viernes, 17 de marzo de 2017

Sin más...


Recorría un escalofrío tu espalda mientras recordabas ese último día, el último momento en el que tus ojos y mis ojos se cruzaron. Los míos sangrantes, los tuyos decididos, esbozando un adiós eterno en el que no había cabida para el reencuentro. Te permitiste entonces imaginar un mundo en el que fuera posible estar juntos y, durante un segundo, sonreíste. Al abrir los ojos, de nuevo encontraste una habitación vacía en la que la soledad y la nada convivían con tu permiso, una habitación en la que los ecos de mi risa chocaban contra tus oídos que, angustiados, se esforzaban en no oírla y el aroma de mi cuerpo inundaba tus sentidos que, embravecidos, luchaban por desterrar del tuyo.

Y te quedaste allí, sentado, sin moverte.

Sin más...

No hiciste nada, no luchaste por nada, no intentaste cambiar nada.

Tu corazón te hablaba a ritmo de tambor, insistente, dolorido.

Díselo, te decía, díselo…

Pero tú no le escuchabas.

Sin más…

Sí, te hubiera gustado hacerlo, pero decidiste permanecer sordo a las llamadas que yo te hacía desde algún lugar no demasiado lejano a ti. La mirada fija en el techo, la cabeza echada hacia atrás, los ojos llorosos, los brazos cruzados, el rostro serio e inalterable. El sonido de mi voz llamándote era la única banda sonora que llenaba esas cuatro paredes entre las que te escondías cuando huías de mí.

Siempre fue así, siempre es así, siempre será así.

¡Vete!, gritabas, ¡déjame solo! No puedes estar aquí, ¡vete! Este no es tu sitio, ¡márchate!

Te miré, sonreí, me acerqué, te besé. No quiero, contesté, no quiero

Y allí, de pie, en medio de esas cuatro paredes que acogían nuestro amor más puro, me miraste, sonreíste, te acercaste, me besaste. Quédate, dijiste, quédate…

Siempre fue así, siempre es así, siempre será así.

Sin más…

Bss.

Querido diario: ... se encargó de sacudir una bonita noche de carnaval mientras Luis Fonsi le cantaba a una guapa morena que le dejara respirar su cuello, despacito…

Querido diario:

Resulta que, al parecer, alguien cuyo deseo sea ser escritor (o proyecto de escritora, como a mí me gusta describirme) debe escribir todos los días para ir alimentando el hábito e ir desarrollando su estilo, para ir creando historias inspiradoras o para ir destruyendo ilusiones (esto también se consigue con un buen relato, aunque esté feo…), ya sean las propias o las de aquellos que leen lo que tenemos a bien, o a mal, escribir.

Vale, me digo cada día, siéntate, enciende el ordenador, respira hondo, masajea tus dedos como haces siempre que el gusanillo de la creación te sube por el estómago hacia la garganta, inspira, expira (como cuando estás viendo un partido de basket y hay que lanzar un tiro libre) y empieza…”.

Bien, pues esos pasos, que parecen sencillos, a veces son mucho más complicados de seguir que… no sé, que cualquier cosa que te cueste trabajo hacer o que consideres difícil, tediosa, exasperante, agotadora,… Todo eso junto y mezclado en una coctelera es el resultado de los últimos dos meses de mi trabajo de proyecto de escritora. Un desastre…

Hace un par de semanas, durante mis últimas vacaciones en ese “marco incomparable del Mediterráneo” al que sigo llamando hogar, me encontré con un amigo de mi infancia al que hacía muchos años que no veía. Voy a decirte su nombre, porque me reiteró que me lee cuando “oso” publicar algo… Pedro Navarro se llama, un tierno y querido amigo, compañero de muchos años de juegos durante la infancia y de noches de fiesta al llegar la adolescencia y los años universitarios. Compartí con él a algunos de los que hoy son grandes e imprescindibles amigos para mí y la verdad es que me alegré muchísimo de verlo. Apenas fueron un par de minutos en los que me envolvió en un tierno abrazo mientras me preguntaba por qué llevaba tanto sin publicar nada, que seguía el blog y que le gustaba mucho leerme, ¡que escribiera, por favor! Yo me reí, claro, y le di las gracias mientras nos despedíamos.

