Había pasado el fin de semana de viaje con unas amigas y llegado a casa el domingo, sobre las ocho de la tarde, en un taxi conducido por un rubio encerado con cara de sádico que no paraba de mirarla por el espejo retrovisor. Después de eso, nada… Oscuridad absoluta. Ni siquiera sabía cómo había entrado en casa y, por más que se esforzaba en recordar, lo único que conseguía era que el dolor de cabeza aumentara de intensidad. Suponía que el cansancio le habría nublado la memoria y las escasas horas de sueño del fin de semana le estaban pasando factura. A pesar de su malestar, sonrió al recordar algunos momentos de su viaje de fin de semana con dos de sus mejores amigas de la infancia. La verdad es que verlas siempre le daba energía, la recargaban de alegría y felicidad.
Mientras se recreaba en esos recuerdos, llegó al salón apoyada a cada paso en la pared del pasillo. Y fue entonces cuando todo su mundo se vino abajo.
A través de las rendijas de las persianas del salón, se colaban unos finos hilos de luz más que suficientes para darse cuenta de que, sentada en su sillón favorito, situado entre la ventana y el sofá, había una persona. No alcanzaba a distinguir nada más con tan escasa luz y a esa distancia, pero algo le decía que ese huésped, alojado en su sillón sin su permiso, no iba a traerle nada bueno.
--¿Hola?--lanzó al aire, no muy segura de querer obtener una respuesta--. He llamado a la policía, en breve estará aquí… Si se marcha ahora, diré que ha sido un error y que no había nadie, que me dejé llevar por una mala noche y demasiados ruidos que me hicieron ver algo que no era… ¿Estamos??--titubeó Ana, no demasiado segura de lo que estaba haciendo.
Silencio. La extraña figura ni se inmutó. Nada.
Ana decidió dar un par de pasos más para llegar hasta la llave de la luz del salón, situada junto a la puerta de la cocina, a su izquierda. Lo bueno, pensó, era que estaba más cerca de la puerta de casa que de aquella extraña silueta. Si tenía que salir corriendo, ganaría la puerta en tres zancadas y estaría llamando a casa de doña Luisa, su vecina, en menos de treinta segundos. Eso, si las fuerzas y esa extraña sensación que sentía se lo permitían.
Por fin, encendió la luz.
Ahogó un grito al tiempo que intentaba aguantar las náuseas que subían imparables hacia su garganta. Solo un vistazo le bastó para saber que su inesperado huésped estaba muerto y bien muerto. Desde el lugar en el que se encontraba podía distinguir, perfecta, una fina línea roja que se extendía de oreja a oreja del desconocido. Una enorme mancha de sangre invadía sin piedad el cuello de lo que había sido una impecable y elegante camisa blanca, rematada por una pajarita negra. El extraño estaba tirado sobre su viejo sillón, piernas y brazos extendidos casi en cruz. La cabeza reposaba sobre el respaldo, como si se hubiera inclinado hacia arriba para ver bien el techo de la estancia, motivo por el que la herida mortal que adornada aquel cuerpo se veía a la perfección desde donde estaba.
A Ana le llamó la atención el atuendo. Aquel hombre vestía un elegante esmoquin negro y unos bonitos zapatos de cordones, también negros, cuyo brillo llamaba la atención. Y, a excepción del ensangrentado cuello de la camisa, no se veía ni una sola mancha de sangre que indicara cómo había terminado en su casa.
Sacando fuerzas de flaqueza y sin tener aún muy claro lo que debía hacer (“no toques nada, nada de nada, ten cuidado”, se decía, “tienes un muerto en tu salón, a ver cómo sales de esta…”), se fue acercando despacio, de puntillas, como si no quisiera hacer ruido para no despertar al invitado que yacía inmóvil. Rio ante este pensamiento, aunque en ese momento se dio cuenta de que no era capaz de emitir sonido alguno. En su cabeza bullía un ruido infernal que se estaba viendo incapaz de reproducir en voz alta.
A escasos pasos de su meta, Ana se había fijado en algo que asomaba del bolsillo de la elegante chaqueta de su huésped. Al principio había pensado que era un pañuelo de esos que se ponen los hombres cuando van de etiqueta para ir aún más elegantes, pero, según se iba acercando, se dio cuenta de que no era eso. Con más tiento que miedo, estiró la mano derecha y lo sacó con suavidad. Era un pequeño sobre blanco salpicado de lunares rojos. Justo en el centro, una palabra: ANA. Con manos temblorosas, le dio la vuelta y lo abrió. Lo que de allí salió la dejó aún más muda que antes y, ahora sí, el miedo se apoderó de ella. En la tarjeta se podía leer “Il tempo scompare”. Cerraba el extraño mensaje en letras barrocas una flor de lis en color bronce dentro de un pentágono.
