03/06/26

Nada que perder, nada que ganar


La luz del atardecer iba tiñendo de tonos rojizos y anaranjados el horizonte, dejando paso en su memoria a los muchos atardeceres de su juventud, divisados desde ese mismo lugar, que había disfrutado a veces sola, a veces no.
 
Le encantaba sentarse allí, en aquel tocón que había pegado a la orilla del mar, daba igual si era invierno o verano, si hacía calor o no. Era su sitio, su lugar, su refugio dentro de su paraíso. Si la buscabas y no dabas con ella, seguro que estaba allí.
 
En ese mismo sitio, frente a su Mediterráneo, habían sucedido grandes cosas en su vida, cosas que le ayudarían a crecer, a madurar; cosas que le harían daño y la marcarían; cosas que abrirían su corazón envuelto en risas y amor y otras que no olvidaría jamás por su tristeza.

Allí, en un atardecer como el que ahora iluminaba su mirada, la había besado por vez primera el primer gran amor de su vida, el que le enseñó que se podía amar y odiar al mismo tiempo y con la misma intensidad. A él lo amó como jamás había amado, con el ímpetu de la juventud y la sinceridad de la inexperiencia. Había hecho cosas por él que no había vuelto a hacer por nadie y había sido el causante de uno de los grandes e inesperados giros de su vida, cuando él la dejó y ella decidió hacer la maleta y abandonar su universo conocido para adentrarse en otra vida. A pesar de todo, desde hacía bastante, cuando pensaba en él, lo hacía con cariño, con ilusión, con amor quizás. Aunque triste, fue una época que le enseñó que una huida a tiempo no siempre es un mal final. No se arrepentía de haberse ido, nunca lo hizo. No se había rendido, sencillamente, una vez que sopesó los pros y los contras de continuar con esa batalla que más la hacía llorar que sonreír, decidió que no valía la pena seguir intentándolo y se fue. Se cansó de luchar, sin más. Ahora, cuando de vez en cuando se encontraban y el paso del tiempo y de la vida ya dejaba marcas en ambos, se miraban a los ojos y sonreían. Cuando se escribían o se llamaban, el cariño que se tenían emergía con toda su fuerza. Se habían abandonado, sí, pero nunca olvidado. Ella seguía siendo su sirena y él, el marinero de cabello negro y preciosa sonrisa que la rescató.

Sacudió la cabeza, en un intento por volver a la realidad. Estaba allí de nuevo, sentada en su tocón de piedra a la orilla del mar, sin nada que perder, sin nada que ganar. Había vuelto más ligera de equipaje que cuando se fue, hacía ya tantos años. Más ligera y con cero expectativas.

Expectativas... La falta de ellas la hacía sentirse extrañamente tranquila, solo tenía que dejarse arrastrar por los días, uno tras otro, hasta que el último de ellos se la llevara al más allá. No tenía ya nada más que hacer, ni que sentir, nada por lo que luchar. Se había blindado ante la vida. A veces, cuando lo pensaba, se sentía triste, pero estaba convencida de que ya no había nada para ella. Ni aquí, en su tocón, ni en ningún otro lugar. Lo había perdido todo.

Se había vuelto a enamorar, años después de que su marinero le rompiera el corazón, y el resultado había sido el mismo: estaba sola, sentada a la orilla del mar, sin nada que perder, sin nada que ganar. Al parecer, los años no le habían enseñado nada o ella no había sabido aprender de las lecciones que le daba la vida. Amaba amar, amaba esa sensación de cosquilleo, de felicidad, esa sensación de ser indestructible cuando amaba de verdad, con todo su ser. Y eso solo lo conseguía cuando estaba con él.

Él… Que se fue renunciando a luchar por ella, por ellos, dándole a las lecciones de su vida la razón en lo esencial: nadie te amará jamás tanto como para quedarse a tu lado. Y él no había sido una excepción. Se habían ido todos y ella caminaba ahora de la mano de la soledad por esa playa de mar en calma, rugiendo por dentro en silencio, pidiéndole a todas horas que volviera sin pronunciar una sola palabra, rogándole que viniera a buscarla antes de que fuera demasiado tarde. Sabía que eso jamás sucedería, pero su amor la empujaba a esperarlo cada día, sobre su tocón, en el ocaso de sus días.

Bss. 

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