Igual, querido diario, te parece una tontería que esta sencilla y halagadora frase se quedase clavada en mi corazón. “¿Es posible que los lectores del blog estén echando en falta algo de contenido, algo de sentimiento, algo de atención?”. Y eso mismo me lo he estado preguntando durante días cuando me sentaba, encendía el ordenador, respiraba hondo, masajeaba mis dedos, inspiraba, expiraba y… Nada, creación cero.

Recurrí entonces a los muchos trucos que a lo largo de estos años he ido aprendiendo para llamar a las hadas y que estas vinieran a visitarme, pero debo confesar que a cada segundo mi ánimo se hundía más y más; en lugar de avanzar, retrocedía, en lugar de inspiración, me topaba de bruces con el desánimo y en lugar de algún tema interesante sobre el que dejar volar mi imaginación, solo encontraba esas bonitas y didácticas frases a modo de consejo de las que las redes sociales están abarrotadas… ¡Qué bien quedan esos consejos escritos ahí, quedan de muerte! Pero servir,… ¿Sirven de algo? Bueno, sí, vale, de algo sirven, te lo concedo... Y entonces me acordé del día en el que, decidida y armada con una determinación indestructible, creé lo que hoy es El Blog de Isa Pérez.

Durante esa primera época en la que todo era susceptible de ser narrado, criticado, relatado, elaborado, contado o enumerado, devoraba con un ansia digna del comilón más grande del mundo, cualquier cosa que cayera en mis manos sobre cómo escribir, cómo encontrar las palabras justas, exactas, cómo enganchar al lector… Leía todas las frases, consejos, manuales,… que sobre la escritura y los escritores hablaran; buscaba los sabios consejos de escritores consagrados, no dejaba de leer ni un artículo, no dejaba pasar ni una sola oportunidad de mejorar mi creación, respiraba letras y las devolvía al mundo en forma de relato, bueno o malo, eso no importaba. Me encantaba, era feliz.
Supongo que las primeras épocas de todo son así, felices y despreocupadas, todo lo que tienes es camino por delante, todo puede mejorar con trabajo y dedicación; durante esas primeras épocas no se suele retroceder, ya que el camino hacia atrás casi no existe y, como mucho, te paras a coger carrerilla. Pero, ¡ay, amigo! ¿Qué pasa cuándo la primera época ha pasado y tienes ya algún trecho recorrido por detrás y aún muchísimo que recorrer hacia delante? Pues que existe el peligro de dejar de dar esos pequeños pasos diarios que te van conduciendo hacia la mejoría y empezar a andar de espaldas como si de pasos de gigante se tratase. Y aquí es donde entra en juego la falta de inspiración, la desesperación, el querer y no poder, el ansia de crear y la impotencia al no ser capaz. Y esto, querido diario, es lo que yo arrastraba desde hace meses, una sequía creadora casi absoluta que mi amigo Pedro Navarro, en ese “marco incomparable del Mediterráneo” al que sigo llamando hogar, se encargó de sacudir una bonita noche de carnaval mientras Luis Fonsi le cantaba a una guapa morena que le dejara respirar su cuello, despacito

Bss.




miércoles, 8 de marzo de 2017

El Deseo.


El Deseo.

Me rondaba por la mente desde hacía ya algún tiempo dedicar un pequeño espacio de este blog a un tema que siempre me ha producido cierta curiosidad y, porqué no decirlo, mucha fascinación: el deseo. Y mira tú por dónde, me he tropezado esta mañana con este párrafo de El alma está en el cerebro, de Eduard Punset, que me ha dejado absolutamente sorprendida, ya que, a pesar de no ser para nada lectora suya, debo reconocer que me ha calado y que estoy totalmente de acuerdo con él. Dice así:

 “El deseo nos saca de nosotros mismos, nos desubica, nos dispara y proyecta, nos vuelve excesivos, hace que vivamos en la improvisación, el desorden y el capricho, máximas expresiones de la libertad llevada al paroxismo.

El deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización, la libertad.

Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo, el deseo de vivir y de hacerlo a su manera.

Por eso, sus autobiografías son más descriptivas que explicativas, pues sus vidas no tanto se deben a los resultados u objetivos cumplidos, sino al sentido inherente al mismo proceso de vivir. Y este proceso, de uno u otro modo, lo establece siempre el deseo. Si bien el deseo rebosa incertidumbre acerca del itinerario, a muchas personas les garantiza la seguridad en cuanto a los pasos dados. Bien entendido, el deseo no es una voz oscura, confusa y estúpida, sino que - en una persona madura - es luminosa, clara e inteligente.

Las emociones están en la base de los deseos, y de la inteligencia se dice que es emocional. Visto de este modo, el deseo se convierte en el portavoz de uno mismo”.

Espectacular la última frase, ¿verdad?: “El deseo se convierte en el portavoz de uno mismo”. Luego volveremos a esta idea, pero antes me gustaría que diéramos un repaso a lo que siempre hemos pensado y sabemos de ese sentimiento tan complejo como es el deseo…

Se dice de él que es “el anhelo de saciar un gusto”, la “agradabilidad” que conmueve nuestros sentidos. En definitiva, el deseo es la consecuencia final de una emoción que nace en nosotros inducida por algo que la provoca, ya sea material, personal, afectuoso… Cupiditas, palabra latina que os sonará por su semejanza con Cupido, ese diminuto angelito que iba por ahí cargado con un arco y una flecha envenenada de deseo, que no de amor…, es una palabra en latín que significa precisamente eso: deseo, ese sentimiento que motiva la voluntad de querer poseer aquello que se desea. Y, ya que a cada deseo le precede un sentimiento, podemos decir que, por ejemplo, al deseo sexual siempre le precede un sentimiento de atracción. Basta un ligero roce, una mirada, la letra de una canción, el sonido del mar, un aroma…, para que nuestro cuerpo se estremezca presa del deseo incontenible, a veces, de aquello que anhelamos tener, de aquello que anhelamos besar, tocar, abrazar, poseer. Por tanto, el deseo, sea del tipo que sea, y su satisfacción, forman parte de la naturaleza humana, forma parte de nosotros.

Dice Punset que el deseo termina siendo “el portavoz de uno mismo”, y creo que tiene toda la razón. Si nuestras emociones tienen como base ese deseo que nos despierta el ver, oler, anhelar algo, está claro que, una vez que hemos despertado ese sentimiento, es el deseo el que toma las riendas de nuestro ser ante el estímulo que lo ha provocado, dejando, en ocasiones, fuera de juego al sentido común o a lo políticamente correcto. ¿O nunca habéis hecho algo, dentro de cualquier ámbito de vuestra vida, llevados por una fuerza invisible que os empujaba, y no habéis sabido explicar después el motivo por el que os habéis dejado llevar? Pues eso es el DESEO irrefrenable de poseer, hacer, decir algo, llevados de la mano del deseo de hacerlo.

Ni más, ni menos.

Estoy convencida, además, de que llega un momento en nuestra vida en el que paramos, nos sentamos, reflexionamos y nos decimos a nosotros mismos que, después de todo, aquello del libre albedrío (en su vertiente más psicológica) tampoco está tan mal, aunque pasado el tiempo nos arrepintamos de haberlo pensado o de habernos dejado llevar en un momento determinado. Pero, ¿qué sería entonces la vida, sino una sucesión de días, iguales unos a otros, si no sucumbiéramos de vez en cuando al tentador deseo de hacer o decir lo que quiera que nos ronde la mente?

Bss.

 

Ella, él y el mar.

La habitación se hallaba tenuemente iluminada por la bailarina luz de cuatro velas situadas bajo una pequeña ventana. El espacio, aunque pe...