Su mente voló a años atrás, a aquellas sesiones con el preso Rubén, su paciente más interesante, y al día en que, tras haberse ganado su confianza sesión tras sesión durante casi dos años, él le relató las atroces muertes y castigos que había presenciado en el seno de la secta cuando se descubrían traiciones, intentos de fuga o cuando alguien se negaba a pagar los donativos que mantenían “a salvo” a los amigos de la secta en ese intercambio de fidelidad bien entendida. Recordó que Rubén le contó en una ocasión que, al salir de la cárcel, uno de los lunantes al que habían atrapado en un secuestro fallido, había tenido que pasar una prueba de lealtad para poder volver al redil de Los Hijos de la Luna. Con dureza, le contó cómo este hombre había recibido en casa una carta indicándole lo que debía hacer y una tarjetita con un nombre escrito igual que la que ella tenía ahora en sus manos. La prueba consistía en asesinar a sangre fría a la persona indicada en el sobre que no era otra que su hermano. Aun recordaba el temblor en la voz de Rubén al contárselo.
--Es lo peor que te puede pasar. Que te marquen el siguiente muerto, porque ya sabes que, si fallas, tú ocuparás su lugar. Nunca se sabe quién puede ser el siguiente, lo que sí le aseguro, doctora, es que todo el que se considera que sabe demasiado sobre ellos o pretende escapar, acaba muerto o desaparecido, que, para el caso, es lo mismo.
Un escalofrío recorrió a Ana de arriba a abajo. Algo se estaba abriendo paso en su cabeza e intuía que no le iba a gustar. Empezó a atar cabos. El desconocido muerto en su sillón, la tarjeta con su nombre y el mensaje de muerte anticipada que contenía; las sesiones en la cárcel con Rubén, todo lo que él le había contado con el paso del tiempo, su reticencia a contárselo durante mucho tiempo y el modo en que ella le fue creando la necesidad de contarlo todo para que se sintiera mejor y pudiera tener una vida normal al salir; las advertencias de su jefe en la prisión de que no le forzara y que lo dejara estar, todas las veces en que le dijo que era mejor no saber ciertas cosas, ni aun siendo solo para ayudar al preso. Y todas las veces en que ella se había negado a no hacer su trabajo como sabía hacerlo. Creía entender qué significaba todo aquello, ahora solo le faltaba saber quién lo haría. Si aquel forastero era el portador de la carta y su asesino y estaba muerto, ¿qué iba a pasar ahora?
Oyó demasiado tarde el suave roce de unos pies sobre la alfombra del salón. Cuando se giró ya lo tenía encima. Con la mirada encendida, el taxista rubio encerado con cara de sádico que la había conducido hasta casa a su vuelta del fin de semana se abalanzó sobre Ana con una jeringuilla en alto, dispuesto a clavársela donde pudiera en el menor tiempo posible. Ella apenas pudo levantar el brazo para defenderse del ataque y justo ahí fue donde aquel hombre le clavó la aguja. Notó como las fuerzas la iban abandonando poco a poco, pero no perdió el sentido. Era la misma sensación que había sentido un rato antes al despertarse. Intuyó que el fiero taxista había aprovechado el momento de acercarle la maleta a la puerta del edificio para drogarla y subir con ella hasta casa. Qué fácil, la verdad…
De pie frente a ella, el rubio encerado transformó su cara desde la ferocidad y la rabia de hacía tan solo unos segundos a la tristeza y agonía más absolutos, mientras la acomodaba en el sofá. Despacio, sin dejar de mirarla, se quitó la peluca que disfrazaba una cabeza rapada al cero y, enseguida, Ana supo quién era.
--Lo siento, doctora. Me hubiera gustado salir de aquel penal y poder vivir la vida que edificamos en mis sesiones, sin embargo, tan solo me dieron unos meses de libertad. Salí antes por buena conducta e intenté irme lo más lejos posible de la granja que arruinó mi vida, pero me encontraron. Me obligaron a volver con ellos y, estando allí, supe que había que silenciarla a causa de todas las cosas que yo le conté. Alguien de dentro del centro penitenciario sabía que yo le había confesado muchas cosas en las sesiones y no podían dejar que usted siguiera viva. Este figurín de aquí es uno de esos ricos malnacidos que tenían una deuda con los lunantes y fue el elegido para acabar con usted, yo solo tenía que facilitarle la labor. Lo que este despojo tenía en mente hacerle no era muy de mi agrado, así que decidí encargarme yo, cosa que no le gustó nada de nada y me vi obligado a acabar con él. Siento haberle tenido que traer aquí, no podía dejarlo en el taxi en este estado. Espero que entienda que, si no lo hago yo, lo hará otro y será peor. Nunca se acabará. Y lo mejor es que sea yo el que se ocupe de que su momento final sea, al menos dulce y sin dolor. Gracias por todo, doctora, ha sido usted mi guía durante muchos años, aunque ya no estuviera a mi lado. Jamás la olvidaré.
Rubén se acercó entonces a Ana y, con gesto de dolor, le besó la frente al tiempo que, con uno de los cojines del sofá, le tapaba la cara.
--Il tempo scompare, doctora.
Bss.
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