domingo, 1 de marzo de 2015

Los antigos amigos.

A menudo me sorprendo pensando en antiguos amigos o en compañeros con los que trabajé hace años, en ese primo o tío que hace tiempo que no veo, en alguno de esos clientes que dejaron huella en mí (positiva, entiéndase) y a los que me gustaría volver a saludar algún día, o en alguna de las personas que formaron parte de mi infancia y adolescencia y que contribuyeron a forjar la mujer que soy ahora. Cuando eso pasa, me es inevitable pensar si les pasará a ellos lo mismo conmigo. Es decir, si yo soy capaz de dedicar algún minuto de mi tiempo a pensar en ellos y preguntarme qué tal les irá, ¿harán ellos lo propio conmigo? Y no me refiero con esto a esa gente que dejé de frecuentar por voluntad propia en un momento determinado y por alguna causa justificada (que a veces también, todo hay que decirlo), sino a esas personas con las que siempre ha sido genial convivir y, de repente, dejas de hacerlo. Así, sin más.

Pues bien, hoy ha sido uno de esos días. Ojeando mi Facebook como cada día en busca de alguna noticia interesante, me he encontrado con una entrevista que le han hecho a un antiguo compañero de trabajo, al que hace años que no veo, a raíz de la publicación de su primer libro. Y me ha encantado verle tan feliz. Buena noticia, feliz recuerdo.

Luego están los momentos en los que te topas con la realidad cuesta abajo y sin frenos.... Todos tenemos algún amigo o amiga al que, por motivos que ya ni siquiera recordamos, dejamos de llamar, de escribir (eso cuando aún se usaba ese maravilloso medio de comunicación llamado CARTA), al que decidimos, en un momento de nuestra vida, dejar de lado porque hizo o dijo, o dejó de hacer o de decir, algo que para nosotros era importante. Hasta que, de repente, una mañana, mientras estás en tus asuntos, te llaman para decirte que él o ella ya no está, que su corazón ya no late, que en este mundo jamás volverás a verle; que aquello de "tengo que llamarle" o de "mañana llamaré", ya no podrá ser. Es entonces cuando te preguntas si realmente aquello que pasó fue tan malo como para alejaros; es entonces cuando, de bruces contra la realidad, caes en la cuenta de que no pasó nada; lo único que pasó fue la vida y la comodidad que supone la costumbre; lo único que pasó fue que decidimos pasar de puntillas por esa conversación que quedó pendiente y que fue más fácil olvidar que afrontar. Y así, cada día de los últimos casi tres años (madre mía, casi tres años ya...) me arrepiento de no haber insistido más aquella Navidad en la que decidí dar por perdida esa parte de mi vida, mientras me pregunto si realmente fue tan grave lo que originó ese muro que levantamos y que nos separó para siempre. Y, ¿queréis oír la respuesta? La devastadora respuesta es que ni siquiera recuerdo qué pasó, ni siquiera sé si realmente pasó algo... Lo que sí sé es que ya nunca se lo podré decir... Es cierto que atesoro miles de recuerdos guardados en una preciosa caja, acompañados de fotos y cartas,.... Pero nunca más tendré su voz, sus abrazos, sus te quiero, sus ojos de bruja...

Dicen por ahí que los antiguos amigos son los que nos han empujado y ayudado en algún momento de nuestras vidas a ser lo que somos, a estar donde estamos. Dicen por ahí que, aunque esos antiguos amigos causaran en nuestro corazón un dolor insoportable, su recuerdo siempre vuelve a nosotros para hacer que asome a nuestros labios una sonrisa cómplice. Porque con esos antiguos amigos vivimos momentos irrepetibles que hicieron que muchos momentos fuesen inolvidables.

Bss.

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