Durante toda mi vida, como muchos de vosotros, he buscado la felicidad. Me fascina ese sentimiento tan perseguido, por mí la primera, y tan fugaz que, cuando lo experimentamos, no lo valoramos con la suficiente fuerza y lo único que deseamos es sentirlo más y durante más tiempo. Siempre más…
Dicen de ella que es maravillosa, que quien la siente no deja de sonreír, de cantar y de reír. Es como vivir en una película musical de los años cincuenta en la que todos los protagonistas miran al cielo mientras cantan extasiados, ataviados con exquisitos trajes, haciendo ojitos a sus acompañantes en una rueda interminable de placer sin paragón. Claro que, ¿hay alguien que viva constantemente en semejante escenario?
Durante estos últimos días, he pensado mucho en ello, en si soy o no feliz y en si quiero o no sentir algo diferente a lo que siento. Después de mucho reflexionar, me he dado cuenta de que no, no soy feliz en casi ningún momento del día, a excepción de algunos momentos aislados y alguna pequeña pildorita de placer que me permito de vez en cuando. Por tanto, llego a la irremediable conclusión de que la felicidad solo existe en minidosis y en microescenarios y es en extremo complicado dar con ella porque nunca dejamos que nos invada del todo, pensando siempre como estamos en el futuro próximo, o lejano a veces, sin disfrutar del presente que se nos brinda y dejando pasar, por tanto, algún preciado momento de felicidad que se volatiliza sin darnos ni cuenta. Las ansias de un futuro pleno arruinan nuestro mejor presente, convirtiéndolo en una estación de paso a la que casi nunca prestamos la suficiente atención.
Felicidad…
Yo la he tenido en la punta de los dedos, la he dejado rozarme, incluso tocarme. La he sentido crecer dentro de mí, invadirme y, más tarde, alejarse sin mirar atrás. Hubo un tiempo en que incluso los pensamientos me provocaban unos minutos de felicidad, luego cesaron porque lo que necesitaba era sentir, no recordar, no pensar. Solo sentir… Poder tocarlo, poder mirarlo, saborearlo dentro y fuera de mí, como esa explosión de luz que lo invade todo en un día de fiesta. Esa era mi felicidad ansiada, la que tuve y no supe disfrutar, la que me regaló la vida y yo, torpe, insensata y egoísta, sacrifiqué con solo una palabra.
Y, como siempre en estos casos, solo supe qué era ser feliz cuando lo perdí y ya no me quedó nada.
Besos.
#blogperez #muchosiempre
No hay comentarios:
Publicar un comentario