría cada día para ir a los muelles. Cada mañana, ella se asomaba a la ventana para verlo pasar. Fernando era hermoso, fuerte, de piel morena y cabello aún más oscuro. Sus ojos, verdes como las profundidades del mar, la miraban sonrientes mientras su boca, más discreta, dudaba buscando algo que decirle. Ella, coqueta, se atusaba su larga melena negra como el azabache y lo miraba con esos bellos ojos marrones que hacían de su rostro el más bello e inolvidable de todos los que se dejaban ver por el pie del Castillo.
Ambos se conocían desde el día que nacieron, un once de noviembre, casualidades de la vida... Sus madres decidieron que ambos debían llegar juntos a este mundo y que sus vidas irían unidas por lazos invisibles hasta el fin de las mismas. Se pusieron de parto el mismo día y casi a la misma hora, porque Polonia, la madre de Fernando, esperó hasta la hora de cerrar el comercio que tenía junto a la plaza de abastos y que regentada con su marido. Ella era así, detallista con todos a más no poder, y no quería que ningún vecino pasara falta de nada si cerraban antes. El primero en nacer fue Fernando, y unos minutos después llegó al mundo la bella sirena que le robaría el corazón años después.
Desde ese momento, el destino rigió sus vidas y los fue encaminando el uno hacia el otro. Todo eran pequeños atisbos al doblar una esquina, un reflejo en una ventana, una mirada furtiva en la playa, cuando cada uno jugaba con sus amigos. El destino ganó la partida con un poco de ayuda de Polonia y Lola, las madres de los pequeños enamorados, que no hacían más que cotorrear en casa nombrando al otro a cada momento. Los padres de ambos se mantenían a una prudente distancia de este tema, no fuera a ser que les cayera a ellos el peso de la furia materna y asumían, cada uno a su modo, que tanto Isabel como Fernando, tenían decidido su futuro.
-He dicho que será así, y así será, decía Polonia una noche mientras fregaba los platos de la cena.
-Sí, mujer, así será, contestaba Juan, su marido, casi en susurro para no contrariarla demasiado.
Y sí, así fue. Un 1 de mayo, Fernando e Isabel se unieron en matrimonio para toda la vida con sus padres como testigos. Como banda sonora, el latido alegre de los corazones de ambos, que, desde ese momento, latían al unísono en el comienzo de una vida en común que ambos asumían como lo mejor que les había pasado nunca.
Fernando sonrió nostálgico al recordar aquellos años, esos días que ahora, llegando el ocaso de su vida, tanto añoraba y con tanta nitidez recordaba. Contó hasta tres para tomar impulso y levantarse de la fría roca en la que se había dejado caer. Después, lentamente, con paso decidido, se encaminó hacia la punta del espigón; desde allí se divisaba la Isla Negra, solitaria, orgullosa, y allí, sentada sobre la vieja roca, dormida, desnuda, le esperaba ella.
 



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