Ir al contenido principal

Él y ella.


Él y ella.
Aquel día se despidieron sin mirarse. Ambos temían que si sus miradas se cruzaban no podrían reprimir lo que les ardía dentro. Temían dolorosamente dejar salir esas ansias de tocarse, de que sus manos se rozaran y una explosión de pasión les confundiera. Había cosas que no podían ser, había cosas prohibidas que no podrían llegar a ocurrir jamás. Ambos sabían que su mundo, desde ahora, se limitaría a un tenue cruce de miradas, a una conversación con testigos, a palabras banales que no les comprometieran con nada de lo que ambos soñaban. Les esperaba una existencia llena de sobresaltos y de esperanza, cautivos de sus sentimientos; no había vuelta atrás, no podían borrar lo que sentían, pero sí podían evitar que aquello creciera y terminara siendo el lastre de dos vidas condenadas a verse sin amarse, a mirarse sin que sus ojos se encontrasen, a besarse sin besarse. Esperaban ansiosos cada minuto de disfrute en la distancia, saboreaban cada pequeño atisbo del otro; se recreaban en la sombra que dejaba cada cuerpo al pasar, en el recuerdo de esos momentos en los que se veían y se lo decían todo con la mirada. 

Ella siempre había pensado que los amores prohibidos eran imposibles, que no existían, que era algo que nunca pasaría en su vida. Cuando se dio cuenta de que estaba equivocada pensó que, al final, lo mejor hubiera sido tener razón, porque, ¿cuál era el futuro que le esperaba? Amar sabiendo que nunca tendrás el cien por cien de esa persona a la que en silencio has entregado tu corazón no es manera de vivir, es morir en vida y respirar sólo para llegar a verlo cruzar una calle, doblar una esquina. Es alimentarte  de miradas furtivas y recuerdos privados que sirven, sólo, para llorar en soledad. Así pensaba y así era como vivía, porque no había en este mundo nada que ella deseara más que estar junto a él, que sus dedos se entrelazasen despreocupados mientras daban un paseo, o que sus miradas llenas de amor se encontraran sin prisa.
  
Él, más realista y menos sentimental, intentaba mantener a una prudente distancia lo que por ella sentía. Aún así, cada día sin falta, pasaba frente a su balcón con la esperanza de verla y poder decirle, al menos, un “hola” suave y cariñoso que la abrazase en su lugar. Eso casi nunca sucedía, lo que lo sumía en una tristeza infinita hasta la mañana siguiente, momento en el que repetía su pequeño ritual de cortejo que lo mantenía vivo. Al igual que ella, sabía que nada sucedería, que sus vidas, cruzadas en un mal momento, nunca se unirían; un pensamiento que entristecía su corazón sin remedio. Sabía que era demasiado tarde y que nunca tendrían nada más que esos pequeños e inolvidables encuentros que ambos atesoraban en su corazón para alimentar cada día su esperanza; para hacer que cada día fuese especial.

Aquel día, ella se miró al espejo y se dijo, con una voz quebrada de llanto: “Esto no puede seguir así. Siento como, poco a poco, me embarga la locura, la locura de este amor imposible que me nubla la mente y turba mi corazón. ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué has tenido que hacer que esto suceda? ¿Por qué a mí? Mi existencia era ya feliz; por fin sonreía; por fin, caminaba hacia el futuro sin pena. Si, al menos, pudiera decirle a él lo que siento, si pudiera contarle mis anhelos, mis deseos…; si pudiera, una sola vez, abrazarle, sentir su piel contra mi piel. Si pudiera amarle… Sólo una vez…”.

Aquel día, alguien llamó a su puerta. Era él.

Comentarios

  1. un amor imposible que se puede hacer realidad. Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Como siempre, sin palabras.
    EXCELENTE, PRECIOSO, GENIAL

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. como siempre, extraordinaria Piedad, eres un sol. Bss

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sin título (I).

No sabía qué hacer… Si escribirle le parecía del todo inapropiado dado el resultado del último encuentro, llamarla por teléfono o hacerle una visita, le parecía aún peor. Aunque su corazón latía a mil por hora solo con pensar en ella, sabía que la última vez algo había levantado un muro entre ambos que ninguno de ellos iba a conseguir saltar a la primera. Se había complicado todo del modo más absurdo… Lentamente, las palabras que cruzaron aquel día bailaron ante sus ojos sin comprender cómo había sido capaz de decir tantas cosas de ese modo tan indolente. Entendía el enfado de ella, entendía que no quisiera volver a hablar con él y menos aún verle… Y tenía que admitir que el que había pronunciado las palabras que más dolieron, fue él.
“No vamos a volver a vernos, así evitaremos que pase nada. Esa es mi decisión y tienes que respetarla”. Punto.
“¡Tonto, tonto, más que tonto!”, se decía sin saber cómo arreglarlo. Llevaba algo así como un par de semanas esperando que ella diera el primer …

Sucedió al amanecer...

Desde un banco situado a escasos metros del lugar por el que ella pasaba, un hombre fumaba un cigarrillo, mientras pensaba enlo guapa que estaba esa mañana. El repiqueteo de sus tacones retumbaba en las paredes de la estrecha callejuela que cada mañana recorría de camino al trabajo, mientras pensaba en sus cosas. Ella siempre bromeaba diciendo que tenía un mundo interior muy extenso y entretenido y algo le indicaba que, posiblemente, era cierto. Sabía que no había ni un solo momento del día en el que no tuviera algo rondándole por la cabeza. Aún no la conocía del todo, pero estaba seguro de que dentro de ese cuerpo había aún muchas cosas por descubrir, la mayoría de ellas, muy del gusto de él. Por lo que de ella sabía, era capaz de estar totalmente concentrada en lo que hacía, al tiempo que una idea tras otra, un pensamiento tras otro, se iban sucediendo en esa cabeza que no paraba.
La mujer caminaba con la tranquilidad que le daba el no saberse observada. Su paso, tranquilo, dejaba v…

La puerta azul.

La puerta azul, por Isabel María Pérez Salas. No sabía cuánto tiempo llevaba parada delante de la puerta azul. Traspasar ese umbral significaba mirar de frente el pasado y no estaba segura de querer hacerlo. Al igual que la pintura de la ajada puerta de entrada a la casa que en algún momento ella llamó hogar, sus recuerdos se habían resquebrajado con el paso de los años hasta convertirse en un mosaico abstracto en el que todo se amontonaba sin ningún orden aparente. Hacía doce años que no visitaba esa casa, que no cruzaba ese portal. Hacía doce años que ese cálido sol que se reflejaba en las ventanas no calentaba su rostro ni arrancaba destellos dorados de sus ojos color miel. Hacía doce años que abandonó a su madre, aquella a la que esa misma mañana había dejado bajo tierra, enterrada en el panteón familiar, bajo una losa de mármol, y a la que no había vuelto a ver en vida. Y ahora estaba allí. “Debo entrar”, se dijo, “en algún momento tendré que hacerlo. Venga”. Pero su cerebro no era cap…